miércoles, 18 de abril de 2012

Carta de un grupo de cristianos gallegos a la Congregación de la Doctrina de la Fe

Estimados Señores: Somos un grupo de cristianos -mujeres y hombres, laicos y religiosos, de diferentes edades y profesiones- que desde hace muchos años (los más veteranos hace ya cuarenta) nos reunimos quincenalmente para reflexionar en común sobre la fe que compartimos.
A lo largo de este tiempo la palabra escrita y oral -y sobre todo el testimonio vivo- de Andrés Torres Queiruga ha sido para todos nosotros una auténtica gracia.
Su confianza en el Dios Padre con entrañas de Madre que continuamente nos está creando por amor, su apasionada dedicación a la causa de Jesús, su nítida lealtad a la Iglesia, todo ello nos ha servido de estímulo y apoyo en nuestro camino de creyentes en estos tiempos de incertidumbre.
Él nos ha acompañado en el proceso de maduración de nuestra fe haciéndonosla pensable, creíble, deseable y vivible. A algunos nos ha ayudado a recuperar un lenguaje que creíamos definitivamente perdido y a restaurar nuestros lazos con la Comunidad de los Creyentes. Y él nos sigue acompañando para vivir con el Dios de Jesús y ante Él las vicisitudes de nuestra vida, incluyendo su capítulo final.
Por ello hemos leído muy atentamente la notificación que a propósito de la obra teológica del profesor Andrés Torres Queiruga ustedes hicieron pública el pasado Viernes de Dolores. No les extrañará que -a la vista de lo antes dicho- nos sintamos obligados a expresarles siquiera sumariamente -con respeto sí, pero con total claridad, con franqueza evangélica- nuestro punto de vista al respecto.
Comenzaremos por nuestra reacción emocional. Tal vez en su condición de pastores la puedan considerar como un dato -que al lado de otros, y al menos como síntoma- es digno de ser atendido. Verán. La lectura del documento nos ha despertado unos sentimientos que van desde el desconcierto y la perplejidad iniciales, hasta la indignación por lo que nos parece un trato inadecuado si no injusto, ante esta desafortunada manifestación pública de una comisión de la Iglesia a la que pertenecemos y a la que amamos.

Finalmente, el sentimiento dominante es una profunda pena, por una intervención que, a nuestro modo de ver, en nada contribuye a la comunión eclesial y sí a la creciente desafección hacia la jerarquía, manifiesta en los de fuera y latente en buena parte de los de dentro.
Pero abandonemos el nivel de los sentimientos y vayamos al texto de la notificación. Aunque una parte de los miembros del grupo ha realizado estudios teológicos y todos hemos dedicado muchas horas de nuestra vida a la lectura, el estudio y la reflexión en grupo con vistas al esclarecimiento de nuestra fe, no somos profesionalmente -académicamente- teólogos.
No entraremos, pues, en el análisis de los diversos puntos de la obra de Torres Queiruga en los que la notificación se detiene, lo que nos exigiría una dedicación y un tiempo del que ahora no disponemos. Bien sabemos que como cualquier obra humana la de Andrés es discutible y que -justamente por amor a la verdad- es deseable que sea examinada y debatida.
Pero pensamos que esto ha de hacerse en primera instancia en pie de igualdad por quienes han dedicado el mismo esfuerzo que él a esclarecer los mismos asuntos. (Algo de eso se hizo, por cierto, en un congreso realizado no hace mucho en Santiago de Compostela y cuyas actas están a punto de publicarse). Con todo, nos permitirán dos observaciones.
Para empezar, nos sorprende que las versiones que el documento ofrece de las propuestas del doctor Queiruga no siempre nos resulten reconocibles. Y, modestamente, algo creemos conocer de ellas. Así -valga como muestra- el pasaje en que ustedes afirman que el autor distorsiona "la clara distinción entre el Creador y el mundo".
Cualquier oyente o lector de Andrés sabe con qué exquisito cuidado contrapesa -en la línea de la mejor tradición teológica y espiritual- la afirmación de la cercanía de Dios con la de su absoluta trascendencia.
Por otro lado, y con carácter más general, la lectura que ustedes hacen del trabajo de reinterpretación y reformulación realizado por Torres Queiruga nos parece sesgada y carente de la necesaria "empatía crítica". Aunque no dudamos de la rectitud de su propósito y de su sentido de la responsabilidad, no logramos liberarnos de la impresión de que juzgan de la ortodoxia de una teología -por fuerza parcial y limitada como lo es toda interpretación de la fe- desde la parcialidad de otra teología no menos limitada.
Según han señalado prestigiosos teólogos, no es sensato juzgar la consonancia con la verdad de la fe de una teología tan compleja y tan cuidadosamente elaborada como es la del profesor Torres Queiruga, con un texto de naturaleza catequética y pastoral como el Catecismo de la Iglesia Católica.
Por lo demás, hemos de confesar que en nuestro sentir y pensar de creyentes reflexivos no alcanzamos a ver esa incompatibilidad con la fe de la Iglesia sobre la que ustedes alertan. Más bien, ese repensar la fe llevado a cabo por Andrés nos permite redescubrir la novedad radical aportada por Jesús en un lenguaje comprensible para las mujeres y hombres de hoy: el vino nuevo en odres nuevos.
Si atendemos a las circunstancias y al contexto en el que se ha producido la notificación, no nos queda más remedio que verla como la culminación de un largo proceso de desconfianza y suspicacia de ciertos sectores frente a la labor de Queiruga. No se nos oculta que el documento resulta afín a la sensibilidad -respetable por supuesto- de ciertos grupos que cada vez gozan de más poder e influencia en nuestra Iglesia.
Y aunque no es ese el tenor literal del documento -ni, creemos, la intención del mismo-, lo cierto es que desde ángulos dispares y aun opuestos ha sido interpretado como la condena de un nuevo hereje. Sembrar tan graves sospechas sobre un trabajo intelectual al servicio de la fe mantenido durante cuarenta años nos parece lamentable. Pensamos que ello se deriva de un procedimiento inadecuado, poco respetuoso con la persona a quien se juzga, poco acorde con la gravedad de los juicios finalmente emitidos y, desde luego, ajeno a la fraternidad evangélica.

Terminaremos haciéndoles un ruego. Por favor, no lean en estas líneas ni solo ni principalmente -que también- el empeño por apoyar a una persona a la que admiramos y queremos, y con quien hemos contraído una impagable deuda de gratitud.
Creemos que en las actuales circunstancias es nuestro deber y nuestro mejor servicio a la Iglesia manifestar con toda claridad lo que pensamos. Vean, pues, en lo anterior ante todo el punto de vista -dolido, pero no resentido ni agresivo- de unas personas que comparten con ustedes lo esencial: una esperanza de la que intentan dar razón con toda honradez y hasta donde son capaces.
Personas que también aspiran a sentirse en la Iglesia como en su casa, cosa que hoy no siempre nos resulta fácil. En fin, reciban todos ustedes en este Martes de Pascua nuestros cordiales deseos de unidad en lo esencial, libertad en lo discutible, y -en todo y pese a todo- genuina fraternidad.

En Santiago de Compostela a 10 de abril de 2012.

Siguen 40 firmas al dorso.

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