viernes, 28 de octubre de 2011

San Francisco de Asís y el diálogo interreligioso


Fr. Efrén Balleño Sánchez, OFM
Provincia del Santo Evangelio (México)

Ecumenismo y diálogo interreligioso son términos muy usados por los cristianos en las últimas décadas [1]; pero, hablar de acercamiento entre las iglesias cristianas o de diálogo con los que no son cristianos en tiempos de Francisco de Asís resulta anacrónico. El acontecimiento más cercano al santo de Asís en este terreno es el llamado cisma de Oriente (1054), ya que la reforma protestante aún estaba a tres siglos de distancia. Lo que sí vivió Francisco fue el enfrentamiento de la cristiandad europea con los musulmanes en las llamadas “guerras santas”, las cruzadas.
Con todo, el tema resulta interesante porque los distanciamientos entre los que comparten las mismas ideas o creencias y los enfrentamientos con quienes tienen otras diferentes siempre se han dado en la historia; más aun, nosotros mismos los propiciamos. En el tiempo que vivió Francisco se dieron los distanciamientos entre los cristianos y también los enfrentamientos con quienes no lo eran. Al interior de la Iglesia se combatía a los herejes y al exterior se atacaba a los “enemigos” de la Iglesia, a los musulmanes o sarracenos [2], como entonces se les llamaba.

Por ahora dejamos de lado su relación con los herejes y abordamos el tema del acercamiento de Francisco a los sarracenos, hacia los que la jerarquía de la Iglesia tuvo siempre una actitud hostil. Francisco, en cambio, tiene un modo muy peculiar de comportarse con los otros, con los “diferentes”. Cierto, en su tiempo no se puede hablar de diálogo interreligioso, al menos como hoy lo entendemos, puesto que esa palabra no aparece en su vocabulario, pero sí de las actitudes que este término implica: disponer todo el ser hacia el otro (oído, vista, voz) para acogerlo benévolamente, tal como es en su persona, en sus convicciones y en su actuar, deseando siempre la reciprocidad [3].

En cuanto a sus actitudes hacia los sarracenos, habrá que decir ante todo que para ese tiempo parecía no haber otro problema más urgente para la Iglesia que el de la movilización militar y financiera de toda la cristiandad para truncar la fuerza del Islam. Durante los años 1217-1218 los llamados del papa se intensificaron para llevar a cabo la cruzada que se había anunciado solemnemente en el IV concilio de Letrán [4].

Los preparativos bélicos para la anunciada cruzada no desanimaron al Poverello en su propósito de buscar la paz con los sarracenos, pues desde la visión que años atrás había tenido en Espoleto estaba firmemente convencido de que a los sarracenos se les debía enfrentar con el Evangelio y sin armas [5]; y, aunque lo veía como algo imposible, estaba dispuesto a intentar convencer a los responsables de las fuerzas cristianas de no atacar a los sarracenos, e, incluso, ir personalmente a encontrar al Sultán de Egipto. Las cosas parecían favorables porque en junio de 1219 Melek-el-Kamel ofreció la paz a los cruzados si abandonaban tierras egipcias; a cambio dejaría libre la ciudad de Jerusalén y les restituiría la santa cruz. Algunos de los jefes cruzados estaban dispuestos a negociar la paz, pero el legado papal, el cardenal Pelagio Gaitán, se opuso rotundamente seguro de que los cristianos responderían a los llamados del papa y llegarían refuerzos militares con los cuales se obtendría la victoria sobre los sarracenos.

Así, pues, con algunos compañeros, de los cuales se han conservado los nombres de Pedro Catani e Iluminado de Rieti, Francisco se embarcó en Ancona con los cruzados boloñeses [6]. Iluminado había estado ya en Oriente entre los compañeros de Elías y seguramente conocía algo del idioma árabe. Probablemente llegaron al campo de los cruzados, cerca de Damieta, a fines de julio o principios de agosto. Los biógrafos del santo son demasiado reservados y de los lugares en los que estuvo Francisco sólo señalan Damieta y el campamento del Sultán; con todo, la visita al Sultán y su predicación ante Melek-el-Kamel no pueden ponerse en duda ya que son testimoniados por fuentes no franciscanas, siguiendo las cuales se pueden reconstruir algunos de los acontecimientos que tuvieron lugar tanto en el campo de las huestes cristianas como en el de los sarracenos.

En Damienta estaba no sólo el cardenal legado, sino también varios personajes eclesiásticos y muchos clérigos. Esto entristeció a Francisco, pues no estaban allí para evangelizar a los sarracenos, sino que para asistir al espectáculo de la guerra, preocupados por excitar la belicosidad de de los combatientes en el nombre de Cristo y vencer así a los enemigos de la fe, lo que los hacía moralmente responsables de las gestas militares, a menudo bárbaras de los cruzados.

El cardenal legado era de carácter difícil y según él, el fin principal de la cruzada era el de destruir de una vez para siempre la potencia militar sarracena y esto se lograría destruyendo la potencia militar de Egipto y ocupando su territorio, con lo cual estaban de acuerdo los más belicosos jefes del ejército cruzado; Juan de Brienne, en cambio, desde el inicio limitaba la finalidad de la cruzada a la liberación de Jerusalén y del santo sepulcro. Por eso, si el Sultán estaba dispuesto a entregar pacíficamente la ciudad de Jerusalén a cambio de la salida del ejército cristiano de Egipto, la finalidad de la cruzada se había alcanzado. Ya no era necesario el enfrentamiento armado.

Los acontecimientos, sin embargo, se desarrollaron de otro modo, ya que Francisco no logró convencer ni al legado papal ni a los jefes de los cruzados de no presentar batalla [7]; y como lo había anunciado el santo de Asís, la batalla del 29 de agosto de 1219 fue desastrosa para los cruzados. Más que nunca, después de la derrota Francisco estaba dispuesto a ir al campo sarraceno para entrevistarse con el Sultán. La escena del encuentro de Francisco con el Sultán, descrita en las primitivas fuentes de la Orden [8], nos ha sido conservada también por un cronista no franciscano que se encontraba en Damieta: Contaré lo de dos clérigos que estaban en el campamento, en Damieta. Acudieron al cardenal (Pelagio Gaitán, legado papal) y le manifestaron que querían ir a predicar al sultán, pero que no querían ir sin su permiso… El cardenal les contestó que no irían con su permiso ni mandato… viendo el cardenal que tanto anhelaban ir, les dijo: Señores, no sé cuáles serán su corazón y sus intenciones, ni si son buenas o malas; y si van allá, cuídense de que su corazón y sus miras sean siempre del Señor Dios… Entonces los clérigos salieron del campamento de los cristianos y se encaminaron al campamento de los sarracenos… cuando llegaron a la presencia del sultán lo saludaron. El sultán también los saludó… contestaron… que habían venido a él como mensajeros de parte del Señor Dios, y para encomendar su alma (la del sultán) a Dios… entonces les dijo el sultán:.. no les haré cortar la cabeza, porque sería recompensarlos muy mal el que se hayan puesto en peligro de muerte para encomendar, según su parecer, mi alma al Señor Dios… entonces, el sultán les dijo que con gusto los haría llevar a salvo al campamento [9].

Ahora bien, de ese peculiar encuentro algunos puntos deben ser subrayados: La visión original de Francisco respecto a los sarracenos, elaborada en el capítulo 16 de la Regla no bulada [10], no tuvo gran resonancia en la cristiandad medieval. El acercamiento del santo de Asís al Islam pasó prácticamente desapercibido, tanto para sus hermanos como para la Iglesia. Sus hermanos no se comportaron de modo diferente al de los otros religiosos respecto a los sarracenos; también ellos aceptaron servir a la ideología de la curia romana, centrada, bajo la guía del papa, en la defensa de la unidad de la Europa cristiana contra la amenaza tanto interna (los herejes) como externa (el Islam).

La aproximación de Francisco y sus hermanos a los demás, que incluye ir entre personas de diferente cultura y religión, en espíritu de humilde servicio y sin actitudes de superioridad fue un proceso de aprendizaje, un camino que se fue descubriendo. Gradualmente aprendieron a discernir la presencia y la acción de Dios entre los sarracenos y a descubrir el bien que Dios actúa en su vida y en su historia.

Para Francisco la vida simple, ordinaria, de las personas tenía una importancia decisiva: el campo, el taller, el leprosario, la casa eran los lugares donde los hermanos encontraban a la gente. Permaneciendo sumisos a las personas y sirviéndoles les comunicaban el saludo de paz, no sólo de palabra sino con las obras. De este modo les invitaban al diálogo de la vida en el que la verdad no es patrimonio de unos, sino que es descubierta junto a los demás compartiendo las experiencias de la vida cotidiana.

El rechazo de toda disputa y actitud agresiva no era estrategia, sino cuestión de principios. Esta derivaba de la profunda convicción de que Dios es humildad [11]. Por lo mismo, Dios quiere que los hombres imiten esta humildad no comportándose como dueños de la verdad, sino abriéndose a ella tal como se manifiesta en la vida de las personas, independientemente de su condición. En la aproximación de Francisco a los “diferentes” la predicación no ocupaba un puesto prioritario. En base a su experiencia personal estaba firmemente convencido de que Dios, en su inescrutable beneplácito estaba presente y operante entre los sarracenos y era la fuente de todo el bien que existía en ellos. Por respeto al Dios altísimo, Francisco consideraba de segunda importancia lo que la teología dominante señalaba como absolutamente necesario para la salvación. Dejaba a Dios el problema de la salvación de los sarracenos y, viviendo entre ellos, esperaba pacientemente un signo que le hiciera ver que complacía a Dios comenzar a predicar su palabra.

Finalmente, la teología de Francisco en materia de beneplácito divino constituye una valiosa contribución a la teología de las religiones y del diálogo interreligioso. Partiendo de su experiencia, según la cual Dios, en su inescrutable beneplácito, incluye a los sarracenos, esta teología pone las bases para un verdadero diálogo entre cristianos y musulmanes, especialmente para el diálogo de la vida en el cual, por respeto al mundo en el que Dios está activamente presente en medio de todos los pueblos, los cristianos y los musulmanes están sujetos, los unos a los otros, por amor de Dios y colaboran en paz a la realización de un mundo nuevo.


[1] Fue sobre todo después del Vaticano II que se dio un giro en la aproximación a las otras religiones, con las que ahora se busca el diálogo y la colaboración (Concilio Vaticano II, “Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las Religiones no cristianas”, Nostra aetate, 2). Los documentos mencionan explícitamente a los musulmanes (Cf. Vaticano II, Lumen Gentium, 16 y Nostra aetate, 3).
[2] El origen etimológico de la palabra “sarraceno” es incierto. Ya en el siglo VI los autores griegos usaban el término “sarracenos” para indicar a los habitantes, tanto paganos como cristianos, de la península arábiga. El término, pues, es aplicado a los árabes, sin diferencia alguna, aún después de su conversión al Islam. Sólo después el término va a adquirir una connotación religiosa negativa. En el mundo occidental se registró una evolución análoga. Hasta finales del siglo VIII el término “sarracenos” era religiosamente neutro. En el siglo IX, cuando la península italiana comenzó a ser sistemáticamente atacada por los “sarracenos”, el término asumió una connotación negativa (Cf. Sarazenem, en Lexikon für Theologie und Kirche 9 (1964), P. 326).

[3] De entre las recomendaciones que Francisco da a sus hermanos en cuanto al modo de comportarse al interior de la propia fraternidad y en sus contactos con los demás hombres, los siguientes textos, tomados de la Regla no bulada, son emblemáticos: Y guárdense todos los hermanos de calumniar y de enfrentarse a nadie con palabras, sino más bien esfuércense por guardar silencio, siempre que Dios les dé la gracia… Y no litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente diciendo: Soy un siervo inútil… No murmuren ni difamen a otros… y sean modestos, mostrando una total mansedumbre con todos los hombres (Rnb 11, 1-3. 8-9, San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… p. 97-98).
[4] El llamado del papa Inocencio III en el concilio comienza así: Deseando ardientemente liberar la tierra santa de manos de los impíos… (Conciliorum Oecumenicorum Decreta, a cura dell’Istituto per le sciense religiose, edizione bilingüe, Ed. Behoniane Bologna, Bologna 1991, canon 71, p.267).
[5] Preparado con todos los arreos militares llegó, junto con otros voluntarios, hasta la cuidad de Espoleto y habiendo escuchado ahí la voz del Señor, Francisco renunció a enrolarse en las huestes del papa que se reunirían en la Puglia. Regresó a su ciudad y desde entonces decidió anunciar el Evangelio renunciado a toda violencia (Cf. 1Cel 5; 2Cel 6. En San Francisco. Escritos. Biografías… pp. 144. 232-233).
[6] 1Cel 57, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… 176.
[7] Ante el dilema de quedar callado o anunciar a los cruzados que no pelearan porque perderían, Francisco decide pasar por loco ante los combatientes, pero su conciencia queda tranquila por haber comunicado lo que el Señor le había revelado (Cf. 2Cel 30, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías…, p. 247).
[8] Los relatos de los biógrafos y del primer cronista de la Orden son muy concisos y coinciden en su información, sólo san Buenaventura añade el dato de que el compañero de Francisco en esa ocasión fue fray Iluminado de Rieti (Cf. 1Cel 57, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías…, p.176; J. de Giano, Crónica, 10, en Cronistas franciscanos primitivos y otros documentos franciscanos del siglo XIII. Versión castellana de Fr. Saúl Zamorano OFM, CEFEPAL, Chile 1981, p. 27; San Buenaventura, Leyenda Mayor, 9, 8, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías…, p. 440)
[9] Ernoul (+ 1230), Crónica, cap. 30, en San Francisco. Escritos. Biografías… pp. 968-970.
[10] La también llamada Primera Regla, dice: Por eso, todo hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo… Y los hermanos que van, pueden vivir espiritualmente entre ellos de dos modos. Uno es, que no promuevan disputas ni controversias, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos. El otro es, que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios… (Rnb 16, 3. 5-7, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… p.101.
[11] Dice así Francisco, en las alabanzas al Dios altísimo: Tú eres el amor, la caridad; tu eres la sabiduría, tú eres la humildad (AlDa 4, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… p. 25).

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