viernes, 25 de marzo de 2011

Raúl Vera López, voz de una Iglesia de los pobres


Francisco Gómez Maza

Dos litografías: una de la catedral de Saltillo y otra de la Capilla del Santo Cristo, también de la capital de Coahuila, cuelgan de las paredes del cubículo del Centro Universitario Cultural (CUC), sede de la Provincia de la Orden de Predicadores de Santo Domingo de Guzmán, y asiento del centro de apoyo espiritual y académico a estudiantes de la UNAM, donde se realiza la entrevista al único obispo políticamente incómodo que “da la cara”, de entre los 158 obispos que integran la Conferencia Episcopal Mexicana. jTatic Raúl recibe al reportero con su consuetudinaria sonrisa. Vestido como cualquier hijo de vecino. De chamarra, agripado pero de excelente humor, con la “BB” en la mano, lo primero que comenta es la litografía de su catedral, un monumento al “ego” – le dice el reportero -, y “quién sabe cuántas injusticias” se cometieron con la gente que trabajó en su construcción, agrega él.
Un obispo confrontado con el poder económico y político, solidario con las causas populares, apoyador al mismo tiempo de los familiares de los mineros enterrados en la mina de Pasta de Conchos, o de los campesinos de Atenco, o de los indios, o que cuestiona la estrategia gubernamental de combate al narcotráfico, o se solidariza con los padres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: Raúl Vera López, quien fue sacado de su primera diócesis, Altamirano, en el estado de Guerrero, y enviado como coadjutor con derecho a sucesión a la de San Cristóbal de Las Casas, en 1995, en los álgidos momentos del levantamiento indígena armado, con su cabeza, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Raúl Vera López estudió la carrera de ingeniero químico en la UNAM, pero al concluirla decidió ingresar en la Orden de Predicadores – dominicos -, para “hacer algo por México”. Le agarró el movimiento estudiantil del 68 casi terminando sus estudios de ingeniería. Y se enroló no sólo en la pastoral universitaria desplegada desde el CUC, sino para comprometerse en una acción pastoral al servicio de los demás. El contexto en el se estaba formando y en el que iba a trabajar, no sólo de México, sino sobre todo de América Latina, le fue creando la inquietud que acabó por convencerlo de que, si quería hacer algo para el país con su carrera, tenía que renunciar a ser empleado de la iniciativa privada trasnacional, porque en ese tiempo prácticamente la única industria nacional en la que podían trabajar los ingenieros químicos era Pemex, y no tenía ni padrinos, ni parientes, ni nada ahí, como él mismo lo confiesa.

El entonces estudiante estaba seguro de que caería, como IQ, en manos de las trasnacionales. Y decidió quedarse a trabajar en la universidad. Pero poco a poco fue dándose cuenta de que hacía falta algo más que inquietar a un sector de la vida profesional, quienes egresaban de la Facultad. Necesitaba tocar los sectores de la sociedad mexicana, si quería hacer algo por este país. Y decidió hacerse monje y sacerdote de la orden dominica. Terminó ingeniería. Se recibió. (Los dominicos le dijeron que acabara la carrera y después hablaban.) Eran octubre y noviembre del 68. La primera parte de sus estudios clericales los hizo en México. Después lo enviaron a Bolonia, Italia, donde realizó la mayor parte de los estudios de teología. Se graduó, se ordenó sacerdote, y regresó a México a ejercer funciones de dominico.

Su primer trabajo pastoral fue precisamente en la Parroquia Universitaria, de donde había salido. Fue formador de novicios (los aspirantes a ingresar a la Orden) en el convento que los Predicadores tienen en Ameca Meca, pueblecito montañoso al oriente de ciudad de México. Ahí, a los pies de los volcanes eternos, símbolos de México – el Popocatépetl y el Iztaccihuath – se dedicó a dirigir ejercicios espirituales y retiros para sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos - entre ellos, estudiantes de la UNAM; niños y muchachos de la calle. Y luego trabajó en San Pedro Nexapa, a cuatro kilómetros del convento, donde aprendió a convivir con los campesinos pobres, y bebió de la “riqueza evangélica que hay en los pobres”. Entre los pobres pasó ocho años, para ser promovido a “socio provincial”, o asistente del padre provincial los dominicos de México. Volvió a la Parroquia Universitaria, donde además fue capellán de estudiantes. A los dos años, el Papa Juan Pablo II lo designó obispo de Ciudad Altamirano.

Altamirano era una diócesis muy difícil. Había un problema muy grave de relaciones entre el clero y el obispo. Los mismos sacerdotes habían pedido a la Nunciatura vaticana, en manos de Girolamo Prigione, que fuera como obispo un religioso. Estaba en su apogeo la producción de estupefacientes. Se cultivaba la base de la heroína, la goma, y marihuana. Ante los problemas, Roma mandó a un obispo que no tenía ni idea de lo que pasaba, para que no tomara partido y no llegara a juzgar. Lo único que Raúl hizo luego de tomar posesión fue decirle a los sacerdotes de la jurisdicción: “el que quiera trabajar conmigo que se quede. El que no, de una vez resuélvase.” Y así empezó a reorganizar esa diócesis.

A los ocho años de estar en Altamirano, en 1995, el Papa lo nombró obispo coadjutor de don Samuel Ruiz García, en la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, en momentos en que el obispo guanajuatense era vilipendiado y acusado por el gobierno del presidente Ernesto Zedillo como instigador y cabeza intelectual del movimiento armado estallado en las montañas y los altos chiapanecos. Después de retirarse don Samuel, por razones de edad, don Raúl fue removido de Chiapas, el 30 de diciembre del 99, para ser obispo de Saltillo. Acompañó a Ruiz García poco más de cuatro años. “Y ese es el misterio de por qué ando de obispo”, afirma pues se le preguntó el porqué de su inserción en la estructura clerical, siendo él ingeniero químico prometedor.

No fue a Chiapas para controlar al obispo, según él mismo lo aclara, aunque en la época, cuando Ruiz García no era bien visto por Roma y menos por el gobierno mexicano por su compromiso con los indios, corrió fuertemente el rumor de que Prigione lo había propuesto para meterlo “al orden”. Sin embargo, Roma le otorgó “facultades especiales” que mermaban la autoridad de jTatic Samuel, entre las cuales estaban: atender a los diáconos, en virtud de que, se decía, muchos se habían ido a la guerrilla; organizar la formación de sacerdotes en los seminarios y manejar la economía de la diócesis. Pero don Raúl proclama que tales facultades las compartió íntegramente con el vilipendiado obispo.

De chamarra de piel, de paisano, sin el típico alzacuellos clerical; sin la cruz episcopal que cuelga del cuello de todo obispo; respondiendo telefonemas; y de muy buen humor – don Raúl siempre trae a flor de labios una broma, un chiste -, caracteriza a Jesucristo: “Jesucristo vino a restaurar el proyecto histórico de la humanidad, como fue diseñado desde un principio, cuando Dios creó el mundo; vino a hacer posible ese proyecto, dando al hombre la capacidad de ser sujeto de la historia, incluyendo a todos, no sólo a los bautizados. Inclusive a los ateos. “Tengo amigos ateos encantadores comprometidos con la justicia… El Espíritu sopla donde quiere y Dios no sólo le da el Espíritu Santo a los creyentes, sino a todo hombre que practica la justicia.”

Don Raúl no parece el obispo que denuncia injusticias, que cuestiona la política gubernamental. Se muestra como clérigo. Como obispo. Y usa el lenguaje espiritual de los predicadores. Y justifica su práctica evangélica: “En los superficiales, por defecto de los procesos de “evangelización”, o pastorales de la iglesia, se concibe un sistema religioso de prácticas y de cumplimientos. Pero el papa Juan Pablo II dice en su encíclica “El Comienzo del Nuevo Milenio”, que ya no se vale tener cristianos mediocres, viviendo en una religiosidad minimalista, reducida la formación ‘cristiana’ sólo a la práctica de los sacramentos. Esto es fatal: Misa de domingo solamente y el resto dedicado a superficialidades. El proyecto de una iglesia madura, una comunidad eclesial, que se preocupa por darle una formación intensa al cristiano, y una iglesia que vive íntegramente el evangelio, y que tiene que proyectar con su vida a la comunidad, alcanza a proyectar a un Jesús vivo en la historia y que, además, está ligado a todos; una visión holística. Jesús que lo abarca todo.”

¿Superar, acabar, con la estructura de la iglesia clerical…?

“Tocas un punto que ha sido un estorbo para la iglesia. El clericalismo. Y este clericalismo es rechazado por los laicos. No se vale ya entender al sacerdocio como un privilegio. Una iglesia con sentido clerical, con la que rompió ya el Concilio Vaticano II… Una iglesia clerical, en donde no hay una verdadera comunión, no se proyecta como entidad de servicio, sino como una comunidad en la que todos los intereses - canonjías, prestigio individual, acumulación de riqueza - se valen. Aquí está un punto de quiebre terrible entre una iglesia con poder temporal, donde el oficio se convirtió en beneficio y los patrimonios son muy importantes, y una iglesia comunidad integrada por todos: laicos y sacerdotes.”

El obispo de Saltillo coincide con el pensamiento y los documentos conciliares en su visión de la institución católica. “Creo que, en la estructura, se están debatiendo cosas que tienen que ver con la cultura contemporánea. La luz principal la dio el Concilio, que dejo bien claro que la iglesia está para el servicio del mundo y no para beneficio de sí misma. Entonces, tiene que dialogar con las culturas. Tenemos que encontrar, como dice Juan Pablo, una nueva expresión, un nuevo ardor, y… la iglesia tiene que hacer accesible su mensaje a una cultura contemporánea, y acercarse a ella para entenderla. Como lo dice el Papa, se tiene que laicizar a la iglesia. Con un rostro laical, tiene que estar preocupada por acercarse y entender, y trasmitir los valores del evangelio en el ambiente de la comunicación, en la cultura política; dialogar con la cultura universitaria.

No se queda en la teoría ni en el “debe ser”. Reconoce don Raúl que dentro de la estructura eclesiástica aún hay condicionamientos políticos, que les impiden a los obispos declarar su preferencia por los pobres, con los riesgos que esto conlleva. Pero es comprensivo: “Es difícil entender que uno se tiene que salir de la foto; aceptar una cierta marginación. Cristo mismo se separó de la manera de entender a la institución religiosa de su tiempo. Separarnos de la iglesia como un sistema, y entrar a un lugar donde aprendemos a vivir el modo verdadero; en donde las leyes se hicieron para el hombre y las instituciones también. Y no al revés. Es el miedo de quitarle seguridad a la institución. A lo mejor acabamos con la iglesia antes de que acabe el mundo, y qué hacemos, dirían. Pero hay que acabar con una iglesia de conservación; romper con los esquemas que ya no facilitan la comunicación en el mundo de hoy.

¿Tuvo alguna vez la iglesia la posibilidad de impulsar el cambio social? “Creo que sí lo ha hecho. Cuando se interesó por el mundo indígena. El concilio es una muestra de que la iglesia quiso enfrentar el cambio. Las mismas conferencias del Consejo Episcopal Latinoamericano como la más reciente que produjo los documentos de Aparecida, Brasil.” Con todo, Vera López reconoce retrocesos, “cuando nos agarramos de cimientos que no son; sacamos banderas que no son. Pero el Concilio Vaticano II es un fermento interior muy fuerte. Y cada día ese fermento es mucho más intenso.”

La pastoral del obispo Vera López, apegada a las directrices conciliares, es incómoda para el poder; para los grandes empresarios, para los políticos, para los poderes fácticos. Inclusive, sus sacerdotes reciben amenazas telefónicas. Sin embargo mantiene el humor, la alegría de vivir. Le gusta bromear, decir chistes. “No es que uno esté ni con el poder económico… ni… Uno está a favor de una familia solidaria, de hermanos, donde haya esperanza, donde todos valgamos, donde tengamos la misma dignidad, el mismo espacio. Quién no va a estar feliz por trabajar por una sociedad así”. Y no propone modelos sociopolíticos de ningún signo geométrico. “El modelo es el que surge de los valores universales. No lo reduciría a un sistema político. Sino a un proceso en el que los seres humanos tengan el mismo valor, la misma oportunidad de participar, de crecer. Establecer un modo de pensar, de ver, un modo de vida… en la justicia.”

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