domingo, 10 de abril de 2011

Presentación de los libros “Equipos de Ministros ordenados” y “El Altar vacío”


Autor: Fritz Lobinger Edita: Herder Editorial
Fecha de la presentación en Madrid: 8 de Abril de 2011
Presentación por parte de PROCONCIL (Emilia Robles)
(En la presentación intervinieron también el editor de los libros Raimund Herder y el teólogo Juan Antonio Estrada, que tiene una excelente introducción teológica a uno de los libros)

El proceso de gestación de estos libros ha sido una experiencia muy rica de comunicación, de colaboración, de confianza, de trabajo en equipo, entre personas que con anterioridad no habíamos trabajado juntas. Creo que, independientemente de intereses y motivaciones más particulares y diferenciadas, un vínculo común ha podido ser un sentir y un compromiso con la Iglesia, en busca de una Iglesia viva; Ha sido un enriquecimiento y un placer coordinarnos y contrastar visiones. Los libros ya han sido publicados, pero la relación continúa y el trabajo de difusión y profundización de esta obra sigue en pie. El proceso de elaboración del libro ya ha sido una excelente práctica de acción colaborativa. Como con cualquier propuesta innovadora todos hemos asumido también ciertos riesgos; y, gracias al conjunto de esfuerzos y sinergias hoy podamos tener entre las manos estos libros. Os encontráis con dos libros que no son sólo para leer y reflexionar, sino para iniciar y orientar de manera participativa y corresponsable un posible camino de renovación y actualización eclesial.

¿Por qué Proconcil responde con rapidez a esta demanda que nos dirige el autor y se compromete a promover la publicación, difundirla y profundizarla?
El autor de los libros ha hecho un encargo y una delegación en Proconcil, al tiempo que seguirnos trabajando en estrecha colaboración, para promover la publicación en castellano y contribuir a su difusión y profundización, no sólo en España, sino también en América Latina.

Proconcil se presenta en público en el año 2002 como una iniciativa internacional a favor del desarrollo de un proceso conciliar en la Iglesia Católica. Su objetivo estratégico apunta a mejorar las condiciones relacionales, comunicativas y estructurales en la Iglesia, que permitan afrontar mejor los grandes retos que hoy tiene la Iglesia El proceso conciliar que se promueve debe ser amplio, participativo y corresponsable, de modo que contribuya a que la Iglesia pueda realizar mejor su misión evangelizadora y a posicionarla mejor ante los graves retos a los que tiene que hacer frente la Humanidad, en especial los pobres. También debe caminarse en el mayor diálogo posible con otras Iglesias y confesiones.

Algunos ejes convergentes que hemos encontrado en la propuesta de Lobinger en relación con los objetivos de Proconcil:
Hoy ya resulta ineludible e inaplazable entrar de lleno en el estudio y en el debate sobre nuevas formas de ministerialidad presbiteral, complementarias con las existentes. Algunos ya lo vienen haciendo desde hace tiempo. Pero hace falta que esta tarea se abra en profundidad y extensión al interior de la Iglesia.

Una apertura en este sentido puede contribuir a reforzar la cohesión interna de la Iglesia, a su acercamiento y diálogo con otras Iglesias cristianas, y a una mejora de su capacidad para llevar a cabo su misión evangelizadora, revitalizando las comunidades y fortaleciendo la vida eucarística.

Pensamos que iniciativas de este tipo forman parte de un proceso conciliar en marcha, que se alimenta, no sólo de un concilio canónico o de sínodos, sino de cada iniciativa y cada espacio que aporta ideas y compromiso para el cambio eclesial, siempre que se realice de forma integradora, dialogal y constructiva.

Para Proconcil, tan importante es que la Iglesia evolucione en un sentido de apertura, como que preserve su capacidad para gestionar sus cambios con estabilidad interna. El compromiso con la gobernabilidad de la Iglesia (en una perspectiva de servicio, no de dominación) es fundamental para que las reformas necesarias puedan llevarse a cabo. Y esta búsqueda de equilibrios y este compromiso con reforzar los vínculos y la cohesión al interior de la Iglesia están también presentes en la propuesta de Lobinger.

(No entendemos que esta sea “la” propuesta “definitiva” y “acabada”, sino un buen anteproyecto sobre el que se puede empezar a trabajar y a construir.

Los libros

Los dos libros, aunque se puedan leer por separado, constituyen una unidad complementaria. Me centraré en presentar globalmente el libro de Equipos de Ministros Ordenados y muy brevemente al final incidiré en algunas cuestiones metodológicas del Altar Vacío (que ya ha sido presentado por Juan Antonio Estrada).

“Equipos de Ministros”, se abre con un prólogo de Demetrio Valentini, continua con la propuesta del autor y se cierra con una colaboración teológica del teólogo brasileño Antonio Jose de Almeida.

Valentini, el autor del prólogo, es obispo de Jales, diócesis de Sao Paulo (Brasil). Presidente de Caritas Brasileña y responsable de la Pastoral de Migrantes, ha estado ya algunas veces en España, por razón de esas responsabilidades.

Quiero aquí señalar que con datos de la Conferencia Episcopal Brasileña, el 75% de las comunidades en Brasil carecen de sacerdotes suficientes y sólo pueden tener sus celebraciones dominicales gracias a que estas son dirigidas por agentes pastorales laicos, algunos diáconos y algunas religiosas.

Desde esta realidad que les urge y desde lo que conoce de otros países, Valentini afirma que la propuesta de Lobinger de dos formas de presbíteros que se complementan, ya está demostrada que es posible, en lo que se refiere a la capacidad de algunos laicos de las comunidades de asumir funciones propias del presbítero y de algunos sacerdotes de integrarse en un trabajo colaborativo con ellos. Faltaría por recorrer de este camino –señala- la diferenciación de funciones, como son denominados cada uno y los criterios de formación. Falta también, evidentemente, la aceptación de la Iglesia; y en este orden recomienda alejarse del pensamiento erróneo pero muy extendido de que esta decisión depende sólo y absolutamente del Papa. Muy al contrario, y, coincidiendo con el autor, piensa que las parroquias, las comunidades y las diócesis deben activarse y comprometerse en este proceso asumiendo su corresponsabilidad.

Evidentemente- concluye- ni todas las comunidades están preparadas para proponer ya candidatos al nuevo presbiterado comunitario, ni todos los aspirantes a este nuevo presbiterado serán idóneos; y reconoce que este sentido de procesos y ritmos diversos es un aspecto crucial de la propuesta. En esa diferenciación destaca la aportación a la obra del teólogo Almeida, en su esfuerzo por exponer rasgos, valores y características que deberían reunir comunidades y candidatos.

“Equipos de ministros”

Entrando ya en el texto propio de Lobinger, quiero dirigir mi enfoque a resaltar las oportunidades que presenta para que en la Iglesia se pueda trabajar teniendo en seria consideración esta propuesta, al menos como punto de partida.
Un aspecto clave, a mi juicio, es que la propuesta de este obispo lleva implícitos numerosos elementos que favorecen la mediación, ayudando a tender puentes entre diferentes sensibilidades y sectores de Iglesia.

Se parte de problemas que pueden ser compartidos por amplios sectores de Iglesia, como la falta de curas, el abandono de algunos de ellos después de largo años de formación, las comunidades que se hacen pasivas, y se pone el énfasis en la búsqueda participativa de soluciones.

La apelación que hace de “vuelta a las raíces”, invita a volver la mirada hacia la primitiva Iglesia en la época de Pablo. Tiene el valor de conectar el hoy, con la gran Tradición de la Iglesia, pero no tiene un enfoque fundamentalista en cuanto a las formas (de que ese sea el único modelo válido de relaciones), ni tampoco mecanicista, en el sentido de querer imitar ahora lo que se hacía en estas Iglesias ignorando nuestra realidad. “Nuestra posición- dice- es bastante diferente a la de San Pablo porque nuestra historia ha sido distinta”.

Coincide con la visión hoy de millones de católicos de que el clericalismo es una lacra que atrofia la vida comunitaria y abre brechas insalvables. Expone con claridad la dirección a seguir “Debemos romper con nuestro pasado clerical y volver a aprender los caminos de una iglesia participativa”. Ahora bien ¿Cómo se camina en esa dirección, cuidando la cohesión y con la mayor colaboración posible? El separa los problemas de las personas: no se está culpando a nadie ni a ningún sector de Iglesia de esta situación poco deseable por la que atraviesa la Iglesia; sino que considera que ésta es fruto de un devenir histórico y de cómo se han ido configurando las distintas tradiciones. Pero eso tampoco significa que estas tengan que perpetuarse. Y se habla siempre en términos de proceso, que pasa, en este momento, por una aceptación y un encuadre más adecuado de los actuales sacerdotes, atendiendo a su formación, a sus funciones y a sus relaciones, buscando que todos, ellos incluidos, salgan beneficiados de los cambios.

Trabajar para disminuir el clericalismo, no significa – desde la perspectiva del autor- devaluar el actual presbiterado célibe y con una larga y profunda formación y dedicación. Al contrario, piensa que el que existan numerosos ministros ordenados, junto a los actuales sacerdotes, puede ayudar a que deje de ver al sacerdote como “el hombre con un poder especial” y se le vea como “el hombre con una misión especial”. “Si un gran número de líderes (animadores religiosos locales) pudiera presidir los sacramentos, entonces el énfasis en el poder se reduciría”. Se pondría el énfasis en su capacidad orientadora y formadora.

En varias ocasiones también encuadra la espiritualidad del celibato en una espiritualidad de los consejos evangélicos. Lo cual, unido al alejamiento del poder, podría paliar, muchos de los graves problemas de abusos de todo tipo que hoy están afectando a la Iglesia

Se "sube al balcón", para mirar más allá de propuestas de reforma o de conservación demasiado cerradas, que pueden bloquear un camino compartido si alguien se aferrara a ellas como algo intocable. En cambio, desde esta perspectiva, las salidas pueden ser buscadas y hasta compartidas por personas que, tal vez, no coincidirían en sus posiciones iniciales ante alguna propuesta de cambios, pero este nuevo enfoque les permite moverse de sus posiciones y ganar en profundidad. Así se puede abrir, de manera creativa el abanico de posibilidades, integrando importantes elementos que estaban ya presentes en algunas propuestas de reforma y poniéndolos al servicio de algo que está en un orden superior. Siempre cuidando los equilibrios y la cohesión.

Se hace cargo de las preocupaciones que pueden surgir en diferentes sectores de Iglesia a la hora de abordar estos cambios (pero no habla sólo de las preocupaciones de una parte, por ejemplo de los que temen que el celibato se devalúe si se acepta a casados, habla también de las preocupaciones de las comunidades, que tienen a personas con valía y dedicación para ejercer ministerios y no los pueden ejercer, habla del posible desaliento, la tristeza y el posible abandono de muchas comunidades si se cortase también este nuevo camino a las mujeres, que representan una mayoría de los agentes de pastoral destacados o líderes comunitarios, (según la terminología que utiliza.

Al mismo tiempo, conoce y se hace cargo de cuáles son las reglas del sistema en el que uno se está moviendo. En la Iglesia Católica Romana, estos cambios, en última instancia, a nivel global, deben ser aprobados por el Papa. Y de hecho, dedica casi 20 páginas del libro a formular cómo se podría hacer la propuesta a Roma desde una determinada diócesis. Pero entiende que los procesos pueden no ser totalmente uniformes. Y las formas que pueden permitir que se realicen mejor estos procesos, logrando un mayor consenso dependen, en parte, de la inteligencia sistémica de las Iglesias locales, y de la adecuada relación entre lo local y lo universal.

Es flexible en relación con el análisis de situaciones complejas, y no tiene reparos en modificar aspectos de la propuesta, intentando hacerla más viable y mejor orientada. Desde la terminología a utilizar para designar a los dos tipos de presbíteros, dándole importancia y, al mismo tiempo relativizando la denominación. Así de un libro a otro usa distinta terminología, invitando a los lectores a reflexionar sobre cuál sería más adecuada. Y también relata las experiencias de otras iglesias cristianas en relación a este tema.

En un libro anterior, “Curas del mañana”, Lobinger planteaba que estos cambios deberían ser aprobados por un Concilio o por un Sínodo. En estos dos libros se replantea lo anterior y propone otro camino. Ir de lo local a lo universal, porque sabe del pluralismo de las realidades y relaciones eclesiales y las demandas y ritmos diferentes que se pueden marcar.

Se da cuenta de que hay espacios ya constituidos en la Iglesia, donde se vienen planteando tradicionalmente diferentes propuestas, pero que son espacios y relaciones que por sí mismos, por su propia estructura y mecanismos de funcionamiento, no son adecuados para que se puedan exponer ampliamente y debatir en profundidad ciertos temas. Habla así por ejemplo del Sínodo de obispos del 71, donde se expresa en pocas frases la propuesta de los viri probati. Y con la misma rapidez con la que ha sido planteada, se desecha. La cuestión, sin duda, no es que quienes plantean un cambio y quienes debaten sobre él, no sepan o no quieran profundizar, sino que hay escenarios en los que, sin ayuda de otros complementarios, con frecuencia menos institucionalizados, esto no es posible.

Lo que, de alguna manera se puede deducir es que, posiblemente, por la manera de funcionar y la estructura de relaciones de la Iglesia Católica se necesitarán pasos en las dos direcciones. Es importante que quienes rigen la Iglesia vean la propuesta como oportunidad y no como amenaza, para que se estimulen y no se bloqueen, se distorsionen, o se marginen los procesos locales. De la misma manera, debe quedar claro que no se trata de imponer cambios bruscos y uniformes desde arriba, que no estén en sintonía o que no puedan ser acompañados con una evolución y una demanda de las Iglesias locales.

Expone, al principio del libro, que en otro momento pensó que la solución al problema podrían ser los viri probati, varones casados probados en su matrimonio durante más de cinco años. Sin embargo, en el proceso de diálogo y contraste toma conciencia de que esto no soluciona su inserción en las comunidades, y que se puede repetir con los viri probati, el modelo del cura proveedor de servicios y clericalizado, ni tampoco cerrar el paso -ya de entrada- en esta nueva forma (coexistente con la anterior) del ministerio presbiteral a las mujeres.

Ni siquiera buenos presbíteros ordenados aseguran que las comunidades se vayan a volver activas, ni garantizan el desarrollo de los dones y carismas presentes en las comunidades. Por eso aquí el término “probado” hay que aplicarlo también a las comunidades, al proceso de ordenación de los nuevos presbíteros y a una capacidad demostrada al menos en parte de abordar los posibles conflictos que se puedan presentar a nivel comunitario con la implementación de los cambios.

Con todo lo anterior, podemos ver que, varios aspectos nos revelan que estamos ante una propuesta muy reflexionada hasta en detalles, pero abierta, revisable en diferentes aspectos y mejorable.

Muy interesante y enriquecedor el apartado sobre la experiencia de otras Iglesias en este recorrido, experiencia que él ha compartido, que demuestra un talante ecuménico y revela nuevas oportunidades de acercamiento a través de una diversificación del ministerio presbiteral.
Estos son sólo algunos aspectos de una propuesta que pensamos merece la pena conocer de cerca, a través de la lectura de los libros y profundizar sobre ella en un trabajo comunitario y en red.

Almeida ¿Qué presbíteros para qué comunidades?

El libro concluye con la aportación teológica del P. Antonio José de Almeida, que por su profundidad y extensión podría haber tenido el carácter de obra autónoma, pero puesta al servicio de las intuiciones de Lobinger, las enriquece con un soporte teológico y pastoral importante.

Preguntado por los perfiles de las comunidades que algún día podrían pedir la ordenación de sus líderes y de los nuevos ministros ordenados, ve necesario encuadrar esto en un marco más amplio.

En primer lugar recopila datos sobre la situación actual de las comunidades que se ven privadas de la celebración eucarística dominical.
Hace luego un repaso por las eventuales salidas y propuestas, más o menos aceptadas oficial u oficiosamente para tratar de abordar esta cuestión. El incremento de la celebración de la palabra, la promoción de vocaciones sacerdotales, restablecimiento del diaconado permanente, ordenación de mujeres, sacerdotes casados, ordenación de equipos para el servicio litúrgico, etc

Acude, a continuación, al Nuevo Testamento, en busca de iluminación para este camino y para tratar de descubrir alguna pista que pueda ser prometedora. Primero se adentra en las comunidades paulinas y sobre los ministerios en tales comunidades. El énfasis en Pablo –dice- no es casual; pero también tiene en consideración otros textos, buscando la coherencia interna de los textos bíblicos. Y las preguntas son de este orden ¿Qué diría el Nuevo Testamento de una situación como esta y de las propuestas para enfrentarnos a ella? ¿Cómo surgían y evolucionaban las comunidades en el cristianismo primitivo? ¿Cómo se estructuraban u organizaban esas comunidades? ¿De qué ministerios estaban dotadas? ¿Cuáles eran las competencias de esos ministerios? ¿Cómo se celebraba la eucaristía? ¿Quién la presidía? Reconoce que en unas cuestiones podemos saber más y en otras no llegaremos a tener suficientes datos de aquellas realidades, pero ni para afirmar ni para negar.

Repasa luego diversos documentos, constituciones y decretos de la Iglesia y concluye preguntando ¿se prefiere la celebración de la eucaristía dominical en todas las comunidades que sean dignas de ese nombre, o el mantenimiento integral de determinados requisitos no esenciales para el ministerio ordenado?

Y a continuación puntualiza “No se demanda, por supuesto, la posibilidad de ordenar a cualquier persona, sino de ordenar, en las comunidades que objetivamente se merecen esta definición, a personas que casadas o no, académicamente formadas o no, a tiempo completo o parcial cuenten con las cualificaciones necesarias para un buen, eficaz y fructífero ministerio presbiteral”. Esto significa que un presbítero puede ser válido según para qué comunidad; y pone el acento en la relación de servicio, más que en una cualidad intrínseca al sujeto y ajena a la relación comunitaria.
Después, se adentra en el perfil de las comunidades que podrían avanzar en un proceso adecuado hacia la ordenación de ministros y también en el perfil más adecuado de los posibles futuros ministros de estas comunidades.

La propuesta de Lobinger y el libro “El Altar Vacío”


Por parte de Lobinger hay un hecho constatado que revela su firme voluntad y su consecuencia de hacer verdaderamente participativas a las comunidades en la propuesta que ya se había planteado en el libro de Equipos. Esta concreción es el libro del Altar Vacío.

Como en el libro de Equipos hay una introducción teológica, que os acaba de exponer Juan Antonio Estrada, de su autoría.

En la parte de autoría de Lobinger se utiliza una metodología, similar, en parte, a la que se usa en la educación popular. Se hace presente el método VER-JUZGAR-ACTUAR, incluyendo la evaluación de las posibles acciones.

La temática es la misma que la de Equipos de Ministros, pero este libro está a caballo entre un libro y un cuaderno de trabajo. Se da la palabra al grupo. En cada reunión, a partir de una imagen y de unas preguntas motivadoras, los miembros del grupo tienen que reflexionar sobre su realidad.

No se hace un debate ideológico y tampoco se les proporcionan todas las respuestas, aunque se aportan algunas pistas. Se les pregunta qué están viviendo, a qué problemas y necesidades se enfrenta la comunidad en relación a distintas cuestiones: la relación con los curas, la corresponsabilidad comunitaria, etc. Los sujetos participantes deben valorar esas relaciones y situaciones.

Además, se les estimula a ser creativos y proactivos, no basta con quejarse, se trata de sugerir entre todos vías de mejora para la situación en la comunidad. Al mismo tiempo, se les sugiere que se anticipen, que piensen en posibles reacciones favorables y adversas que pueden surgir, tanto si se implementan cambios como si se dejan las cosas como están.

Es decir, se enseña de manera práctica a las personas/ miembros de la comunidad a imaginar escenarios de futuro. En un sistema complejo, como es la Iglesia, hay un grado importante de impredecibilidad. No podemos asegurar a priori cuales van a ser todas las consecuencias de los cambios. Pero el hecho de que muchas personas reflexionen, sintiéndose parte activa de la Iglesia, sobre las posibles consecuencias de ciertas modificaciones, y también sobre las consecuencias de no hacer nada, de permanecer pasivos y de dejar las cosas como están, (además de enriquecer sus capacidades a nivel personal), es un valor añadido a la evolución del grupo, a su sentirse Iglesia y al desarrollo de su capacidad de preveer y resolver conflictos.

Esta formación experiencial puede ir mejorando la calidad y el grado de compromiso de las comunidades, tanto con la evolución local, su inculturación y su sostenibilidad, como con el sentido de pertenencia a la Iglesia Universal, vinculado todo ello a la Gran Tradición de la Iglesia.

Deseamos que os animéis a leer los libros, que los difundáis y que juntos sigamos avanzando en la reflexión y el debate sobre este tema, en clima conciliar.
Para más información: proconcil@proconcil.org
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lunes, 4 de abril de 2011

El disenso en la Iglesia Católica


Por Rafael Velasco, SJ
Una convicción bastante arraigada es que en la Iglesia Católica no se puede disentir, ya que toda enseñanza magisterial es necesariamente dogmática, es decir, “obliga a los fieles a una adhesión irrevocable de la fe” (Catecismo de la Iglesia Católica, 88).
Sin embargo, los dogmas son más bien pocos. La misma doctrina de la Iglesia señala que hay afirmaciones que obligan de una manera diferente; no es lo mismo un dogma, que una encíclica, que una carta apostólica, que una declaración de los obispos.
Pero hay otras varias aseveraciones magisteriales que pueden –y muchas veces deben– ser objeto de reflexión e incluso de discusión respetuosa y fiel. Ya que –citando al Catecismo de la Iglesia Católica– “todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu Santo que los instruye y los conduce a la verdad completa.” Si todos los fieles tienen –tenemos– esa unción, significa que Dios habla a su pueblo y a través de su pueblo, y se manifiesta a las comunidades creyentes que en conciencia buscan profundizar en la enseñanza de Jesús. El mismo catecismo afirma que “la totalidad de los fieles… no puede equivocarse en la fe (CIC. 92)”.
Como se ve –aunque en la práctica muchas veces se contradiga– la misma doctrina de la Iglesia expresa que la interpretación revelada no es propiedad privativa de la jerarquía.
Por lo tanto –según esta misma doctrina– si una comunidad de fieles, a la luz de la Palabra de Dios cree en conciencia que algunas de las afirmaciones de los obispos o del magisterio deben ser revisadas y presentan dificultades serias para ser aceptadas, entonces están en su derecho de expresarlo.
Más aún cuando se tiene en cuenta que los cristianos somos discípulos de aquél que puso la religión al servicio de la persona y no al revés. Al afirmar que “el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado”, Jesús estaba diciendo que hasta el precepto más importante y sagrado no era más importante que la persona humana, en particular cuando ésta sufre; y por lo tanto, el precepto religioso está al servicio del ser humano, de su propia vida y su propia comunión con Dios y sus hermanos. La preocupación de Jesús no era fundamentalmente doctrinal, sino eminentemente humana; para Él, la religión no podía ser un instrumento de opresión, sino de liberación. Su preocupación por los enfermos, los sufrientes, los alejados de “la religión oficial”, los pecadores públicos y los indeseables lo deja a las claras. Vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
Para Jesús, la Buena Noticia (Evangelio) no consiste en defender una serie de principios doctrinales y morales (a los que aquí no se pretende negar relevancia, por cierto), sino en manifestar el amor de Dios hacia sus hijos e hijas. Para Jesús, el amor a Dios y el amor al prójimo están unidos y son el mandamiento más importante.
El disenso no es escándalo. Entonces, quien se escandalice por el disenso en la Iglesia, es porque pretende que la exclusividad de la verdad proviene del magisterio oficial y no hay participación alguna de los fieles; o considera en todo caso, que el rol de los fieles se limita a asentir obedientemente y poco más. Lo que equivale a pensar que los creyentes son una suerte de minusválidos en la fe, incapaces de una honesta y recta inteligencia de la fe y sus consecuencias prácticas.
Pretender que el disenso es malo y es una suerte de traición no hace bien, porque finalmente se anula la participación de los fieles, es decir, se los hace sentir cada vez menos “parte de” y sólo se los sitúa como meros “espectadores” que deben acatar y cumplir, o de lo contrario irse.
Muchas de las aseveraciones magisteriales que provocan serias dificultades para ser aceptadas y vividas en muchos fieles de buena voluntad (como por ejemplo lo referente al uso de métodos artificiales de control de la natalidad, la ordenación de hombres célibes exclusivamente, o la prohibición de la ordenación de mujeres, e incluso la exclusión de la comunión sacramental a los divorciados y vueltos a casar) no son dogmas de fe. Son proposiciones que merecen respeto y un intento serio de comprensión. Pero si en conciencia se encuentra dificultades para aceptarlas, el servicio más honrado que se puede prestar a la misma Iglesia es manifestarlo y proponer los argumentos para la discusión.
Por otra parte, afirmar –como lo hacen algunos– que en todo caso, si hay algún tipo de disenso, se debe plantear exclusivamente puertas adentro y no decirlo públicamente, es actuar ingenuamente, porque se sabe que en ese “puertas adentro” este tipo de discusiones suele terminar en un cajón, o con la afirmación de que “de eso no se habla.”
En tiempos de transparencia y pluralismo, no se puede pedir a otras instituciones de la sociedad transparencia, respeto del pluralismo y la democracia, y luego no aceptarlos hacia adentro de la misma institución eclesial. Hablar, expresar lo que en conciencia creyente se ve, es el mejor servicio que se puede prestar a una Iglesia abierta al Espíritu de Jesús.
Por eso, como cristiano-católico, me alegro de que haya quienes expresen públicamente sus posiciones con la intención de que la Iglesia sea una Comunidad en la que todos tienen la palabra y no sólo algunos. Una Iglesia en la que disentir no sea pecado, y en la que expresar públicamente ese disenso no sea ocasión de temor a represalias. Una Iglesia más parecida a la comunidad que –creo– anhelaba Jesús.

Rafael Velasco es sacerdote jesuita y actual Rector de la Universidad Católica de Córdoba (Argentina)
Fuente: La Voz del Interior
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