sábado, 19 de febrero de 2011

Entrevista al Obispo Fritz Lobinger


Fritz Lobinger: “El sacerdocio ha cambiado muchas veces y puede volver a hacerlo”
Publicado el 18.02.2011 http://www.vidanueva.es
Obispo emérito en Sudáfrica y autor de ‘Equipos de ministros ordenados’

(Emilia Robles) El obispo Fritz Lobinger (Passau, Alemania, 1929) lleva más de 50 años en Sudáfrica. Titular de la diócesis de Aliwal de 1988 a 2004, continúa viviendo en Durban. Fue cofundador en África de los Institutos Lumko de Misionología, con el modelo pastoral de pequeñas comunidades cristianas y el método de la ‘Biblia compartida’. Ha viajado por varios continentes, particularmente África, Asia y, recientemente, América Latina. La falta de presbíteros y la maduración de las comunidades cristianas son su principal preocupación pastoral.
Ante esto, propone que no se dejen solos a los obispos y al Papa en esa difícil tarea de dar salida a la “falta de vocaciones”, y que la comunidad de discípulos se implique activa y dialogalmente, buscando el consenso y la comunión corresponsable. Sus propuestas para la solución al ministerio presbiteral siempre están conectando con la gran tradición de las primeras comunidades paulinas.
Ha escrito varios libros en alemán, inglés y portugués. En primavera podremos leer en español sus dos últimos libros, Equipos de ministros ordenados y El Altar vacío (ambos en Herder). Su propuesta, reflexionada hasta en los detalles, fundamentada y abierta al debate, va encontrando cada vez más eco en una grave preocupación eclesial. Un gran tema pendiente para ser abordado en un amplio y corresponsable clima conciliar.

Lleva años pensando y escribiendo sobre esta propuesta de dos formas complementarias de ministerio presbiteral en la Iglesia católica. ¿Cuándo y cómo comenzó a reflexionar sobre esta propuesta?


Empecé ya a reflexionar sobre ello en la década de 1970, cuando vi con mis propios ojos cómo muchas comunidades sin curas residentes estaban ansiosas de poder ejercer los ministerios desde ellas mismas, haciendo voluntariamente ese trabajo. No sólo lo he visto de forma aislada, sino en muchísimas ocasiones. Y no sólo en mi diócesis, sino en muchos países de África, Asia y América Latina. He visto que estos ministros voluntarios han funcionado bien durante muchos años. Ante esta realidad, me pregunté: si las comunidades pueden ejercer tantos ministerios, ¿no es nuestro deber confiarles también el ministerio ordenado?

Al tiempo, vi que los sacerdotes habían asumido un nuevo papel de formadores de los líderes locales. Era imposible que pudieran estar presentes todo el tiempo en las diez, veinte o cincuenta comunidades a su cargo, pero sí podían estar presentes a través de los líderes locales capacitados. Así que el cura-proveedor (de servicios) se había convertido en cura-formador, con gran satisfacción por su parte. Todo esto me llevó a pensar que es posible, de manera realista y consensuada, ordenar a los líderes locales.

¿Cree que este proyecto es apto para ser aplicado en cualquier comunidad? ¿Cuáles serían las condiciones previas para su aplicación?

Este proyecto no puede desarrollarse de forma inmediata en todas las comunidades, pero sí, con el tiempo, en la mayoría de ellas. Hay muchas parroquias en las que predomina una actitud pasiva. Nunca han oído hablar –ni piensan– en la posibilidad de que ellos mismos hayan de ejercer los carismas que han recibido. Ni siquiera son conscientes de que los tienen. Piensan que todo el ministerio tiene que ser ejercido sólo por un sacerdote a tiempo completo que les envía el obispo. En ellas no deberíamos ahora ni siquiera mencionar la posibilidad de ordenar líderes.

El primer paso –en ellas– es transmitirles el mensaje del Concilio Vaticano II, que dice que todos los fieles tienen carismas y que éstos deben ser desarrollados. Hay que comenzar por poner los cimientos de un fuerte espíritu comunitario. Las comunidades deben, primero, superar el sentimiento de que “todo lo que se hace en la parroquia lo tiene que hacer el sacerdote; el sacerdote es la Iglesia”. Las miles de comunidades de las que hablé anteriormente ya han desarrollado esta convicción: “Somos la Iglesia. Las tareas de la Iglesia son nuestras propias tareas”. Este cambio de conciencia no se logra a través de sermones, sino dialogando entre todos y planteándonos qué estamos haciendo y qué podemos hacer, es decir, tomando decisiones juntos. El consejo parroquial debe convertirse en un lugar donde se escucha la voz de toda la comunidad y donde esta voz es respetada.

Otra manera sencilla de empezar a crear espíritu de comunidad es a través del Evangelio compartido entre pequeños grupos de vecinos. Basta con que el sacerdote asista un par de veces para iniciar el grupo; después, funcionan solos. Este método de trabajo ayuda a convencer a todo el mundo de que todos somos receptores del mensaje, que todos nosotros podemos comentar el Evangelio y que todos somos hermanos y hermanas en la Iglesia.

¿Esta propuesta de ordenar presbíteros en las comunidades es algo nuevo o ya existía en la gran tradición de la Iglesia?

La ordenación de los líderes locales voluntarios ha sido la norma en la Iglesia durante algunos siglos. Leemos en la Biblia, en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 14, cómo san Pablo lo hizo cuando él y sus compañeros visitaron las comunidades de reciente formación: “En cada una de estas comunidades a las que visitaron, ordenaron ancianos”. Esto significa que en cada pequeña comunidad cristiana no sólo había uno, sino varios líderes ordenados. Ninguno de ellos era asalariado de la Iglesia, sino que todos siguieron en su trabajo secular. Durante algunos siglos, era evidente que había presbíteros que no se enviaban a la comunidad, sino que surgían de dentro de ella.

En la práctica oficial de la Iglesia, lo que una vez ha sido aceptado, puede volver a ser aceptado hoy día. Es un modelo que se nos permite seguir. Es, además, muy conveniente para nuestros tiempos. En estos días se observa un afán nuevo de los laicos para participar activamente en la Iglesia, y también sufrimos una grave escasez de sacerdotes. Por tanto, es imperativo para nosotros retomar esa tradición venerable de la Iglesia de ordenar a los líderes locales probados.

¿Qué aspectos de la propuesta podrían propiciar un consenso entre los diversos sectores de la Iglesia?

El consenso sólo será posible en la Iglesia si queda claro que la propuesta no destruye el sacerdocio existente. En este momento, muchos obispos tienen miedo de que la ordenación de los líderes locales ponga en peligro a los sacerdotes actuales. La forma actual del sacerdocio seguirá siendo como es, incluso puede salir beneficiada, si una segunda forma emerge junto a ella, de tal manera que las dos formas se necesiten y se refuercen mutuamente. Tampoco pedimos “sacerdotes casados”, contraponiéndolos a lo que algunos pueden vivir como elevado ideal de entrega total y espiritualidad específica del sacerdote célibe. Nosotros pedimos la ordenación de los líderes locales. Por supuesto, estos líderes locales son gente madura, en general, casada, pero nuestro objetivo es que sean personas que procedan de la comunidad. Y los actuales sacerdotes seguirán junto a ellos, como hasta ahora.

De los dos últimos libros que usted ha publicado sobre este tema, uno, ‘El Altar vacío’, es un libro ilustrado. ¿Qué se pretende con este formato, bastante novedoso para tratar temas en la Iglesia?

El uso de imágenes hace que sea mucho más fácil hablar de este asunto tan complejo. El problema de las comunidades sin presbíteros no se puede resolver respondiendo a una sola pregunta. Abordar en profundidad la cuestión requiere responder a un conjunto de preguntas. Y no podemos responderlas todas a la vez. Es más fácil concentrarse en una de esas muchas preguntas si en la imagen que se tiene ante los ojos aparece sólo este único aspecto. El uso de imágenes reduce los malentendidos. Las imágenes son también un estimulante para la mente. Nos ayudan a imaginar lo que sucedería si esta propuesta se llevara a cabo.

Insiste en que los nuevos “ministros ordenados” no traten de imitar la forma actual del sacerdocio. ¿Por qué?

Sí, eso me parece muy importante. Y por varias razones. Una es que los presbíteros voluntarios –con una vida similar a la del resto de los fieles en cuanto a familia, trabajo, etc.– quedarían sobrecargados, porque la gente esperaría, entonces, demasiado de ellos. Por otra parte, los actuales sacerdotes se sentirían degradados, porque entenderían que los presbíteros voluntarios harían lo mismo que ellos, sin tanta formación y sin la renuncia que implica el celibato. Además, tal vez, entre los jóvenes no se diferenciaría una vocación específica como la del presbítero célibe con total disponibilidad. Y la comunidad seguiría siendo pasiva, porque los nuevos ministros ordenados otra vez iban a hacer todo por ellos. Por ello, creo que ayuda a la diferenciación el criterio de que no se ordene nunca sólo a un líder, sino siempre a dos o tres en cada comunidad, es decir, a un equipo pequeño.

¿Cuáles son las ventajas del “equipo de ministros ordenados” en comparación con un solo ministro ordenado?

Si sólo se ordenara a una persona en cada lugar, este ministro local ordenado puede parecer demasiado similar a un sacerdote a tiempo completo. La gente esperaría tanto de esa persona como del cura actual. Esto significa que la propia persona ordenada se sentirá frustrada, y lo mismo ocurrirá con el resto de la comunidad. Esto aligeraría de tareas a cada miembro del equipo, que de esta forma no quedarían sobrecargados. Además, a muchos líderes que trabajan muy bien no les gusta ser la única persona ordenada en la comunidad. Prefieren unirse a un equipo, asumir la responsabilidad juntos y seguir siendo como el resto de los habitantes.

¿Cómo cree que los sacerdotes actuales aceptarán mejor esta alternativa complementaria dentro del ministerio presbiteral? ¿Qué puede ayudar a que reciban la propuesta con mayor confianza y positividad?


A los sacerdotes que ya hoy se dedican a la formación de los líderes les gustará nuestra propuesta, porque también en el futuro podrán hacer lo mismo, y mejor. También a los que les gusta sentirse entre la gente y trabajar juntos con el pueblo. Le disgustará a los que acostumbran a hacer todo solos, sin contar con los demás. O a los que quieren que se les distinga como alguien muy diferente, porque esta propuesta da mayor relieve a los líderes locales. Pero, incluso en estos casos, entiendo que eso no ocurre sólo por la manera de ser de algunos sacerdotes, sino que ciertas tendencias personales se ven potenciadas por la actual estructura de funcionamiento.

En cuanto a la segunda cuestión, creo que ayudará mucho el que los sacerdotes actuales ejerzan directamente el rol de formadores de los líderes. No deben delegar esta tarea en ningún centro diocesano. Esto les proporcionará mayor satisfacción personal y sentido de su ministerio.

¿Cuáles son las principales objeciones y los obstáculos en contra de este proyecto? ¿Por dónde podrían empezar a sortearse estas dificultades?

Tristemente, vemos algunos obispos y sacerdotes que quieren volver a los viejos tiempos, mientras que la gran mayoría de los laicos quiere seguir hacia delante. Esta tensión, si no se aborda bien, resulta peligrosa porque puede abrir brechas insalvables en la Iglesia. Algunos se opondrán también a la propuesta porque piensan –erróneamente– que el sacerdocio no ha cambiado nunca ni puede cambiar. Pero la realidad es que, en la historia, ha cambiado muchas veces y puede volver a cambiar.

Otros pueden poner objeciones porque subestiman a los laicos y no van a creer que los líderes locales puedan ser ordenados como presbíteros, dedicados a tiempo parcial. Pero tenemos la prueba ya, en comunidades sin sacerdotes, de que líderes de muchas de estas comunidades activas y maduras son capaces y están dispuestos a ejercer muchos ministerios, también el ministerio ordenado. Entiendo que todas éstas y otras dificultades han de sortearse a través de un debate amplio de todos estos aspectos en nuestra Iglesia, siempre en un clima de diálogo y colaboración.

Usted ha visitado y compartido durante muchos años la experiencia de varias Iglesias cristianas que ya combinan estas dos formas de ministerio presbiteral. ¿Qué es lo que podemos aprender, pues, de esas experiencias?

Sí, de eso hablo extensamente también en mis dos últimos libros. Al implementar estos cambios no debemos considerar únicamente un aspecto, por ejemplo, la necesidad de más sacerdotes. También debemos considerar otras cuestiones como la necesidad de hacer las comunidades activas. Por otro lado, es definitivamente posible combinar dos cosas: una profesión secular y el sacerdocio. Hay miles de presbíteros a tiempo parcial en varias Iglesias cristianas. Y, luego, es necesario que haya mucho diálogo en toda la Iglesia para desarrollar la propuesta.
http://www.vidanueva.es/2011/02/18/fritz-lobinger-el-sacerdocio-ha-cambiado-muchas-veces-y-puede-volver-a-hacerlo/

En el nº 2.742 de Vida Nueva.
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jueves, 17 de febrero de 2011

Diálogo y colaboración en la Iglesia Católica


Información de agencia EFE, Feb-04-2011.
Berlín, 4 feb (EFE).- La Conferencia Episcopal Alemana considera que el manifiesto crítico hacia la Iglesia Católica suscrito por un grupo de catedráticos de Teología es una aportación a la discusión sobre el futuro de la fe y la iglesia en este país y ha reaccionado positivamente a esa señal.
Un total de 144 profesores de Teología católica de Alemania, Austria y Suiza han suscrito un manifiesto en el que exigen profundas reformas de la Iglesia Católica, que incluyen, entre otras, el fin del celibato, el sacerdocio femenino y la participación popular en la elección de obispos.
Un comunicado hecho público hoy por el secretario de la conferencia, Peter Hans Langendörfer, subraya que el memorando resume en principio ideas frecuentemente discutidas y "no supone más que un primer paso" en el debate abierto en este país tras los escándalos de pederastia en el seno de la iglesia del pasado año.
Una serie de cuestiones del memorando de los teólogos "se encuentra en tensión" con las convicciones teológicas y los principios eclesiásticos de elevado compromiso, reconoce Langendörfer.
"Los distintos temas necesitan de una urgente aclaración", señala el portavoz de la Conferencia Episcopal, quien subraya que hace falta mas que un acercamiento de los obispos para afrontar los difíciles retos de la iglesia.

Los errores y fracasos del pasado deben ser tratados y reconocidos al igual que los déficit y exigencias de reformas de la actualidad, admite Langendörfer, quien reconoce que "no se pueden evitar los temas conflictivos" y anuncia que la Conferencia Episcopal hará sus propuestas durante su próxima reunión plenaria.
Los firmantes del manifiesto suponen mas de un tercio de los 400 teólogos del área de habla alemana, según revela hoy el rotativo "Süddeutsche Zeitung", que afirma que su cifra sería mayor si muchos no hubiesen negado su rúbrica por miedo a represalias.
Entre los firmantes se encuentran prestigiosos profesores eméritos como Peter Hünermann y Dietmar Mieth, viejos luchadores por las reformas como Heinrich Missalla y Friedhelm Hengsbach, progresistas como Otto Hermann Pesch o Hille Haker, pero también conservadores como Eberhard Schockenhoff.
Redactado con los escándalos de pederastia en el seno de la Iglesia Católica como trasfondo, el texto resulta pese a todo prudente y alaba también el llamamiento de los obispos a un diálogo abierto.
Tras explicar que "nos vemos en la responsabilidad de hacer una aportación a un nuevo comienzo real", la tesis central del memorando subraya que la Iglesia Católica solo "puede anunciar al liberador y amante Dios Jesucristo", cuando ella misma "es un lugar y un testigo creíble del mensaje de liberación del Evangelio".
Debe reconocer y fomentar "la libertad del hombre como criatura de Dios", respetar la conciencia libre, defender el derecho y la justicia y criticar las manifestaciones que "desprecian la dignidad humana".
Sus exigencias, que prudentemente califican de "retos", incluyen "mayores estructuras sinodales en todos los niveles de la iglesia" y la participación de los fieles en la elección de sus obispos y párrocos.
El manifiesto subraya que la Iglesia Católica necesita "también sacerdotes casados y mujeres en el oficio eclesiástico", señala que la falta de sacerdotes fuerza la existencia de parroquias cada vez mayores y lamenta que los sacerdotes sean "quemados" ante estas circunstancias.
Igualmente destaca que "la defensa legal y la cultura del derecho" en la Iglesia deben "mejorar urgentemente" y comenta que la elevada valoración del matrimonio y el celibato suponen "excluir a personas que viven el amor, la fidelidad y la preocupación mutua" en una relación estable de pareja del mismo sexo o como divorciados casados en segundas nupcias.
El manifiesto critica además el "rigorismo" de la Iglesia Católica y subraya que no se puede predicar la reconciliación con Dios sin crear las condiciones para una reconciliación con aquellos "ante los que es culpable: por violencia, por negar el derecho, por convertir el mensaje bíblico de libertad en una moral rigurosa sin misericordia".

EL DOCUMENTO
Manifiesto de los teólogos alemanes

Memorandum-Freiheit
Publicamos aquí el Manifiesto de los teólogos alemanes

Memorándum de profesoras y profesores universitarios de teología sobre la crisis de la Iglesia católica en Alemania.

“Más de un año ha pasado, desde que se han hecho públicos los casos de abuso sexual en niños y jóvenes por sacerdotes y religiosos en el Colegio Canisius en Berlín/Alemania. Siguió un año que ha sumergido la Iglesia católica en Alemania en una crisis sin precedentes.
El resultado visible que hoy se ve es ambivalente: Mucho se ha empezado para hacer justicia a las víctimas, remediar las injusticas y detectar las causas de abuso, encubrimiento y doble moral en las filas propias. En muchos cristianos y cristianas responsables con y sin ministerio ha crecido –después de la indignación al principio- el entendimiento que reformas de fondo son necesarias. El llamado a un diálogo abierto sobre las estructuras de poder y de comunicación, sobre la forma del ministerio eclesial y la participación de los y las fieles en la responsabilidad, sobre la moral y la sexualidad ha despertado expectativas, pero también temores: ¿A caso el último chance para un despertar de la paralización y resignación se está echando a perder por dejar pasar o minimizar la crisis? La incomodidad de un diálogo abierto sin tabúes da miedo, más todavía con la visita del papa en las puertas. Pero la alternativa de un silencio sepulcral, porque las últimas esperanzas se han destruidas, no puede ser la solución.
La profunda crisis de nuestra Iglesia exige hablar también de esos problemas que a primera vista no tienen que ver directamente con el escándalo del abuso y de su encubrimiento por décadas. Como profesores y profesoras de teología ya no podemos quedarnos callados. Nos vemos en la responsabilidad de aportar a un verdadero comienzo nuevo. 2011 tiene que ser un año de resurgimiento para la Iglesia. El año pasado han dejado en Alemania más cristianos y cristianas la Iglesia que nunca antes; han cancelado su lealtad a la jerarquía eclesial o han privatizado su vida de fe, para protegerla de la institución. La Iglesia tiene que entender estos signos y ella misma tiene que salir de las estructuras osificadas, para recuperar nueva fuerza vital y credibilidad.
La renovación de estructuras eclesiales no resultará a través de protección miedosa frente a la sociedad, sino solamente con el valor de la autocrítica y con la aceptación de impulsos críticos – también desde afuera. Es parte de las lecciones aprendidas del año pasado: La crisis del abuso no se habría trabajado con tanta decisión sin el acompañamiento crítico por la opinión pública. Solamente a través de la comunicación abierta, la Iglesia puede recuperar confianza. Solamente si la autoimagen y la imagen externa de la Iglesia coincidan, puede ser creíble. Nos dirigimos a todos y todas, que todavía no han renunciado a esperar un nuevo comienzo de la Iglesia y a luchar por ello. Señales para resurgimiento y diálogo, que algunos obispos han dado en los últimos meses en sus charlas, prédicas y entrevistas, queremos retomar.
La Iglesia no existe ni está para sí misma. Tiene la misión de anunciar a Dios liberador y amoroso de Jesucristo a todas las personas. Esto solamente puede hacer si ella misma es espacio y testigo creíble de la noticia liberadora del evangelio. Su hablar y actuar, sus reglas y estructuras, toda su trata de las personas adentro y afuera de la Iglesia tienen que cumplir la exigencia de reconocer y promover la libertad de los seres humanos como creaturas de Dios. Respeto incondicional a cualquier persona humana, respeto a la libertad de la conciencia, compromiso con el derecho y la justicia, solidaridad con los pobres y perseguidos: Estos son medidas fundamentales de la teología que resultan del compromiso de la Iglesia con el evangelio. En esto se concretiza el amor a Dios y al prójimo y la prójima.
La orientación en la noticia liberadora bíblica implica una relación diferenciada con la sociedad moderna: En algunos aspectos, la sociedad se ha adelantado a la Iglesia, cuando se trata del respeto a la libertad y responsabilidad del individuo; de esto la Iglesia puede aprender cómo ya ha resaltado el Concilio Vaticano II. En otros aspectos una crítica de esta sociedad desde el espíritu del evangelio es indispensable, por ejemplo dónde personas son calificadas solamente según su rendimiento, dónde la solidaridad mutua se pierde o la dignidad humana se pisotea.
De todas maneras: El anuncio de libertad del Evangelio es el criterio para una iglesia creíble, para su actuar, para su conformación social. Los desafíos concretos que tiene que enfrentar la Iglesia no son nuevos. Sin embargo, reformas direccionadas hacia el futuro no se dejan percibir. El diálogo abierto tiene que ser llevado en los siguientes campos de acción:
1. Estructuras de participación: En todas las áreas de la vida eclesial, la participación de las y los fieles es piedra de toque para la credibilidad del anuncio liberador del Evangelio. Según el principio antiguo de derecho: „Lo que concierne a todas, debe ser decidido por todas“, se necesita más estructuras sinodales en todos los niveles de la Iglesia. Los y las fieles deben participar en el nombramiento de ministros ordenados importantes (obispo, párroco). Lo que se puede decidir localmente, deber ser decidido ahí. Decisiones tienen que ser transparentes.
2. Comunidad: Comunidades cristianas deben ser espacios en los cuales personas comparten bienes espirituales y materiales. Pero actualmente la vida de las comunidades se deshace. Bajo la presión por la escasez de sacerdotes, se construyen cada vez unidades administrativas más grandes – „parroquias XXL“, en las cuales ya no se puede experimentar cercanía y pertenencia. Identidades históricas y redes sociales construidas se abandonan. Se quema a sacerdotes y ellos quedan quemados. Fieles se distancian, si no se les confía corresponsabilidad en estructuras democráticas de la dirección de su comunidad. El ministerio eclesial tiene que servir a la vida de las comunidades – no al revés. La Iglesia necesita también a sacerdotes casados y mujeres en el ministerio ordenado.
3. Cultura jurídica: El respeto y reconocimiento de la dignidad y libertad de cada persona se muestra especialmente cuando se resuelven los conflictos de una manera justa y respetuosa. El derecho canónigo solamente merece este nombre si los y las fieles realmente pueden reclamar sus derechos. Urge mejorar la protección de los derechos en nuestra Iglesia y una cultura jurídica: un primer paso para avanzar es la creación de un sistema eclesiástico de justicia administrativa.
4. Libertad de conciencia:El respeto a la conciencia personal significa, tener confianza en la capacidad de decisión y responsabilidad de las personas. Promover esta capacidad es también tarea de la Iglesia; pero esto no debe caer en tutela. Tomar en serio esto concierne sobre todo el área de decisiones en la vida personal y sobre estilos individuales de vida. La valoración eclesial del matrimonio y del celibato está fuera de cuestión. Pero esto no implica, excluir a personas que viven amor, fidelidad y cuidado mutuo en una relación de pareja con personas del mismo sexo o a aquellos divorciados y casados otra vez que lo viven de una manera responsable.
5. Reconciliación: La solidaridad con los „pecadores“ supone tomar en serio el pecado en las propias filas. Un rigorismo moralista ególatra no le corresponde a la Iglesia. La Iglesia no puede predicar la reconciliación con Dios sin crear en su propio actuar las condiciones de reconciliación con los y las que ella se ha hecho culpable: por violencia, por privación de justicia, por perversión del mensaje libertador de la Biblia en una moral rigorista sin misericordia.
6. Celebración: La liturgia vive de la participación activa de todos y todas las fieles. Experiencias y expresiones del presente tienen que tener su lugar. La liturgia no puede congelarse en tradicionalismo. Pluralidad cultural enriquece la vida litúrgica y no va con tendencias de una unificación centralista. Solamente cuando la celebración de la fe abarca situaciones concretas de la vida, el mensaje eclesial puede llegar a las personas.
El diálogo eclesial comenzado puede llevar a liberación y resurgimiento, si todas las involucradas están dispuestas a enfrentar las preguntas urgentes. Se trata de buscar soluciones por el intercambio libre y justo de argumentos, que saquen a la iglesia de su autopreocupación paralizante. ¡Después de la tormenta del año pasado no puede seguir la calma! En este momento ésta solamente podría ser un silencio sepulcral. Miedo nunca ha sido un buen consejero en tiempos de crisis. Cristianas y cristianos son llamados por el Evangelio a mirar hacia el futuro con ánimo y –respondiendo a la palabra de Jesús – a caminar sobre el agua como Pedro: ¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Tan pequeña es su fe?“
4 de febrero del 2011
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lunes, 7 de febrero de 2011

Ante el procesamiento de Pagola


Moceop. 7/02/2011
Hace unos días hemos leído la noticia del procesamiento al teólogo José A. Pagola por parte del Vaticano.

Aunque hace ya más de tres años que algunos obispos aquí en España empezaron a criticarlo por la publicación de su libro “Jesús. Aproximación histórica”, del que ya se han vendido más de 80000 ejemplares, parecía que no estarían dispuestos a llegar hasta el final como han llegado.

Más, cuando antes de ser publicado, algunos expertos en Teología y Sagradas Escrituras habían leído con detenimiento el libro y no habían encontrado nada herético como para impedir su publicación. Una publicación que salió con el “Nihil Obstat” y el “Imprimatur” del anterior Obispo de S. Sebastián.

Un libro que han leído numerosos teólogos de prestigio y que no han puesto ninguna objeción. Es más, no hace mucho el actual ministro de cultura del Vaticano Monseñor Ravasi ha dicho públicamente que es uno de los mejores libros publicados sobre la figura de Jesús y ha recomendado vivamente su lectura.

Esto viene a corroborar las diferentes posturas que existen dentro de la Iglesia. La línea más abierta y conciliar y la más dura y ultraconservadora, que tiene en España figuras muy importantes del episcopado, y que es la que ha influido decisivamente para marcar la posición final que ha desembocado en el proceso contra Pagola y su libro.

Este libro es uno de los que más bien está haciendo a muchísimas comunidades cristianas y grupos de creyentes que lo han comprado y reflexionado y les está haciendo un gran bien, ayudándoles a comprender mucho mejor la figura de Jesús y haciéndoles madurar en su fe cristiana, en España, en Latinoamérica y en otras muchas regiones del Mundo. Igualmente nos consta que a muchos no creyentes y personas en búsqueda, el libro les está sirviendo para comprender mejor la figura de Jesús y acercarlos al conocimiento del Evangelio.

No entendemos que un libro así tenga que ser cuestionado y su autor sometido a un proceso humillante, inhumano e injusto, como muy bien ha recordado José Mª Castillo en su carta abierta a Pagola. Es por eso que desde aquí lo denunciamos y pedimos que nunca en la Iglesia se utilicen procedimientos de tipo inquisitorial tan ajenos al espíritu del Evangelio de Jesús basado en el respeto, la tolerancia y el diálogo entre hermanos, sin ningún rasgo de autoritarismo.

Y a José A. Pagola, nuestro apoyo, nuestra solidaridad en estos difíciles momentos que está viviendo y todo nuestro ánimo para que siga siendo fiel a su conciencia y a la honestidad de sus investigaciones teológicas por encima de cualquier otra consideración.

MOCEOP, 7 de Febrero de 2011
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sábado, 5 de febrero de 2011

En memoria de Arrupe, veinte años después


Juan Masiá, Atrio, 05-Febrero-2011

El 5 de febrero es el vigésimo aniversario de la entrada de Pedro Arrupe en el desfile de los santos, que decía el P. Llanos. En vez de un Kyrie gregoriano, me apetece más entonar con Armstrong un gospel song de clarinete: “Oh, when the saints, go marching in…!” (Ej. n. 139). Arrupe no necesita ponerse en la cola de la taquilla de administración de milagros y beatificaciones. Para entrar en esa procesión, tenía hecha ya la reserva, con nota de puño y letra de Jesús en japonés:¡Irasshai!, ¡Bienvenido!
Bienvenido por ponerte del lado de los empobrecidos e injusticiados, vivir la compasión en un mundo inmisericorde, animar a Sobrino bajando a crucificados de sus cruces, construir la paz y pasarlo mal por promover la liberación y la justicia. Bienvenido, Pedro, por vivir trajinando con las redes del Reino, para pescar a mujeres y hombres para la Vida…
Los novicios que hicieron el mes de Ejercicios en Hiroshima, en 1942, dirigidos por Arrupe, recuerdan las raíces de su estilo de formación en la meditación ignaciana del Reino: “Con Jesús, para su Proyecto y por su Camino, que nos meterá en el lío de construir la paz y padecer por la justicia”.
A Arrupe le dijeron que era utópico optar por las utopías. Pero la suya era la utopía del Reino, que no pasa de moda. Hoy, cinco de febrero, se cumplen veinte años de su Extinción (como dirían los budistas), veinte años desde el cese de su vida biológica para retornar a la Fuente de la Vida. Había pasado diez años de testimonio en el silencio de la última enfermedad, después de su defenestración por quienes habían olvidado una palabra clave del evangelio según Marcos: “Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las dominan, y que sus grandes les imponen su autoridad. No ha de ser así entre vosotros” (Mc 10, 43).
Comentaba hace unos días, en la reunión interreligiosa del Instituto de la paz, el papel de Juan XXIII en la Iglesia y de Pedro Arrupe en la Compañía. A mis colegas budistas, que admiran el giro del Vaticano II en la Iglesia católica y se plantean en el interior de sus respectivas corrientes y confesionalidades el problema de la reforma y la tradición, les interesó la presentación de las propuestas de Arrupe en los años 70 sobre liberación, inculturación e interreligiosidad, cuando todavía no era habitual ni siquiera el uso de estas palabras. Pero me preguntaban si es cierto que la iglesia católica padece hoy una crisis de “involución y marcha atrás”. No quise hacer apologética y preferí reconocer que lo tenemos difícil. Pero, aprovechando el vigésimo aniversario de Arrupe, manifesté que su vida, pensamiento y espiritualidad me animan y me sirven de antídoto contra las patologías que sufre hoy mi propia iglesia, a causa de síndromes de desilusión y desencanto.
Desilusión, por parte de quienes se empeñan en renegar de la reforma de Juan XXIII y el Vaticano II, para añorar retornos a un pasado de iglesia prepotente. Desencanto, por parte de quienes vivieron el empeño por esa reforma y hoy padecen su crucifixión por obra y gracia de la restauración que detenta el poder en las alturas de Curias romanas y diocesanas.
El estilo de Arrupe sería buen tónico para desintoxicar la desilusión o el desencanto, tanto de quienes viven pendientes de restaurar un pasado como de quienes sienten desgastarse sus energías en el pugilato contra la restauración.
El estilo de Arrupe, de inspiración evangélica, no era ni “contra”, ni “anti”, ni “des-” , ni “re-”. Ni reacción, ni restauración, ni desilusión, ni desencanto, ni escudo anti-misiles, ni contra-ataque. Fueron un pensamiento y liderazgo “pro-vocadores”, suscitadores de creatividad y futuridad. Una espiritualidad de la Promesa, que infunde esperanza.
El optimismo esperanzado de Arrupe no era ingenuo. Estaba “•pasado por cruz”. Pero no la cruz que exaltan aquellas espiritualidades doloristas que se detienen con morbo en autoatormentarse con la excusa del “siervo de Yavé” o la “expiación”.
No, sino “otra teología de otra cruz”. La teología de la resurrección que habla por poca del crucificado diciendo: “No te quedes mirándome en cruz y llorando, sube aquí a mi lado, mira cómo se ve el mundo desde la altura de una cruz que es resurrección, y baja desde ahí a la tarea de descrucificar crucificados. Esta es la teología que nos proclaman desde el desfile de los santos, los Romero, Ellacuría, las Teresa Kim y Teresa de Calcuta, Juana Inés, Arrupe y… centenares y centenares más (que no están todos y todas los que son, ni son todos y todas los que están).
Juan Masiá SJ, desde Tokyo
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martes, 1 de febrero de 2011

Carta abierta de José María Castillo a Jose Antonio Pagola


"En esta Iglesia hay demasiado miedo a decir en público lo que cada uno piensa"
"Lo más duro es no saber qué está pasando y porqué está ocurriendo"

José María Castillo, Religión Digital, 31 de enero de 2011 a las 17:38

Querido José Antonio: Quiero expresarte, ante todo, mi solidaridad en la dolorosa situación que estás viviendo. Sé muy bien, por propia experiencia y por lo que cuentan otros teólogos bien conocidos, que, en circunstancias como la que tú estás pasando, uno se puede ver enfrentado a hechos y decisiones que son más duras y difíciles de lo que quizá se pueden imaginar quienes las provocan.
Recuerdo aquí la patética confesión pública que hizo el insigne moralista B. Häring, cuando poco antes de morir escribió aquel pequeño libro en el que contaba cómo había sufrido dos procesos en su vida, el que le hizo la Gestapo en la segunda guerra mundial, y el que lo hizo el Santo Oficio en Roma. Y al anciano profesor aseguraba que le había resultado más soportable el proceso de la Gestapo que el del Santo Oficio.
Como también tengo delante de mí el "Diario de un teólogo", que dejó escrito el más grande estudioso de la eclesiología, el profesor Y. Congar. En una carta a su anciana madre le decía: "Me han destruido prácticamente. En la medida de su capacidad, me han destruido....No han tocado mi cuerpo; en principio, no han tocado mi alma. Pero la persona de un hombre no se limita a su piel y a su alma. Sobre todo, cuando ese hombre es un apóstol doctrinal, él es su actividad, es sus amigos, sus relaciones, es su irradiación normal. Todo esto se me ha retirado; se ha pisoteado todo ello, y se me ha herido profundamente. Se me ha reducido a nada y, consiguientemente, se me ha destruido. En ciertos momentos... soy presa de un inmenso desconsuelo" (p. 473-474).Al final de sus días, Congar fue nombrado cardenal por Juan Pablo II.
Lo más duro, en estas situaciones, es no saber exactamente lo que está pasando y por qué está ocurriendo. Son muchos y excelentes los teólogos que han leído y releído tu libro sobre Jesús. Y no han encontrado en él nada que sea contrario o que ataque el dogma cristológico. Además, tú has corregido el libro siguiendo las indicaciones que te había dado la Conferencia Episcopal.
Tu libro ha encontrado más acogida que ningún otro libro de teología escrito en lengua castellana en los últimos tiempos. Y con todo eso, no contentos quienes te atacan desde la sede central del episcopado español, han mandado retirar el libro de las librerías, se dice además que también han mandado destruir los ejemplares que quedaban por ahí. ¿Qué quieren realmente? ¿Qué pretenden? Que lo digan claro, por favor. Que sean sinceros.
Es demasiado fuerte verse perseguido en circunstancias así. En abril de 1988, a mí se me comunicó oralmente (jamás se me ha dado un papel escrito o firmado por alguien), que la Santa Sede me retiraba el permiso para seguir enseñando en la Facultad de Teología de Granada, donde yo era catedrático de Teología dogmática. Nunca he sabido, ni he podido saber, por qué se tomó aquella decisión.
Sólo sé que el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal J. Ratzinger, junto con el cardenal Suquía y con el obispo don Fernando Sebastián, visitaron al entonces superior general de los jesuitas F. J. Kolvenbach. Aquella entrevista es la explicación de la dura medida que se tomó contra mí.
Ni sé los temas que allí se trataron, ni tuve, por tanto, posibilidad de defenderme. Después de aquello se me ha calumniado y se han dicho de mí cosas muy duras, por hombres que hoy ocupan cargos muy altos en la administración de la Iglesia.
Y ahora, además, habrá que quien me acuse de que me defiendo. Si, a mis 81 años, no puedo ni debo defenderme, ¿qué es entonces lo que se puede hacer en la Iglesia? Me defiendo porque son demasiados los que callan.
Porque en esta Iglesia hay demasiado miedo a decir en público lo que cada uno piensa, por más que lo que uno piensa esté dentro de la ortodoxia de la fe católica. El citado Y. Congar, un eminente teólogo y un excelente religioso dominco, decía en su "Diario": "tengo miedo de que lo absoluto y la simplicidad de la obediencia me pueda llevar a una complicidad con el abominable régimen de denuncias secretas que es la condición esencial del Santo Oficio, centro y clave de bóveda de todo lo demás" (p. 305).
Amigo José Antonio, sólo la fe en Jesús el Señor y el amor a la Iglesia nos van a sacar adelante. Pero esa fe y ese amor son un pan cuya levadura es la libertad del Evangelio.
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