sábado, 5 de marzo de 2011

La diversidad religiosa: reto para el ecumenismo en México


Análisis de los resultados del Censo de Población y Vivienda 2010 sobre religión
José Guadalupe Sánchez Suárez [1]
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México (INEGI) ha dado a conocer los resultados definitivos del Censo de Población y Vivienda 2010 con los datos sobre las características demográficas, sociales y económicas, básicas, de la población y de las viviendas; de los cuales destacamos los referentes al tema de la religión, y que señalan que “para 2010, los que se declararon católicos representan el 83.9 por ciento de la población de 5 años y más, los protestantes o evangélicos, 7.6 por ciento, otras religiones 2.5 por ciento y el 4.6 por ciento declaró no tener ninguna religión.”
Tal resultado no es inesperado y es reflejo del fenómeno de cambio en la geografía religiosa mexicana donde, junto al surgimiento de nuevas identidades católicas, se han ido constatando tres hechos principales: a) un descenso constante en el porcentaje de población católica, b) el rápido incremento de población evangélica y de otras religiones y c) el aumento proporcional de población sin religión. [2]
La complejidad del cambio religioso en México, revelada por estas primeras constataciones, además de representar un gran reto para la investigación del fenómeno socio-religioso, deriva en importantes retos sociales y eclesiales que no debemos eludir, sino reflexionar en profundidad a partir de preguntarnos ¿en qué consiste dicho cambio religioso?
Según algunos investigadores, lo que está sucediendo es un proceso de “desinstitucionalización” religiosa, en el que se percibe una distancia cada vez mayor entre la opinión y opciones de los individuos y los planteamientos religiosos oficiales, [3] acompañada de un claro proceso de diversificación religiosa.
Al irse fracturando el monopolio religioso institucional católico sobre la sociedad y sobre las conciencias, [4] se asientan las condiciones básicas para el desarrollo del pluralismo, que es lo que está pasando en México las últimas décadas: “Hasta los años 40 del siglo pasado la tendencia en México se caracterizaba por la pérdida del lugar central de la religión como elemento estructurador de la vida social, una constante en el mundo occidental; sin embargo, a partir de 1970 sobresale la reconfiguración del factor religioso marcado con el signo de la pluralización […] En ese contexto, es notorio el avance de los grupos religiosos de nuevo cuño, como los pentecostales, la revitalización de religiones indígenas ancestrales, el surgimiento de nuevos movimientos religiosos, el reblandecimiento de los núcleos radicales del laicismo, así como de los anticlericalismos jacobinos.” [5]
En el 2005, el INEGI publicó el libro La diversidad religiosa en México, donde realiza un análisis estadístico del cambio religioso en nuestro país, tal y como aparece reflejado en los 12 Censos Generales de Población (CGP), desde 1895 hasta el 2000. [6]
En él se muestra cómo, hasta 1970, el predominio católico a nivel nacional se había mantenido sin variaciones significativas de una década a otra, habiendo variado en 80 años apenas 3 puntos porcentuales: 99.1% en 1895 y 96.2% en 1970. A partir de entonces sufrió una caída vertiginosa de 8 puntos porcentuales en tan sólo 30 años: en 1980 el porcentaje de católicos bajó a 92.6%, en 1990 a 89.7% y en el 2000 se ubicó en 88%.
A 10 años de distancia, era de esperarse que este porcentaje descendiera aún más (84%), confirmando las cifras de encuestas recientes (aunque con menor grado de representatividad y precisión) como la del Barómetro de las Américas (BA, 2008), que ubicaba para México un 84.7% de católicos dentro del total de encuestados; o la del Programa Internacional de Encuestas Sociales (ISSP, 2009), que ubicó en 80.5% el porcentaje de católicos dentro del total de encuestados, resultando además muy interesante, para comprender este cambio religioso, que de ese mismo total de encuestados, el 88.2% dijo haber sido formado en la religión católica: el 87.7% dijo que ésa era la religión de su padre y el 88.2% que era la religión de su madre. [7]
Pero no bastan estos datos para ilustrar la riqueza de la diversificación religiosa en México, pues al descenso de católicos ha correspondido un crecimiento proporcional de otras confesiones cristianas no católicas y de creyentes sin religión, siendo aquí donde vislumbramos con mayor claridad el variopinto paisaje religioso de nuestro país, con una enorme multiplicidad de denominaciones religiosas, al grado de vernos en la dificultad de poder siquiera enumerarlas.
En el censo del 2000, la población de 5 y más años del país que declaró alguna religión diferente de la católica representa el 7.6%, aumentando 5 unidades porcentuales desde 1970, cuando se ubicó en 2.2%. Sobre las preferencias religiosas no-católicas, los censos de población han distinguido sistemáticamente a protestantes y judaicos; otras denominaciones se identificaron en los primeros censos (de principios del siglo XX) dando una mayor variedad a estos ejercicios estadísticos, pues además de las iglesias mencionadas se registraron mormones, islámicos, budistas y miembros de la iglesia ortodoxa. [8] Pero no será sino hasta el censo del 2000 que esta diversidad se manifestará, al permitir al encuestado la posibilidad de que, en caso de no ser católico, manifieste abiertamente cuál es su adscripción religiosa.
Por otro lado, resulta interesante que el porcentaje de población sin religión haya aumentado de 1.6% (1970) a 3.5% (2000) y hoy se ubique en 4.6%. De acuerdo con el análisis de estas cifras y la opinión de algunos especialistas, esta categoría puede incluir también a población que oculta su filiación religiosa, cuando ésta es rechazada por la población mayoritaria de su entorno o si hay implícito un conflicto con posibles referentes religiosos [9], como ocurre en varias regiones de nuestro país.
A esto hay que añadir el reciente y creciente éxito de orientaciones religiosas que transversalizan a las iglesias, creando nuevas experiencias de fe más allá de las fronteras institucionales, siendo el pentecostalismo ejemplo claro de este fenómeno que, si bien se ha traducido en la fundación de iglesias con esta orientación, de ninguna manera puede ser reducido a ello: en numerosas iglesias cristianas (inclusive la católica) se encuentran activos movimientos pentecostales que no sustituyen la pertenencia religiosa formal, pero la dotan de un significado distinto y constituyen uno de los polos más dinámicos del cambio socio-religioso, sobre todo en su evolución neo-pentecostal que refleja, además de lo dicho, rasgos nuevos como son la apertura a las formas expresivas de la cultura moderna de masas, la asimilación de los principios de la “teología de la prosperidad” y la adopción de estrategias mercadológicas como formas de expansión y reclutamiento; al ser más flexible frente a la cultura moderna y del mercado, el movimiento neo-pentecostal en México ha mostrado su afinidad con necesidades religiosas de clases medias y altas urbanas, siendo el de la Iglesia Universal del Reino de Dios su expresión más visible y significativa de las tendencias transconfesionales e incluso no denominacionales de los nuevos movimientos religiosos en general. [10]
Finalmente, a la par de estos nuevos movimientos neo-pentecostales, han tenido un importante crecimiento los últimos años otro tipo de experiencia religiosa de marcado carácter popular, devocional y sincrético, tales como el culto a la Santa Muerte o a San Judas Tadeo (que últimas encuestas ubican en el primer lugar de las preferencias de los creyentes, dejando a Jesucristo en el 5º lugar) e inclusive a Jesús Malverde, el santo de los delincuentes y narcotraficantes entre otros, sin descartar, por supuesto, la devoción guadalupana. [11]
Resulta pues natural que, en la era de la globalización y ante la crisis de las instituciones religiosas tradicionales, una multiplicidad de nuevas religiones y credos emerja para satisfacer las necesidades olvidadas por los credos tradicionales. La pregunta forzosa en este contexto ha sido esbozada muy bien por A. Tomassini: ¿A qué se debe semejante explosión de estas nuevas formas de religiosidad en México? Él mismo da la respuesta con claridad meridiana:
La respuesta salta a la vista: a la insatisfacción que dejan en la gente las grandes religiones establecidas. La verdad es que ni siquiera en países tan monolíticos desde un punto de vista religioso como lo fue México podemos seguir hablando de La Religión. Existen ahora muchas religiones, cada una con su grupo de fieles, con sus pastores, sus profetas, etc. en la actualidad, multitud de gente se reúne en sus casas y ahí leen textos sagrados, cantan, oran, etc. Pero lo que es muy importante entender es lo que esto significa, a saber, que la gente está empezando a sentirse realmente hambrienta de espiritualidad y busca, a tientas y a ciegas, un nuevo canal para la expresión de sus requerimientos espirituales, para eso que los productos religiosos oficiales y en circulación ya no la sacian. [12]
El retorno del ecumenismo social en México
El campo religioso mexicano, pues, es un campo en el que el catolicismo sigue siendo una fuerza mayoritaria, pero donde las disidencias se componen de una diversidad de minorías religiosas, internamente muy dispares, en el que encontramos religiones fuertemente consolidadas a la vez que una pulverización de ofertas religiosas. Además, las minorías religiosas funcionan en una dinámica sectaria, basada en rupturas y refundaciones, alianzas y divisiones. [13]
Estas constataciones nos ayudan a entender por qué son tan difíciles el diálogo ecuménico e interreligioso, cuyos frutos en México, en el terreno de lo social, no han sido significativos las últimas décadas. El cambio religioso en México está profundamente ligado al impacto desigual que la modernidad ha tenido en diversos sectores de la sociedad donde, si bien es indudable que nuestro país se ha visto atravesado por los procesos de modernización en lo económico, social y político, también lo es que, a diferencia de la modernidad de los países desarrollados, en México hemos vivido una modernidad “periférica” que porta procesos de exclusión que marginan de sus beneficios a grandes grupos sociales. [14]
Como afirma el sociólogo en investigador de la Universidad Iberoamericana, Eduardo Sota, “hoy día es posible encontrar todo tipo de ofertas religiosas […] que buscan “responder” como reacciones y contrarreacciones a una modernidad voraz.” [15] Y esta tarea, muy propia de las religiones, ha sido difícil de cumplir en México, a partir de la última década. No ha habido, a la par de la diversificación religiosa, esfuerzos explícitos por articular las distintas fes en la tarea común de construir la paz y la justicia, o la reconciliación.
Tras el Concilio Vaticano II y Medellín, en México, como en muchos lugares de AL, hubo un despertar extraordinario del ecumenismo, en lo social; importantes esfuerzos desde la reflexión, la acción y la celebración se dieron en nuestro país, con el consecuente surgimiento de instancias ecuménicas como la Comunidad Teológica de México, el Centro Nacional de Comunicación Social, el Centro de Estudios Ecuménicos, las Comunidades Eclesiales de Base, el Grupo Ecuménico de México, Servicio Paz y Justicia, entre otros, los cuales articularon duraderos esfuerzos de trabajo compartido entre diferentes confesiones religiosas en sectores marginales de la sociedad.
Sin embargo, estos esfuerzos se enfrentan hoy nuevos y cada vez más adversos escenarios, donde la intolerancia y la discriminación religiosa dan paso a nuevos fundamentalismos e integrismos desde iglesias mayoritarias y minoritarias.
El ecumenismo en México es hoy incipiente precisamente por esas dificultades históricas que impiden el diálogo entre diversas denominaciones, entre las que prima la descalificación, el recelo, la ignorancia y la confrontación.
En últimas fechas, la reflexión teológica tampoco ha avanzado mucho en esta materia, más bien se han dado cambios en la práctica: se da la unión de acciones concretas a partir de las necesidades que se viven fundamentalmente en las comunidades más pobres del país, encontrándose las iglesias en función de necesidades puntuales.
Esto ha posibilitado más bien un ecumenismo horizontal, donde lo que se ven son rostros, voces y cuerpos; procesos atados por los contextos sociales, políticos y económicos que inciden y dan nuevas perspectivas de compromiso; un ecumenismo que va más allá de los espacios eclesiales y se ha mostrado como una actitud de vida, una educación para la paz y la justicia, promoción de la vida en el sentido más amplio de la creación. [16]
¿Qué pueden y deben hacer en este contexto nuestras iglesias [17]? Ciertamente no replegarse (involucionar), como lo han hecho, frente al mundo y el pluralismo, tomando posturas apologéticas y de condena de las nuevas experiencias religiosas y de la moral de la sociedad mexicana contemporánea; como tampoco abrirse acríticamente a un cambio sin rumbo que sabe más a dispersión. Más que nunca, la impronta del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-65) por un aggiornamento eclesial sigue siendo mapa de ruta para la praxis cristiana en un mundo donde nos ha caído de golpe y sin avisar la globalización.
[1] Filósofo y teólogo. Analista del fenómeno religioso en México y miembro del Centro de Estudios Ecuménicos. El presente artículo es un abstract del Informe “La Diversidad Religiosa en México y sus retos para la Iglesia de los pobres”, elaborado en 2010 por el mismo autor bajo el patrocinio de Amerindia Continental, y cuya publicación oficial está en proceso. Se permite la reproducción de la información citando esta fuente.
[2] De la Torre Renée y Gutiérrez Zúñiga Cristina (Coord.), Atlas de la Diversidad Religiosa en México, 2007.
[3] Eduardo Sota García, Religión, pobreza y modernidad. La “reconfiguración religiosa” en las calles de la ciudad de México, UIA, México, 2005, 97.
[4] Señalado esto por algunos investigadores como uno de los principales factores de laicización de una sociedad. (Blancarte Roberto, Para entender el Estado laico, Nostra Ediciones, México 2008).
[5] Bernardo Barranco, “Mayor diversidad religiosa en México”, en La Jornada, 15 de junio de 2005.
[6] Es de lamentar que en el presente informe no tengamos los datos del ya realizado XIII Censo General de Población, en este 2010, y cuyos resultados veremos a la luz con probabilidad hasta principios del 2011, pues ahí se verán con seguridad ratificadas las hipótesis del pluralismo religioso en México.
[7] Sobre estos datos censales y encuestas, algunas precisiones importantes: a partir de 1990, los porcentajes nacionales ya no corresponden al total de la población, sino a la población mexicana mayor de 5 años. En el caso de las encuestas, se hizo en población mayor de 18 años representativa de todo el territorio mexicano.
[8] INEGI, La diversidad religiosa en México. XII Censo General de Población y Vivienda 2000, INEGI, México, 2005, 6-7.
[9] Idem, 9.
[10] Idem, 30-31.
[11] Un estudio detallado de estos cultos y su significado en el actual panorama de pluralismo religioso puede encontrarse en Degetau J., “Credos: Malverde y la Santa Muerte”, en Este país 229, mayo (2010), 30-34; disponible en: http://estepais.com/site/wp-content/uploads/2010/05/13_degetau.pdf.
[12] Tomassini Bassols Alejandro, “La religión en México: 1960-2010”, en www.filosoficas.unam.mx
[13] Gutiérrez Zúñiga Cristina, De la Torre Renée y Esther Ávila Diana, “Censo y diversidad religiosa: alcances y límites”, en De la Torre Renée y Gutiérrez Zúñiga Cristina (Coord.), Op. Cit., 33.
[14] Eduardo Sota García, Op. Cit., 176.
[15] Idem.
[16] El ecumenismo en México, Análisis del movimiento ecuménico en el contexto de la realidad mexicana, Cencos, México, 1999.
[17] Y con “nuestras iglesias” nos referimos a tanto a nuestras comunidades eclesiales (en particular las comprometidas con los sectores marginales de nuestra sociedad), como al aparato institucional en el que todavía se desenvuelven.
Publicado en HOJAS AL VIENTO
Insumos para el análisis coyuntural
www.estudiosecumenicos.org

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