viernes, 23 de diciembre de 2011

Acto de fe y esperanza


"Porque creo que Dios es nuevo cada mañana
que está creando el mundo en este mismo instante
y no en un tiempo pasado, remoto y obscuro.
Esto me fuerza a encontrarme con Él, en cada instante
Porque lo que es inesperado es la ley de su providencia.

Este "Dios inesperado" nos salva y nos libera del determinismo
e ilumina los sombríos pronósticos de los sociólogos.
Este Dios inesperado es un Dios que ama a sus hijos,
todos los hombres.
Esta es la fuente de mi esperanza.

Yo soy un hombre de esperanza fiado no en razones humanas
ni en un natural optimismo
sino sólo porque creo que el Espíritu Santo está trabajando
en la Iglesia y en el mundo,
y no importa si éste lo sabe o no.

Yo soy un hombre de esperanza porque creo que el Espíritu
Santo es el Creador incesante que da cada mañana
a los que lo reciben una nueva libertad,
suministrándole el gozo y la confianza.

Yo soy un hombre de esperanza, porque sé que la historia de la iglesia
es una larga historia llena de hechos maravillosos del Espíritu Santo.
Pienso en los profetas y en los santos,
que, en los momentos más difíciles,
se convirtieron en instrumentos de gracia
e iluminaron el camino con clara luz.

Yo creo en las sorpresas del Espíritu Santo.
Juan XXIII fue una de ellas. También el Concilio.
Nadie esperaba, ni al uno ni al otro.
¿Por qué la imaginación de Dios y su amor se van a agotar en nuestro días?

Esperar es un deber, no un lujo.
Esperar no es soñar, sino todo lo contrario:
es el medio para transformar los sueños en realidad.

Felices son aquellos que se atreven a soñar
y están dispuestos a pagar un alto precio
para que sus sueños se hagan realidad en la vida de los hombres."

Cardenal Suenens (traducido de "Une nouvelle Pentecôte?") Leer más...

martes, 13 de diciembre de 2011

Una ética orientada a poner la lógica económica al servicio del hombre


Alejandro Córdoba 12.12.11 | 08:06. Religión digital. Archivado en Etica y Valores

http://blogs.periodistadigital.com/creyentes-y-responsables.php/2011/12/12/una-etica-orientada-a-poner-la-logica-ec#comments “Entre ellos ninguno pasaba necesidad” (Hechos 4,34). Entre nosotros muchos pasan necesidad. El progreso no es para todos. Las desigualdades se acentúan. Quizás haya que aceptar la recomendación de Gandhi “tenemos que aprender a vivir más sencillamente para que los otros sencillamente puedan vivir”

Nosotros ¿qué tipo de vida vivimos? ¿qué nos sobra? ¿qué comodidades nos hacen olvidar las hirientes incomodidades de nuestros hermanos? ¿qué sale de nosotros: la queja por lo que creemos nos falta o la disposición a carecer de algo para que otros tengan lo imprescindible? A través de estos interrogantes mi admirada Arantxa Aguado hace una llamada a la desinstalación que nos cambie la vida.

La solidaridad no consiste en repartir entre “los menos favorecidos” el excedente de los “mas favorecidos” ni en dar de lo que nos sobra sino en organizarlo todo desde los derechos y las necesidades de los más débiles. Ello nos lleva a poner el acento más en la equidad y la justicia que en el bienestar y la calidad de vida. Y para ello la lógica económica se debe poner al servicio del hombre.

Y eso ¿cómo se hace? ¿qué podemos hacer?

Alejémonos del fundamentalismo de los que se creen poseedores de la verdad absoluta y de la sinrazón en la que no hay lugar para la duda. Pero huyamos, también, del relativismo moral que, bajo el disfraz de la tolerancia y apertura mental, todo lo justifica. Porque ¡no todo vale, aunque esté permitido! Como decía Montesquieu “una cosa no es justa por el hecho de ser ley sino que debe ser ley porque es justa”.

Poner la lógica económica al servicio del hombre requiere otra manera de hacer las cosas y una ética que fomente un comportamiento responsable.

La ética no puede resolver los problemas económicos, políticos y sociales de nuestro mundo pero sí puede y debe impulsar lo que sólo con planteamientos políticos y económicos no se puede conseguir.

Debemos impulsar una ética que promueva un cambio de mentalidad y otro estilo de vida; que entre los valores que la soportan haga emerger la conciencia de la responsabilidad individual y social; y que sustituya el egoísmo por el altruismo, la competitividad extrema por la cooperación y el tener por el ser.

Con mis mejores deseos es la reflexión que propongo para estas fiestas que se acercan
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domingo, 13 de noviembre de 2011

Se acaban los curas...urgen nuevos modelos sacerdotales


JOSÉ MANUEL VIDAL. Religión digital.
13.11.11 | 10:48. Archivado en Sacerdotes
El dato es escalofriante. Lo dieron a conocer ayer en la presentación del Día de la Iglesia diocesana en Zamora: La edad media de sus curas es de más de 68 años. En concreto, la Diócesis de Zamora está compuesta por 111 sacerdotes en activo, a los que se suman otros 50 jubilados, cuya edad media se sitúa en 68,7 años, aunque la mayor de los curas tienen una edad comprendida entre los 70 y 80 años. Y Zamora no es una excepción entre las diocesis españolas.

No está clara la edad media del clero español en su conjunto. Circulan diversos datos: desde los que la sitúan en 64 a los quela suben ya a los 67. En cualquier caso, los sacerdotes que mueren doblan en número a los que entran, al tiempo que unos doscientos al año abandonan el sacerdocio. Hay clérigos que tienen que atender veinticinco parroquias y pueblos que sólo ven al cura una vez al año.

Se acaban los curas o, cada vez quedan menos, pero la institución sigue cruzada de brazos. Viviendo de nostalgias del pasado y apostando por un único modelo de ser cura y por el celibato obligatorio. Si la eucaristía es el centro de la vida cristiana y no queremos dejar sin ella a los fieles, urge abrir la puerta a nuevos modelos presbiterales.

No basta ya con derogar la ley del celibato obligatorio e instaurar el celibato opcional. Es urgente dar pasos hacia nuevos modelos de curas. Desde los curas casados a las mujeres sacerdotes. Desde los presbíteros (viri probati) elegidos por la comunidad y a su servicio hasta un tipo de ministro-sacerdote, que no sea funcionario ni de lejos, para pasar a ser realmente el servidor de la comunidad.

Si la Iglesia no va haciendo esta transición paulatinamente, la realidad la obligará a hacerlo de golpe y porrazo. O, incluso, la misma rebelión de las bases creyentes. Que ya ha comenzado, como demuestran los católicos de Austria. Y es que a la fuerza ahorcan. Ya no vale mirar hacia otro lado. Ni siquiera parchear, con vocaciones importadas. Nuevos ministerios, para una nueva época. Para que la sal el Evangelio no se vuelva insípida.

José Manuel Vidal
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martes, 1 de noviembre de 2011

Presentan el documento " Crisis prolongada, solidaridad reforzada"


Los jesuitas del apostolado social piden impulsar y reformar las políticas sociales en la próxima legislatura

 “La crisis económica no puede utilizarse como excusa para reducir prestaciones”.

 Aportan propuestas concretas en materia de exclusión social, inmigración, cooperación internacional y fiscalidad.

Desde su experiencia con colectivos de excluidos de nuestra sociedad y su amplio trabajo en cooperación internacional al desarrollo, los jesuitas del sector del apostolado social presentan hoy en un documento sus reflexiones y propuestas de mejora de las políticas sociales. De cara a la próxima legislatura, quieren contribuir, desde su espiritualidad ignaciana, al debate público y a la reflexión compartida por distintos actores sociales, políticos, económicos y religiosos. Más concretamente, formulan siete propuestas básicas para una revisión de las políticas sociales en su conjunto, desarrollándolas en cuatro áreas:

1. Lucha contra la exclusión social (especialmente de jóvenes y menores)

En este campo el documento propone un gran pacto para la inclusión social, en el que se recupere la persona como sujeto del desarrollo y de la atención social, potenciando las capacidades de las mismas, favoreciendo su “empoderamiento”, escuchando su voz y aportándoles los recursos necesarios para reducir su vulnerabilidad. Señala que la mejor medida de inclusión es la creación de empleo y subraya que “la crisis económica no puede utilizarse como excusa para reducir prestaciones, sino que, al contrario, debe ser ocasión para reforzar el colchón social de apoyo a las personas más vulnerables”. Más concretamente, el documento solicita:

1. Que a lo largo de la legislatura el porcentaje de gasto en protección social –que en España se sitúa actualmente en torno al 22%– alcance la media europea, es decir, el 27% del PIB.

2. Que a lo largo de la legislatura se llegue a dedicar un 0,4% del PIB anual a la lucha contra la exclusión social; es decir, duplicar el porcentaje actual y acercarse así a la media europea.

3. Implantar un sistema universal de garantías de rentas mínimas que potencie, reformule y coordine el actual, que es demasiado fragmentado, poco desarrollado y muy restrictivo.

4. Medidas concretas que favorezcan la incorporación al mercado laboral de las personas en riesgo de exclusión. Y para ello, desarrollar plenamente la Ley de Empresas de Inserción y dotarla de medios.

5. Para lograr el derecho de acceso a la vivienda sugiere: penalizar la vivienda vacía, incentivar fiscalmente el alquiler antes que la propiedad y la rehabilitación antes que la obra nueva; o introducir la figura de la dación en pago.

2. Inmigración

En sus propuestas en materia de inmigración en el documento subyacen dos ideas clave: no subordinar la política migratoria a la situación del mercado laboral y considerar la inmigración no como un fenómeno coyuntural, sino como una característica estructural de nuestra sociedad. Entre otras cosas, destacan estas ideas:

1. En materia jurídica: la verdadera puesta en práctica del II Plan Estratégico de Ciudadanía e Integración (PECI 2011-2014), del que se congratula. Y, a pesar de las limitaciones y deficiencias de la actual Ley de Derechos y Libertades de los Extranjeros en España (reformada en diciembre de 2009), pide que en la siguiente legislatura no se emprenda una nueva reforma, sino que se desarrollen las disposiciones de la actual ley y su reglamento.
2. Se pone atención en cómo las trabas administrativas salvables para empadronarse, “supone dejar personas en situación de invisibilidad y de completa exclusión social y económica, mermando su derecho a la salud y a la educación”.
3. Ante la situación de desempleo creciente, se solicita buscar alternativas para procesos largos de integración y regularización que se truncan por causa del paro que dificulta renovar la autorización de residencia temporal.
4. Los baremos económicos exigidos para la reagrupación familiar no pueden convertirse en una regulación restrictiva y, mucho menos, en una barrera encubierta que, de hecho, la impidan.
5. Mientras existan los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE), resulta necesario que el nuevo gobierno apruebe, de modo urgente y en consulta con la sociedad civil, un Reglamento de CIE.

3. Cooperación internacional

Existen 1.400 millones de personas que viven con menos de 1 euro al día, y esta cifra aumenta en 100 millones al año desde que estallaron las crisis alimentaria, financiera y económica. La solidaridad internacional es una respuesta responsable de una ciudadanía comprometida con la fraternidad universal en época de globalización. Los jesuitas del apostolado social proponen:

1. Mantener el 1,4% del presupuesto de gasto del Estado para cooperación internacional.
2. Impulsar significativamente la puesta en marcha de nuevos mecanismos de financiación del desarrollo, como, por ejemplo, la tasa a las transacciones financieras.
3. Asegurar que la Cooperación Española y todos sus recursos, estrategias y planes, respondan al objetivo central de la lucha contra la pobreza, eliminando, por ejemplo, la utilización de fondos de cooperación para financiar acciones de control migratorio y la concesión de ayuda a los países condicionada a este fin.
4. Poner en marcha una reforma estructural del sistema de cooperación, de mejora de los sistemas de gestión y de innovación en los instrumentos y sus métodos de funcionamiento.
5. Apoyar la cooperación al desarrollo descentralizada y la alianza estratégica con las ONGD.

4. Fiscalidad

Según los jesuitas del apostolado social, “la misma política fiscal ha jugado y juega un papel relevante tanto en el origen de la crisis como en su gestión” y, por tanto, demandan:

1. Una mejor gobernanza de las políticas sociales, con una mayor participación de la sociedad civil en su diseño, puesta en práctica, seguimiento y evaluación.
2. Una mejor gestión de los recursos públicos, aumentando los niveles de eficiencia. Aconsejan, para ello, “medidas de contención del déficit basadas en la racionalización del gasto público y no en el recorte de las partidas destinadas a la integración social, la educación, la sanidad y la solidaridad”.

Y, más en concreto, defendiendo una fiscalidad progresiva que permita mejorar la cohesión social y responder a la crisis desde la solidaridad, proponen:

1. La unión fiscal europea en materia de impuestos directos.
2. Impulsar un sistema fiscal verdaderamente progresivo, con medidas convergentes, como, por ejemplo: modificar el IRPF generando nuevos tramos e integrando las rentas de capital en la base general; reformar el Impuesto de Sociedades, reduciendo el abanico de deducciones y exenciones de que gozan las empresas y planteando una mayor tributación de las sociedades de inversión.
3. Combatir el fraude fiscal, para recupera parte de los 90.000 millones de € que anualmente pierden por él las arcas públicas.
4. Crear un Impuesto a las Transacciones Financieras Internacionales (ITF). Los fondos recaudados deben dedicarse a la Ayuda Oficial al Desarrollo, con el objeto de cubrir el déficit de financiación existente para el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Contacto:
Elena Rodríguez-Avial (Prensa Jesuitas). Tlf: 91 5344810. C.e: prensa@jesuitas.es
Daniel Izuzquiza SJ (Coordinador del documento). Tlf: 678146211. C.e: danisj68@hotmail.com
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sábado, 29 de octubre de 2011

Un comentario sobre el discursod el Papa en Asís


Aquí van algunas reflexiones, entre otras posibles, acerca de este discurso papal.

Rogelio Ponsard*


El discurso ofrece varios aspectos muy positivos, que conviene destacar.
Algunos ejemplos :
1) El encuentro de Asis ha sido ecuménico. En primer lugar por el marco del encuentro: No fue una "audiencia" "concedida" en "El Vaticano" por el "Sumo Pontífice" de una Iglesia "infalible", sino un encuentro fraterno entre responsables de religiones varias. El marco fue ameno. Hubo amabilidad, fraternidad, viaje juntos en tren, almuerzos juntos, etc...

2) Hubo un intento de reflexionar acerca de las causas profundas de la guerra y de la paz: No es un tema cualquier. No fue una reflexión acerca del sexo de los ángeles, sino acerca de un problema concreto y tremendo que realmente es de interés para todos los humanos.

3) El discurso contiene un mea culpa. Bastante discreto, nada concreto. Pero no es poca cosa reconocer que si la humanidad ha sufrido muchas guerras, también se debe a los cristianos.

4) El discurso habla de la necesidad de "purificar" la religión de los cristanos.

Por otra parte, hace falta reconocer que las palabras de Benedicto XVI fueron generalizaciones bastante abstractas, y discutibles. Las guerras han sido acontecimientos concretos y dolorosos; pero el papa no es ni historiador ni sociólogo; acostumbrado al manejo de la metafísica, se limita a dar una explicación abstracta. Según él, las guerras tienen una causa profunda : el rechazo de Dios. Esta
explicación metafísica quizás sea verdadera. Nuestra época actual tiene fama de ser irreligiosa. Esto explicaría por qué hay guerras. Pero las épocas anteriores tienen fama de ser religiosas y también tenían sus guerras. Y eran épocas valoradas como profundamente cristianas. Y hasta hubo "guerras de religión".

La argumentación de Benedicto quiere dar vuelta a los argumentos de los filósofos del siglo XVIII : según Benedictos XVI, los filósofos habrían atribuido las guerras a las religiones; Pero Benedicto da vuelta al guante : es justo al revés : si hay guerras, es justamente por culpa de los irreligiosos. Excelente argumento para echar las culpas a "los "otros", a los no religiosos, a los que no son parte en este encuentro inter-religioso, a los demás.

Habría que preguntarse si los filósofos del siglo XVIII, cuando atacaban la religión, se referían a la esencia metafísica de la religión, o a Dios, o más bien a la conducta de los que se decían religiosos. Sorprende que Benedicto no parezca darse cuenta de la diferencia de enfoque.

Por otra parte, el iluminismo, que Benedicto también acusa, a pesar de algunas ingenuidades propias de todo movimiento que se inicia, es parte del inmenso movimiento de la humanidad que descubre las posibilidades de la ciencia y de la auto-gestión. Es un progreso de la humanidad que entra en la adolescencia y que deberá llegar a la edad adulta. Sería tonto e inútil querer oponerse a esta evolución. Si el iluminismo tiene algunos enfoques erróneos, habrá que corregirlos.
Pedro no oponiéndose al movimiento general.

Cuando Benedicto busca la raíz profunda del mal y de la guerra, tiene razón : está en la negación de Dios. Pero Benedicto no cae en la cuenta que el hecho de afirmarse creyente en Dios no impide, de hecho, un rechazo de Dios. Una sociedad no será cristiana por el simple hecho de nombrar a Dios en sus constituciones. Cuando Estados Unidos escribe "in God we trust" en sus dólares, esto no es ninguna garantía de seguimiento de Jesús. Jesús ya hacía notar que no son los que dicen "Señor, Señor" los que entrarán en el Reino.

Los evangelios contienen criterios para dilucidar muchos problemas. En breve, se trata de ver los problemas de la humanidad, de compadecerse por los pobres que sufren, y de hacer cosas concretas para que esto se levanten. Lo mismo pasa con el caso particular de las guerras : hay que ver el problema, compadecerse de los que las sufren, y hacer cosas concretas para eliminar las guerras. De esto, Benedicto no habló. No evangelizó, sino que hizo una defensa de las religiones. Lo único que nombró por su nombre concreto, en su visión alemana y eurocentrista, fue el muro de Berlín. Y allí se le escapa una palabra que denota su partidismo : el derrumbe fue una "victoria". ¿De quién? ¿De Jesús? En cambio, hay muchos otros muros de los cuales no habló : el muro que separa Estados Unidos de México, el muro que rodea Cuba, el muro que separa israelíes y palestinos, los muros de papeles y sellos que impiden las migraciones, los muros de los countries, las rejas de todo tipo...

Las palabras de Benedicto fueron muy profundas, pero abstractas. Le faltan el sello de los profetas. Cuando los profetas hablan de parte de Dios, lo hacen acerca de problemas concretos, y acerca de guerras concretas. No faltan los conflictos armados en el mundo moderno : guerras en Irak, en Afganistán, en Libia, en Sudán,... guerras comerciales, guerras de propaganda,... Los profetas, para serlo, no deben hablar en abstracto de paz o de guerra, sino concretamente. Lo concreto no estuvo presenten en Asis.

En octubre de 2012 tendrá lugar en Roma un sínodo convocado para proponer medidas acerca de una nueva evangelización. ¿La nueva evangelización aludirá al tema de la paz? ¿Los que allí se reúnan sabrán salir de sus visiones euro-céntricas y burguesas y hacer propuestas honestas y concretas para edificar la paz? Se trata de un tema que no dejaría a nadie indiferente: ni a los ricos, ni a los pobres, ni a los ateos, ni a los que son realmente creyentes. ¿Qué se propondrá, acerca de este tema, para "purificar" la religión de los cristianos?

* Rogelio Ponsard sacerdote belga casado, lleva más de 50 anos en Argentina, vive en Buenos Aires.Fué el primer sacerdote belga que aceptó el desafío de Pío XII para hacerse "Fidei Donum" (Sacerdotes europeos para Asia, África y América Latina)
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viernes, 28 de octubre de 2011

Discurso del Papa en Asís


Asís. 27 de Octubre de 2011
Texto completo

Queridos hermanos y hermanas,

Distinguidos Jefes y representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales y de las Religiones del mundo,

Queridos amigos:

Han pasado veinticinco años desde que el beato Papa Juan Pablo II invitó por vez primera a los representantes de las religiones del mundo a Asís para una oración por la paz. ¿Qué ha ocurrido desde entonces? ¿A qué punto está hoy la causa de la paz? En aquel entonces, la gran amenaza para la paz en el mundo provenía de la división del planeta en dos bloques contrastantes entre sí. El símbolo llamativo de esta división era el muro de Berlín que, pasando por el medio de la ciudad, trazaba la frontera entre dos mundos.

En 1989, tres años después de Asís, el muro cayó sin derramamiento de sangre. De repente, los enormes arsenales que había tras el muro dejaron de tener sentido alguno. Perdieron su capacidad de aterrorizar. El deseo de los pueblos de ser libres era más fuerte que los armamentos de la violencia. La cuestión sobre las causas de este derrumbe es compleja y no puede encontrar una respuesta con fórmulas simples. Pero, junto a los factores económicos y políticos, la causa más profunda de dicho acontecimiento es de carácter espiritual: detrás del poder material ya no había ninguna convicción espiritual. Al final, la voluntad de ser libres fue más fuerte que el miedo ante la violencia, que ya no contaba con ningún respaldo espiritual.

Apreciamos esta victoria de la libertad, que fue sobre todo también una victoria de la paz. Y es preciso añadir en este contexto que, aunque no se tratara sólo, y quizás ni siquiera en primer lugar, de la libertad de creer, también se trataba de ella. Por eso podemos relacionar también todo esto en cierto modo con la oración por la paz.

Pero, ¿qué ha sucedido después? Desgraciadamente, no podemos decir que desde entonces la situación se haya caracterizado por la libertad y la paz. Aunque no haya a la vista amenazas de una gran guerra, el mundo está desafortunadamente lleno de discordia. No se trata sólo de que haya guerras frecuentemente aquí o allá; es que la violencia en cuanto tal siempre está potencialmente presente, y caracteriza la condición de nuestro mundo. La libertad es un gran bien. Pero el mundo de la libertad se ha mostrado en buena parte carente de orientación, y muchos tergiversan la libertad entendiéndola como libertad también para la violencia. La discordia asume formas nuevas y espantosas, y la lucha por la paz nos debe estimular a todos nosotros de modo nuevo.

Tratemos de identificar más de cerca los nuevos rostros de la violencia y la discordia. A grandes líneas – según mi parecer – se pueden identificar dos tipologías diferentes de nuevas formas de violencia, diametralmente opuestas por su motivación, y que manifiestan luego muchas variantes en sus particularidades.

Tenemos ante todo el terrorismo, en el cual, en lugar de una gran guerra, se emplean ataques muy precisos, que deben golpear destructivamente en puntos importantes al adversario, sin ningún respeto por las vidas humanas inocentes que de este modo resultan cruelmente heridas o muertas. A los ojos de los responsables, la gran causa de perjudicar al enemigo justifica toda forma de crueldad. Se deja de lado todo lo que en el derecho internacional ha sido comúnmente reconocido y sancionado como límite a la violencia.

Sabemos que el terrorismo es a menudo motivado religiosamente y que, precisamente el carácter religioso de los ataques sirve como justificación para una crueldad despiadada, que cree poder relegar las normas del derecho en razón del «bien» pretendido. Aquí, la religión no está al servicio de la paz, sino de la justificación de la violencia.

A partir de la Ilustración, la crítica de la religión ha sostenido reiteradamente que la religión era causa de violencia, y con eso ha fomentado la hostilidad contra las religiones. En este punto, que la religión motive de hecho la violencia es algo que, como personas religiosas, nos debe preocupar profundamente. De una forma más sutil, pero siempre cruel, vemos la religión como causa de violencia también allí donde se practica la violencia por parte de defensores de una religión contra los otros.

Los representantes de las religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir – y nosotros lo repetimos con vigor y gran firmeza – que esta no es la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción. Contra eso, se objeta: Pero, ¿cómo sabéis cuál es la verdadera naturaleza de la religión? Vuestra pretensión, ¿no se deriva quizás de que la fuerza de la religión se ha apagado entre vosotros? Y otros dirán: ¿Acaso existe realmente una naturaleza común de la religión, que se manifiesta en todas las religiones y que, por tanto, es válida para todas? Debemos afrontar estas preguntas si queremos contrastar de manera realista y creíble el recurso a la violencia por motivos religiosos.

Aquí se coloca una tarea fundamental del diálogo interreligioso, una tarea que se ha de subrayar de nuevo en este encuentro. A este punto, quisiera decir como cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en claro contraste con su verdadera naturaleza. El Dios en que nosotros los cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con el otro y el amar con el otro. Su nombre es «Dios del amor y de la paz» (2 Co 13,11).

Es tarea de todos los que tienen alguna responsabilidad de la fe cristiana el purificar constantemente la religión de los cristianos partiendo de su centro interior, para que – no obstante la debilidad del hombre – sea realmente instrumento de la paz de Dios en el mundo.

Si bien una tipología fundamental de la violencia se funda hoy religiosamente, poniendo con ello a las religiones frente a la cuestión sobre su naturaleza, y obligándonos todos a una purificación, una segunda tipología de violencia de aspecto multiforme tiene una motivación exactamente opuesta: es la consecuencia de la ausencia de Dios, de su negación, que va a la par con la pérdida de humanidad. Los enemigos de la religión – como hemos dicho – ven en ella una fuente primaria de violencia en la historia de la humanidad, y pretenden por tanto la desaparición de la religión.

Pero el «no» a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba como norma solamente a sí mismo. Los horrores de los campos de concentración muestran con toda claridad las consecuencias de la ausencia de Dios.

Pero no quisiera detenerme aquí sobre el ateísmo impuesto por el Estado; quisiera hablar más bien de la «decadencia» del hombre, como consecuencia de la cual se produce de manera silenciosa, y por tanto más peligrosa, un cambio del clima espiritual. La adoración de Mamón, del tener y del poder, se revela una anti-religión, en la cual ya no cuenta el hombre, sino únicamente el beneficio personal. El deseo de felicidad degenera, por ejemplo, en un afán desenfrenado e inhumano, como se manifiesta en el sometimiento a la droga en sus diversas formas.

Hay algunos poderosos que hacen con ella sus negocios, y después muchos otros seducidos y arruinados por ella, tanto en el cuerpo como en el ánimo. La violencia se convierte en algo normal y amenaza con destruir nuestra juventud en algunas partes del mundo. Puesto que la violencia llega a hacerse normal, se destruye la paz y, en esta falta de paz, el hombre se destruye a sí mismo

La ausencia de Dios lleva al decaimiento del hombre y del humanismo. Pero, ¿dónde está Dios? ¿Lo conocemos y lo podemos mostrar de nuevo a la humanidad para fundar una verdadera paz? Resumamos ante todo brevemente las reflexiones que hemos hecho hasta ahora.

He dicho que hay una concepción y un uso de la religión por la que esta se convierte en fuente de violencia, mientras que la orientación del hombre hacia Dios, vivido rectamente, es una fuerza de paz. En este contexto me he referido a la necesidad del diálogo, y he hablado de la purificación, siempre necesaria, de la religión vivida. Por otro lado, he afirmado que la negación de Dios corrompe al hombre, le priva de medidas y le lleva a la violencia.

Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: «No existe ningún Dios». Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo bueno, están interiormente en camino hacia Él.

Son «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz». Plantean preguntas tanto a una como a la otra parte. Despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella. Pero también llaman en causa a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás.

Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a los creyentes a purificar su propia fe, para que Dios – el verdadero Dios – se haga accesible. Por eso he invitado de propósito a representantes de este tercer grupo a nuestro encuentro en Asís, que no sólo reúne representantes de instituciones religiosas. Se trata más bien del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho.

Para concluir, quisiera aseguraros que la Iglesia católica no cejará en la lucha contra la violencia, en su compromiso por la paz en el mundo. Estamos animados por el deseo común de ser «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz».
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San Francisco de Asís y el diálogo interreligioso


Fr. Efrén Balleño Sánchez, OFM
Provincia del Santo Evangelio (México)

Ecumenismo y diálogo interreligioso son términos muy usados por los cristianos en las últimas décadas [1]; pero, hablar de acercamiento entre las iglesias cristianas o de diálogo con los que no son cristianos en tiempos de Francisco de Asís resulta anacrónico. El acontecimiento más cercano al santo de Asís en este terreno es el llamado cisma de Oriente (1054), ya que la reforma protestante aún estaba a tres siglos de distancia. Lo que sí vivió Francisco fue el enfrentamiento de la cristiandad europea con los musulmanes en las llamadas “guerras santas”, las cruzadas.
Con todo, el tema resulta interesante porque los distanciamientos entre los que comparten las mismas ideas o creencias y los enfrentamientos con quienes tienen otras diferentes siempre se han dado en la historia; más aun, nosotros mismos los propiciamos. En el tiempo que vivió Francisco se dieron los distanciamientos entre los cristianos y también los enfrentamientos con quienes no lo eran. Al interior de la Iglesia se combatía a los herejes y al exterior se atacaba a los “enemigos” de la Iglesia, a los musulmanes o sarracenos [2], como entonces se les llamaba.

Por ahora dejamos de lado su relación con los herejes y abordamos el tema del acercamiento de Francisco a los sarracenos, hacia los que la jerarquía de la Iglesia tuvo siempre una actitud hostil. Francisco, en cambio, tiene un modo muy peculiar de comportarse con los otros, con los “diferentes”. Cierto, en su tiempo no se puede hablar de diálogo interreligioso, al menos como hoy lo entendemos, puesto que esa palabra no aparece en su vocabulario, pero sí de las actitudes que este término implica: disponer todo el ser hacia el otro (oído, vista, voz) para acogerlo benévolamente, tal como es en su persona, en sus convicciones y en su actuar, deseando siempre la reciprocidad [3].

En cuanto a sus actitudes hacia los sarracenos, habrá que decir ante todo que para ese tiempo parecía no haber otro problema más urgente para la Iglesia que el de la movilización militar y financiera de toda la cristiandad para truncar la fuerza del Islam. Durante los años 1217-1218 los llamados del papa se intensificaron para llevar a cabo la cruzada que se había anunciado solemnemente en el IV concilio de Letrán [4].

Los preparativos bélicos para la anunciada cruzada no desanimaron al Poverello en su propósito de buscar la paz con los sarracenos, pues desde la visión que años atrás había tenido en Espoleto estaba firmemente convencido de que a los sarracenos se les debía enfrentar con el Evangelio y sin armas [5]; y, aunque lo veía como algo imposible, estaba dispuesto a intentar convencer a los responsables de las fuerzas cristianas de no atacar a los sarracenos, e, incluso, ir personalmente a encontrar al Sultán de Egipto. Las cosas parecían favorables porque en junio de 1219 Melek-el-Kamel ofreció la paz a los cruzados si abandonaban tierras egipcias; a cambio dejaría libre la ciudad de Jerusalén y les restituiría la santa cruz. Algunos de los jefes cruzados estaban dispuestos a negociar la paz, pero el legado papal, el cardenal Pelagio Gaitán, se opuso rotundamente seguro de que los cristianos responderían a los llamados del papa y llegarían refuerzos militares con los cuales se obtendría la victoria sobre los sarracenos.

Así, pues, con algunos compañeros, de los cuales se han conservado los nombres de Pedro Catani e Iluminado de Rieti, Francisco se embarcó en Ancona con los cruzados boloñeses [6]. Iluminado había estado ya en Oriente entre los compañeros de Elías y seguramente conocía algo del idioma árabe. Probablemente llegaron al campo de los cruzados, cerca de Damieta, a fines de julio o principios de agosto. Los biógrafos del santo son demasiado reservados y de los lugares en los que estuvo Francisco sólo señalan Damieta y el campamento del Sultán; con todo, la visita al Sultán y su predicación ante Melek-el-Kamel no pueden ponerse en duda ya que son testimoniados por fuentes no franciscanas, siguiendo las cuales se pueden reconstruir algunos de los acontecimientos que tuvieron lugar tanto en el campo de las huestes cristianas como en el de los sarracenos.

En Damienta estaba no sólo el cardenal legado, sino también varios personajes eclesiásticos y muchos clérigos. Esto entristeció a Francisco, pues no estaban allí para evangelizar a los sarracenos, sino que para asistir al espectáculo de la guerra, preocupados por excitar la belicosidad de de los combatientes en el nombre de Cristo y vencer así a los enemigos de la fe, lo que los hacía moralmente responsables de las gestas militares, a menudo bárbaras de los cruzados.

El cardenal legado era de carácter difícil y según él, el fin principal de la cruzada era el de destruir de una vez para siempre la potencia militar sarracena y esto se lograría destruyendo la potencia militar de Egipto y ocupando su territorio, con lo cual estaban de acuerdo los más belicosos jefes del ejército cruzado; Juan de Brienne, en cambio, desde el inicio limitaba la finalidad de la cruzada a la liberación de Jerusalén y del santo sepulcro. Por eso, si el Sultán estaba dispuesto a entregar pacíficamente la ciudad de Jerusalén a cambio de la salida del ejército cristiano de Egipto, la finalidad de la cruzada se había alcanzado. Ya no era necesario el enfrentamiento armado.

Los acontecimientos, sin embargo, se desarrollaron de otro modo, ya que Francisco no logró convencer ni al legado papal ni a los jefes de los cruzados de no presentar batalla [7]; y como lo había anunciado el santo de Asís, la batalla del 29 de agosto de 1219 fue desastrosa para los cruzados. Más que nunca, después de la derrota Francisco estaba dispuesto a ir al campo sarraceno para entrevistarse con el Sultán. La escena del encuentro de Francisco con el Sultán, descrita en las primitivas fuentes de la Orden [8], nos ha sido conservada también por un cronista no franciscano que se encontraba en Damieta: Contaré lo de dos clérigos que estaban en el campamento, en Damieta. Acudieron al cardenal (Pelagio Gaitán, legado papal) y le manifestaron que querían ir a predicar al sultán, pero que no querían ir sin su permiso… El cardenal les contestó que no irían con su permiso ni mandato… viendo el cardenal que tanto anhelaban ir, les dijo: Señores, no sé cuáles serán su corazón y sus intenciones, ni si son buenas o malas; y si van allá, cuídense de que su corazón y sus miras sean siempre del Señor Dios… Entonces los clérigos salieron del campamento de los cristianos y se encaminaron al campamento de los sarracenos… cuando llegaron a la presencia del sultán lo saludaron. El sultán también los saludó… contestaron… que habían venido a él como mensajeros de parte del Señor Dios, y para encomendar su alma (la del sultán) a Dios… entonces les dijo el sultán:.. no les haré cortar la cabeza, porque sería recompensarlos muy mal el que se hayan puesto en peligro de muerte para encomendar, según su parecer, mi alma al Señor Dios… entonces, el sultán les dijo que con gusto los haría llevar a salvo al campamento [9].

Ahora bien, de ese peculiar encuentro algunos puntos deben ser subrayados: La visión original de Francisco respecto a los sarracenos, elaborada en el capítulo 16 de la Regla no bulada [10], no tuvo gran resonancia en la cristiandad medieval. El acercamiento del santo de Asís al Islam pasó prácticamente desapercibido, tanto para sus hermanos como para la Iglesia. Sus hermanos no se comportaron de modo diferente al de los otros religiosos respecto a los sarracenos; también ellos aceptaron servir a la ideología de la curia romana, centrada, bajo la guía del papa, en la defensa de la unidad de la Europa cristiana contra la amenaza tanto interna (los herejes) como externa (el Islam).

La aproximación de Francisco y sus hermanos a los demás, que incluye ir entre personas de diferente cultura y religión, en espíritu de humilde servicio y sin actitudes de superioridad fue un proceso de aprendizaje, un camino que se fue descubriendo. Gradualmente aprendieron a discernir la presencia y la acción de Dios entre los sarracenos y a descubrir el bien que Dios actúa en su vida y en su historia.

Para Francisco la vida simple, ordinaria, de las personas tenía una importancia decisiva: el campo, el taller, el leprosario, la casa eran los lugares donde los hermanos encontraban a la gente. Permaneciendo sumisos a las personas y sirviéndoles les comunicaban el saludo de paz, no sólo de palabra sino con las obras. De este modo les invitaban al diálogo de la vida en el que la verdad no es patrimonio de unos, sino que es descubierta junto a los demás compartiendo las experiencias de la vida cotidiana.

El rechazo de toda disputa y actitud agresiva no era estrategia, sino cuestión de principios. Esta derivaba de la profunda convicción de que Dios es humildad [11]. Por lo mismo, Dios quiere que los hombres imiten esta humildad no comportándose como dueños de la verdad, sino abriéndose a ella tal como se manifiesta en la vida de las personas, independientemente de su condición. En la aproximación de Francisco a los “diferentes” la predicación no ocupaba un puesto prioritario. En base a su experiencia personal estaba firmemente convencido de que Dios, en su inescrutable beneplácito estaba presente y operante entre los sarracenos y era la fuente de todo el bien que existía en ellos. Por respeto al Dios altísimo, Francisco consideraba de segunda importancia lo que la teología dominante señalaba como absolutamente necesario para la salvación. Dejaba a Dios el problema de la salvación de los sarracenos y, viviendo entre ellos, esperaba pacientemente un signo que le hiciera ver que complacía a Dios comenzar a predicar su palabra.

Finalmente, la teología de Francisco en materia de beneplácito divino constituye una valiosa contribución a la teología de las religiones y del diálogo interreligioso. Partiendo de su experiencia, según la cual Dios, en su inescrutable beneplácito, incluye a los sarracenos, esta teología pone las bases para un verdadero diálogo entre cristianos y musulmanes, especialmente para el diálogo de la vida en el cual, por respeto al mundo en el que Dios está activamente presente en medio de todos los pueblos, los cristianos y los musulmanes están sujetos, los unos a los otros, por amor de Dios y colaboran en paz a la realización de un mundo nuevo.


[1] Fue sobre todo después del Vaticano II que se dio un giro en la aproximación a las otras religiones, con las que ahora se busca el diálogo y la colaboración (Concilio Vaticano II, “Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las Religiones no cristianas”, Nostra aetate, 2). Los documentos mencionan explícitamente a los musulmanes (Cf. Vaticano II, Lumen Gentium, 16 y Nostra aetate, 3).
[2] El origen etimológico de la palabra “sarraceno” es incierto. Ya en el siglo VI los autores griegos usaban el término “sarracenos” para indicar a los habitantes, tanto paganos como cristianos, de la península arábiga. El término, pues, es aplicado a los árabes, sin diferencia alguna, aún después de su conversión al Islam. Sólo después el término va a adquirir una connotación religiosa negativa. En el mundo occidental se registró una evolución análoga. Hasta finales del siglo VIII el término “sarracenos” era religiosamente neutro. En el siglo IX, cuando la península italiana comenzó a ser sistemáticamente atacada por los “sarracenos”, el término asumió una connotación negativa (Cf. Sarazenem, en Lexikon für Theologie und Kirche 9 (1964), P. 326).

[3] De entre las recomendaciones que Francisco da a sus hermanos en cuanto al modo de comportarse al interior de la propia fraternidad y en sus contactos con los demás hombres, los siguientes textos, tomados de la Regla no bulada, son emblemáticos: Y guárdense todos los hermanos de calumniar y de enfrentarse a nadie con palabras, sino más bien esfuércense por guardar silencio, siempre que Dios les dé la gracia… Y no litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente diciendo: Soy un siervo inútil… No murmuren ni difamen a otros… y sean modestos, mostrando una total mansedumbre con todos los hombres (Rnb 11, 1-3. 8-9, San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… p. 97-98).
[4] El llamado del papa Inocencio III en el concilio comienza así: Deseando ardientemente liberar la tierra santa de manos de los impíos… (Conciliorum Oecumenicorum Decreta, a cura dell’Istituto per le sciense religiose, edizione bilingüe, Ed. Behoniane Bologna, Bologna 1991, canon 71, p.267).
[5] Preparado con todos los arreos militares llegó, junto con otros voluntarios, hasta la cuidad de Espoleto y habiendo escuchado ahí la voz del Señor, Francisco renunció a enrolarse en las huestes del papa que se reunirían en la Puglia. Regresó a su ciudad y desde entonces decidió anunciar el Evangelio renunciado a toda violencia (Cf. 1Cel 5; 2Cel 6. En San Francisco. Escritos. Biografías… pp. 144. 232-233).
[6] 1Cel 57, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… 176.
[7] Ante el dilema de quedar callado o anunciar a los cruzados que no pelearan porque perderían, Francisco decide pasar por loco ante los combatientes, pero su conciencia queda tranquila por haber comunicado lo que el Señor le había revelado (Cf. 2Cel 30, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías…, p. 247).
[8] Los relatos de los biógrafos y del primer cronista de la Orden son muy concisos y coinciden en su información, sólo san Buenaventura añade el dato de que el compañero de Francisco en esa ocasión fue fray Iluminado de Rieti (Cf. 1Cel 57, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías…, p.176; J. de Giano, Crónica, 10, en Cronistas franciscanos primitivos y otros documentos franciscanos del siglo XIII. Versión castellana de Fr. Saúl Zamorano OFM, CEFEPAL, Chile 1981, p. 27; San Buenaventura, Leyenda Mayor, 9, 8, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías…, p. 440)
[9] Ernoul (+ 1230), Crónica, cap. 30, en San Francisco. Escritos. Biografías… pp. 968-970.
[10] La también llamada Primera Regla, dice: Por eso, todo hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo… Y los hermanos que van, pueden vivir espiritualmente entre ellos de dos modos. Uno es, que no promuevan disputas ni controversias, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos. El otro es, que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios… (Rnb 16, 3. 5-7, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… p.101.
[11] Dice así Francisco, en las alabanzas al Dios altísimo: Tú eres el amor, la caridad; tu eres la sabiduría, tú eres la humildad (AlDa 4, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… p. 25).
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jueves, 27 de octubre de 2011

El Consejo Pontificio Justicia y Paz propone la creación de una alternativa autoridad Pública Mundial

Desde el Vaticano, el Consejo Pontificio Justicia y Paz propone la creación de una Autoridad Pública Mundial que acometa una reforma de un sistema financiero mundial “que ha demostrado comportamientos egoístas, avidez colectiva y acaparamiento de bienes a gran escala”, que han hecho tambalear el “bien común y el futuro mismo de la humanidad”.

El texto completo de la nota, que adjuntamos íntegro, expone la necesidad de “una reforma del sistema monetario internacional” para crear una entidad de control monetario global, dado que actualmente el Fondo Monetario Internacional ha perdido su capacidad de garantizar la estabilidad de las finanzas mundiales.

La propuesta de la constitución de una Autoridad mundial, como “único horizonte compatible con las nuevas realidades de nuestro tiempo”, es el aporte que el Pontificio Consejo quiere ofrecer a los responsables mundiales y a todos los hombres de buena voluntad, frente a la actual crisis económica y financiera mundial, que “ha demostrado comportamientos de egoísmo y avidez colectiva y de acaparamiento de bienes a gran escala”.

“Está en juego el bien común y el futuro mismo de la humanidad” advierte la nota denunciando que más de un millón de personas viven con poco más de un dólar al día y que las desigualdades en el mundo han aumentado extraordinariamente “generando tensiones e imponentes movimientos migratorios”.

Se advierte también, citando a Hobbes, que “si no se pone remedio a las diversas formas de injusticia, los efectos negativos que se producirán a nivel social, político y económico estarán destinados a originar un clima de hostilidad creciente, e incluso de violencia, hasta minar las bases mismas de las instituciones democráticas, aún de aquellas consideradas más sólidas”.

También se dice que esto no es algo totalmente nuevo. Ya en 1963, el beato Juan XXIII había planteado la creación de una Autoridad pública mundial. Y en la misma línea Benedicto XVI ha expresado la necesidad de su constitución frente a la creciente interdependencia de los Estados.

TEXTO COMPLETO

Prólogo

«La presente situación del mundo exige una acción de conjunto que tenga como punto de partida una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales. Con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia, sin pretender de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados, “sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido”».

Con estas palabras Pablo VI, en la profética y siempre actual Encíclica Populorum progressio de 1967, trazaba de manera límpida «las trayectorias» de la íntima relación de la Iglesia con el mundo: trayectorias que se cruzan en el valor profundo de la dignidad del ser humano y en la búsqueda del bien común, y que además hacen a los pueblos responsables y libres de actuar según sus más altas aspiraciones.

La crisis económica y financiera que está atravesando el mundo convoca a todos, personas y pueblos, a un profundo discernimiento sobre los principios y de los valores culturales y morales que son fundamentales para la convivencia social. Pero no sólo eso. La crisis compromete a los agentes privados y a las autoridades públicas competentes a nivel nacional, regional e internacional a una seria reflexión sobre las causas y sobre las soluciones de naturaleza política, económica y técnica.

En esta prospectiva, la crisis, enseña Benedicto XVI, «nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada, más que resignada».

Los líderes mismos del G20, en el Statement adoptado en Pittsburgh en el año 2009, han afirmado como «The economic crisis demonstrates the importance of ushering in a new era of sustainable global economic activity grounded in responsibility».

Recogiendo el llamamiento del Santo Padre y, al mismo tiempo, haciendo propias las preocupaciones de los pueblos – sobre todo de aquellos que en mayor medida sufren los efectos de la situación actual – el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, en el respeto de las competencias de las autoridades civiles y políticas, desea proponer y compartir la propia reflexión “Por a una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal”.

Esta reflexión desea ser una contribución a los responsables de la tierra y a todos los hombres de buena voluntad; un gesto de responsabilidad, no sólo respecto de las generaciones actuales, sino sobre todo hacia aquellas futuras, a fin de que no se pierda jamás la esperanza de un futuro mejor y la confianza en la dignidad y en la capacidad de bien de la persona humana.

Peter K. A. Card. Turkson † Mario Toso, SDB
Presidente Secretario

Libreria Editrice Vaticana
Ciudad del Vaticano



POR UNA REFORMA DEL SISTEMA FINANCIERO Y MONETARIO INTERNACIONAL EN LA PERSPECTIVA DE UNA AUTORIDAD PÚBLICA CON COMPETENCIA UNIVERSAL


Premisa

Toda persona individualmente, toda comunidad de personas, es partícipe y responsable de la promoción del bien común. Fieles a su vocación de naturaleza ética y religiosa, las comunidades de creyentes deben en primer lugar preguntarse si los medios de los que dispone la familia humana para la realización del bien común mundial son los más adecuados. La Iglesia, por su parte, está llamada a estimular en todos, indistintamente, «el deseo de participar en el conjunto ingente de esfuerzos realizados [por los hombres] a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, respondiendo [así] a la voluntad de Dios».

1. Desarrollo económico y desigualdades.

La grave crisis económica y financiera, que hoy atraviesa el mundo, encuentra su origen en múltiples causas. Sobre la pluralidad y sobre el peso de estas causas persisten opiniones diversas: algunos subrayan, ante todo, los errores inherentes a las políticas económicas y financieras; otros insisten sobre las debilidades estructurales de las instituciones políticas, económicas y financieras; otros, en fin, las atribuyen a fallas de naturaleza ética, presentes en todos los niveles, en el marco de una economía mundial cada vez más dominada por el utilitarismo y el materialismo. En los distintos estadios de desarrollo de la crisis se encuentra siempre una combinación de errores técnicos y de responsabilidades morales.

En el caso del intercambio de bienes materiales y de servicios, son la naturaleza, la capacidad productiva y el trabajo en sus múltiples formas, quienes ponen un límite a la cantidad, determinando un conjunto de costes y de precios que permite, bajo ciertas condiciones, una asignación eficiente de los recursos disponibles.

Pero en materia monetaria y financiera, las dinámicas son distintas. En los últimos decenios, han sido los bancos los que han extendido el crédito, el cual ha generado moneda, lo cual a su vez ha exigido una ulterior expansión del crédito. El sistema económico ha sido impulsado en tal modo, hacia una espiral inflacionista que, inevitablemente, ha encontrado un límite en el riesgo sostenible para los institutos de crédito, sometidos a un ulterior peligro de quiebra, con consecuencias negativas para todo el sistema económico y financiero.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías nacionales progresaron, aunque con enormes sacrificios de millones e incluso de miles de millones de personas que habían otorgado su confianza con su comportamiento de productores y empresarios, por un lado, y de ahorradores y consumidores, por el otro, hasta llegar a un progresivo y regular desarrollo de la moneda y de las finanzas, en conformidad con las potencialidades de crecimiento real de la economía.

A partir de los años noventa del pasado siglo, se descubre en cambio como la moneda y los títulos de crédito a nivel global aumentaron mucho más rápidamente que la producción del rédito, incluso a precios corrientes. Se derivó, por consiguiente, en la formación bolsas excesivas de liquidez y burbujas especulativas que luego se transformaron en crisis de solvencia y de confianza que se han propagado y subseguido en el transcurso de los años.

Una primera crisis se verificó en los años setenta hasta principios de los ochenta, debido a los precios del petróleo. Posteriormente se verificaron una serie de crisis en varios Países en vías de desarrollo. Baste pensar en la primera crisis de México en los años ochenta, o en las de Brasil, Rusia y Corea; y luego nuevamente en México en los años noventa, en Tailandia y en Argentina.

La burbuja especulativa sobre los inmuebles y la reciente crisis financiera tienen el mismo origen: la excesiva cantidad de moneda y de instrumentos financieros a nivel global.

Mientras las crisis en los Países en vías de desarrollo, que han estado a punto de involucrar el sistema monetario y financiero global, han sido contenidas con formas de intervención por parte de los países más desarrollados, la crisis que ha estallado en el año 2008, se ha caracterizado por un elemento decisivo y disruptivo respecto a las precedentes. Se ha originado en el contexto de Estados Unidos, una de las áreas más relevantes para la economía y las finanzas mundiales, involucrando la moneda a la que se remiten todavía la gran mayoría de los intercambios internacionales.

Una orientación de tipo liberal – reticente respecto a las intervenciones públicas en los mercados – ha propiciado la quiebra de un importante instituto internacional, imaginando de este modo, delimitar la crisis y sus efectos. Se ha derivado, desafortunadamente, una propagación de la desconfianza que ha impulsado a mutar repentinamente de actitud, estimulando intervenciones públicas de diverso tipo, de enorme alcance (el 20% del producto nacional) a fin de contener las consecuencias negativas que hubieran afectado todo el sistema financiero internacional.

Las consecuencias sobre la denominada «economía real», pasando s través de las graves dificultades de algunos sectores – en primer lugar el de la construcción – y con la difusión de expectativas desfavorables, han generado una tendencia negativa de la producción y del comercio internacional, con graves repercusiones en la ocupación, y con efectos que probablemente aun no han agotado su alcance. El costo para millones, e incluso miles de millones de personas, en los Países desarrollados, pero sobre todo también en aquellos en vías de desarrollo, es inmenso.

En Países y áreas donde se carece todavía de los bienes más elementales como la salud, la alimentación y la protección contra la intemperie, más de mil millones de personas se ven obligadas a sobrevivir con unos ingresos medios de poco más de un dólar diario.

El bienestar económico global, medido en primer lugar por la producción de renta, y también por la difusión de las capabilities, se ha acrecentado, en el curso de la segunda mitad del siglo XX, en una medida y con una rapidez antes jamás experimentado en la historia del género humano.

Pero también han aumentado enormemente las desigualdades en varios Países y entre ellos. Mientras que algunos Países y áreas económicas, las más industrializadas y desarrolladas, han visto crecer notablemente la producción de la renta, otros Países han sido excluidos, de hecho, del progreso generalizado de la economía, e incluso han empeorado en su situación.

Los peligros de una situación de desarrollo económico, concebido en términos de liberalismo, han sido denunciados lúcida y proféticamente por Pablo VI – a causa de las nefastas consecuencias sobre los equilibrios mundiales y la paz – ya en 1967, después del Concilio Vaticano II, con la Encíclica Populorum progressio. El Pontífice indicó, como condiciones imprescindibles para la promoción de un auténtico desarrollo, la defensa de la vida y la promoción del progreso cultural y moral de las personas. Sobre tales fundamentos, Pablo VI afirmaba que el desarrollo plenario y planetario «es el nuevo nombre de la paz».

A cuarenta años de distancia, en el año 2007, el Fondo Monetario Internacional reconocía, en su Informe anual, la estrecha conexión por una parte de un proceso de globalización que no ha sido gobernado adecuadamente, y las fuertes desigualdades a nivel mundial por el otro. Hoy los modernos medios de comunicación hacen evidentes a todos los pueblos, ricos y pobres, las desigualdades económicas, sociales y culturales que se han producido a nivel global, creando tensiones e imponentes movimientos migratorios.

Más aún, se ha de reafirmar que el proceso de globalización, con sus aspectos positivos está a la base del grande desarrollo de la economía mundial del siglo XX. Vale la pena recordar que, entre el 1900 y el 2000, la población mundial casi se cuadruplicó y que la riqueza producida a nivel mundial creció en modo mucho más rápido de manera que los ingresos medios per cápita aumentaron fuertemente. A la vez, sin embargo, no ha aumentado la equitativa distribución de la riqueza; sino que en muchos casos ha empeorado.

¿Pero qué es lo que ha impulsado al mundo en esta dirección extremadamente problemática incluso para la paz?

Ante todo, un liberalismo económico sin reglas y sin supervisión. Se trata de una ideología, de una forma de «apriorismo económico», que pretende tomar de la teoría las leyes del funcionamiento del mercado y las denominadas leyes del desarrollo capitalista, exagerando algunos de sus aspectos. Una ideología económica que establezca a priori las leyes del funcionamiento del mercado y del desarrollo económico, sin confrontarse con la realidad, corre el peligro de convertirse en un instrumento subordinado a los intereses de los Países que ya gozan, de hecho, de una posición de mayores ventajas económicas y financieras.

Reglas y controles, si bien de manera imperfecta, con frecuencia están presentes a nivel nacional y regional; sin embargo a nivel internacional, dichas reglas y controles se realizan y se consolidan con dificultad.

A la base de las disparidades y de las distorsiones del desarrollo capitalista, se encuentra en gran parte, además de la ideología del liberalismo económico, la ideología utilitarista, es decir la impostación teórico-práctica según la cual «lo que es útil para el individuo conduce al bien de la comunidad». Es necesario notar que una «máxima» semejante, contiene un fondo de verdad, pero no se puede ignorar que no siempre lo que es útil individualmente, aunque sea legítimo, favorece el bien común. En más de una ocasión es necesario un espíritu de solidaridad que trascienda la utilidad personal por el bien de la comunidad.

En los años veinte del siglo pasado, algunos economistas ya habían puesto en guardia para que no se diera crédito excesivamente, en ausencia de reglas y controles, a esas teorías, que hoy se han transformado en ideologías y praxis dominantes a nivel internacional.

Un efecto devastante de estas ideologías, sobre todo en las últimas décadas del siglo pasado y en los primeros años del nuevo siglo, ha sido la explosión de la crisis, en la que aún se encuentra sumergido el mundo.

Benedicto XVI, en su encíclica social, ha individuado de manera precisa la raíz de una crisis que no es solamente de naturaleza económica y financiera, sino antes de todo, es de tipo moral, además de ideológica. La economía, en efecto – observa el Pontífice – tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. El Papa ha denunciado, a continuación, el papel desempeñado por el utilitarismo y por el individualismo, así como las responsabilidades de quienes los han asumido y difundido como parámetro para el comportamiento óptimo de aquellos – operadores económicos y políticos – que actúan e interactúan en el contexto social. Pero Benedicto XVI ha también descubierto y denunciado una nueva ideología, la «ideología de la tecnocracia».


2. El rol de la técnica y el desafío ético.


El enorme desarrollo económico y social del siglo pasado, ciertamente luego con sus luces, pero también con sus graves aspectos de sombra, se debe, en gran parte, al continuado desarrollo de la técnica y, en las décadas más recientes, a los progresos de la informática y a sus aplicaciones, a la economía y, en primer lugar, a las finanzas.

Para interpretar con lucidez la actual nueva cuestión social, es necesario evitar el error, hijo también de la ideología neoliberal, de considerar que los problemas por afrontar son de orden exclusivamente técnico. En cuanto tales, escaparían a la necesidad de un discernimiento y de una valoración de tipo ético. Pues bien, la encíclica de Benedicto XVI pone en guardia contra los peligros de la ideología de la tecnocracia, es decir de aquella absolutización de la técnica que «tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia» y a minimizar el valor de las decisiones del individuo humano concreto que actúa en el sistema económico-financiero, reduciéndolas a meras variables técnicas. La cerrazón a un «más allá», comprendido como algo más, respecto a la técnica, no sólo hace imposible el encontrar soluciones adecuadas para los problemas, sino que empobrece cada vez más, a nivel material y moral, a las principales víctimas de la crisis.

También en el contexto de la complejidad de los fenómenos, la relevancia de los factores éticos y culturales no puede, por lo tanto ser desatendida ni subestimada. La crisis, en efecto, ha revelado comportamientos de egoísmo, de codicia colectiva y de acaparamiento de los bienes a grande escala. Nadie puede resignarse a ver al hombre vivir como «un lobo para el otro hombre», según la concepción evidenciada por Hobbes. Nadie, en conciencia, puede aceptar el desarrollo de algunos Países en perjuicio de otros. Si no se pone remedio a las diversas formas de injusticia, los efectos negativos que se producirán a nivel social, político y económico estarán destinados a originar un clima de hostilidad creciente, e incluso de violencia, hasta minar las bases mismas de las instituciones democráticas, aún de aquellas consideradas más sólidas.

Por el reconocimiento de la primacía del ser respecto al del tener, de la ética respecto a la economía, los pueblos de la tierra deberían asumir, como alma de su acción, una ética de la solidaridad, abandonando toda forma de mezquino egoísmo, abrazando la lógica del bien común mundial que trasciende el mero interés contingente y particular. Deberían, en fin de cuentas, mantener vivo el sentido de pertenencia a la familia humana en nombre de la común dignidad de todos los seres humanos: «por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad».

Ya en 1991, después del fracaso del colectivismo marxista, el Beato Juan Pablo II había puesto en guardia contra el peligro de «una idolatría del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías». Es preciso, hoy sin demora acoger su amonestación y tomar un camino más en sintonía con la dignidad y con la vocación trascendente de la persona y de la familia humana.

3. El gobierno de la globalización.

En el camino hacia la construcción de una familia humana más fraterna y más justa y, aún antes, de un nuevo humanismo abierto a la trascendencia, se presenta particularmente actual la enseñanza del Beato Juan XXIII. En la profética Carta encíclica Pacem in terris del 1963, él advertía ya que el mundo se estaba dirigiendo hacia una unificación cada vez mayor. Tomaba pues conciencia, del hecho que en la comunidad humana, había disminuido la correspondencia entre la organización política a nivel mundial y las exigencias objetivas del bien común universal. Por consiguiente, auguraba fuera creada un día, una «Autoridad pública mundial».

Ante la unificación del mundo, propiciada por el complejo fenómeno de la globalización; ante la importancia de garantizar, además de los otros bienes colectivos, el bien representado por un sistema económico-financiero mundial libre, estable y al servicio de la economía real, la enseñanza de la Pacem in terris se presenta, hoy en día, aún más vital y digna de urgente concretización.

El mismo Benedicto XVI, en el surco trazado por la Pacem in terris, ha expresado la necesidad de constituir una Autoridad política mundial. Dicha necesidad se presenta además evidente, si se piensa que la agenda de cuestiones a tratar a nivel global se hace cada vez más amplia. Piénsese, por ejemplo, en la paz y la seguridad; en el desarme y el control de armamentos; en la promoción y la tutela de los derechos humanos fundamentales; en el gobierno de la economía y en las políticas de desarrollo; en la gestión de los flujos migratorios y en la seguridad alimentaria; en la tutela del medio ambiente. En todos esos campos, resulta cada vez más evidente la creciente interdependencia entre los Estados y las regiones del mundo, y la necesidad de respuestas, no sólo sectoriales y aisladas, sino sistemáticas e integradas, inspiradas por la solidaridad y por la subsidiaridad, y orientadas hacia el bien común universal.

Como lo recuerda Benedicto XVI, si no se sigue ese camino, también «el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes».

La finalidad de la Autoridad pública, recordaba ya Juan XXIII en la Pacem in terris, es, ante todo, la de servir al bien común. Dicha Autoridad, por tanto, debe dotarse de estructuras y mecanismos adecuados, eficaces, es decir, a la altura de la propia misión y de las expectativas que en ella se ponen. Esto es particularmente verdadero al interno de un mundo globalizado, que hace a las personas y a los pueblos permanecer cada vez más interconectados e interdependientes, pero que muestra también el peso del egoísmo y de los intereses sectoriales, entre los cuales la existencia de mercados monetarios y financieros de carácter prevalentemente especulativo, perjudiciales para la «economía real», en especial de los Países más débiles.

Es este un proceso complejo y delicado. Tal Autoridad supranacional debe, en efecto, poseer una impostación realista y ha de ponerse en práctica gradualmente, para favorecer también la existencia de sistemas monetarios y financieros eficientes y eficaces, es decir, mercados libres y estables, disciplinados por un marco jurídico adecuado, funcionales en orden al desarrollo sostenible y al progreso social de todos, e inspirados por los valores de la caridad y de la verdad. Se trata de una Autoridad con un horizonte planetario, que no puede ser impuesta por la fuerza, sino que debería ser la expresión de un acuerdo libre y compartido, más allá de las exigencias permanentes e históricas del bien común mundial, y no fruto de coerciones o de violencias. Debería surgir de un proceso de maduración progresiva de las conciencias y de las libertades, así como del conocimiento de las crecientes responsabilidades. No pueden, en consecuencia, ser desatendidos considerandos superfluos, elementos como la confianza recíproca, la autonomía y la participación. El consenso debe involucrar, un número cada vez mayor de Países que se adhieren por convicción, mediante ese diálogo sincero que no margina, sino más aún que valora las opiniones minoritarias. La Autoridad mundial debería, pues, involucrar coherentemente a todos los pueblos en una colaboración a la que están llamados a contribuir con el patrimonio de sus propias virtudes y civilizaciones.

La constitución de una Autoridad política mundial debería estar precedida por una fase preliminar de concertación, de la que emergerá una institución legitimada, capaz de proporcionar una guía eficaz y, al mismo tiempo, de permitir que cada País exprese y procure el propio bien particular. El ejercicio de una Autoridad semejante, puesta al servicio del bien de todos y de cada uno, será necesariamente super partes, es decir, por encima de toda visión parcial y de todo bien particular, en vistas a la realización del bien común. Sus decisiones no deberán ser el resultado del pre-poder de los Países más desarrollados sobre los Países más débiles. Deberán, en cambio, ser asumidas que asumirlas, en el interés de todos y no sólo en ventaja de algunos grupos formados por lobbies privadas o por Gobiernos nacionales.

Una institución supranacional, expresión de una «comunidad de las Naciones», no podrá por otra parte, durar por mucho tiempo, si las diversidades de los Países, a nivel de las culturas, de los recursos materiales e inmateriales, y de las condiciones históricas y geográficas, no son reconocidas y plenamente respetadas. La ausencia de un consenso convencido, alimentado por una incesante comunión moral de la comunidad mundial, debilitaría la eficacia de la correspondiente Autoridad.

Lo que vale a nivel nacional vale también a nivel mundial. La persona no está hecha para servir incondicionalmente a la Autoridad, cuya tarea es la de ponerse al servicio de la persona misma, en coherencia con el valor preeminente de la dignidad del ser humano. Del mismo modo, los Gobiernos no deben servir incondicionalmente a la Autoridad mundial. Esta última, ante todo debe ponerse al servicio de los diversos Países miembros, de acuerdo al principio de subsidiaridad, creando, entre otras, las condiciones socioeconómicas, políticas y jurídicas indispensables también para la existencia de mercados eficientes y eficaces, que no estén hiperprotegidos por políticas nacionales paternalistas, ni debilitados por déficit sistemáticos de las finanzas públicas y de los Productos nacionales que, de hecho, impiden a los mercados operar en un contexto mundial como instituciones abiertas y competitivas.

En la tradición del Magisterio de la Iglesia, retomada con vigor por Benedicto XVI, el principio de subsidiaridad debe regular las relaciones entre el Estado y las comunidades locales, entre las Instituciones públicas y las Instituciones privadas, sin excluir aquellas monetarias y financieras. Así, en un nivel ulterior, debe regir las relaciones entre una eventual, futura Autoridad pública mundial y las instituciones regionales y nacionales. Tal principio es en garantía tanto la legitimidad democrática, como la eficacia de las decisiones de quienes están llamados a tomarlas. Permite respetar la libertad de las personas y de las comunidades de personas y, al mismo tiempo, responsabilizarlas respecto de los objetivos y de los deberes que les competen.

Según la lógica de la subsidiaridad, la Autoridad superior ofrece su subsidium, es decir su ayuda, cuando la persona y los actores sociales y financieros son intrínsecamente inadecuados o no logran hacer por sí mismos lo que les es requerido. Gracias al principio de solidaridad, se construye una relación durable y fecunda entre la sociedad civil planetaria y una Autoridad pública mundial, cuando los Estados, los cuerpos intermedios, las diversas sociedades – incluidas aquellas económicas y financieras – y los ciudadanos toman las decisiones dentro de la prospectiva del bien común mundial, que trasciende el nacional.

«El gobierno de la globalización» - se lee en la Caritas in veritate - «debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente». Sólo así se puede evitar el riesgo del aislamiento burocrático de la Autoridad central, que correría el peligro de la deslegitimación de una separación demasiado grande de las realidades sobre las cuales se funda, y podría fácilmente caer en tentaciones paternalistas, tecnocráticas, o hegemónicas.

Sin embargo permanece aún un largo camino por recorrer antes de llegar a la constitución de una tal Autoridad pública con competencia universal. La lógica desearía que el proceso de reforma se desarrollase teniendo como punto de referencia la Organización de las Naciones Unidas, en razón de la amplitud mundial de sus responsabilidades, de su capacidad de reunir las Naciones de la tierra, y de la diversidad de sus propias tareas y de las de sus Agencias especializadas. El fruto de tales reformas debería ser una mayor capacidad de adopción de políticas y opciones vinculantes, por estar orientadas a la realización del bien común a nivel local, regional y mundial. Entre las políticas aparecen como más urgentes aquellas relativas a la justicia social global: políticas financieras y monetarias que no dañen los Países más débiles; políticas dirigida a la realización de mercados libres y estables y una distribución ecua de la riqueza mundial incluso mediante formas inéditas de solidaridad fiscal global, de la cual se referirá más adelante.

En el proceso de la constitución de una Autoridad política mundial no se pueden desvincular las cuestiones de governance (es decir, de un sistema de simple coordinación horizontal sin una Autoridad super partes), de aquellas de un shared government (es decir de un sistema que, además de la coordinación horizontal, establezca una Autoridad super partes) funcional y proporcionado al gradual desarrollo de una sociedad política mundial. La constitución de una Autoridad política mundial no podrá ser lograda sin una práctica previa de multilateralismo, no sólo a nivel diplomático, sino también y principalmente en el ámbito de los programas para el desarrollo sostenible y para la paz. No se puede llegar a un Gobierno mundial si no es dando una expresión política a interdependencias y cooperaciones preexistentes.

4. Hacia una reforma del sistema financiero y monetario internacional que responda a las exigencias de todos los Pueblos.

En materia económica y financiera, las dificultades más relevantes se derivan de la carencia de un eficaz conjunto de estructuras capaces de garantizar, además de un sistema de governance, un sistema de government de la economía y de las finanzas internacionales.

¿Qué se puede decir de esta prospectiva? ¿Cuáles son los pasos que se deben desarrollar concretamente?

Con referencia al actual sistema económico y financiero mundial, se deben subrayar dos elementos determinantes: el primero es la gradual disminución de la eficiencia de las instituciones de Bretton Woods, desde los inicios de los años Setenta. En particular, el Fondo Monetario Internacional ha perdido un carácter esencial para la estabilidad de las finanzas mundiales, es decir, el de reglamentar la creación global de moneda y de velar sobre el monto de riesgo del crédito asumido por el sistema. En definitiva, ya no se dispone más de ese «bien público universal» que es la estabilidad del sistema monetario mundial.

El segundo factor es la necesidad de un corpus mínimo compartido de reglas necesarias para la gestión del mercado financiero global, que ha crecido mucho más rápidamente que la «economía real» habiéndose velozmente desarrollado, por efecto de un lado, de la abrogación generalizada de los controles sobre los movimientos de capitales y de la tendencia a la desreglamentación de las actividades bancarias y financieras; y, por el otro, con los progresos de la técnica financiera favorecidos por los instrumentos informáticos.

En el plano estructural, en la última parte del siglo anterior, la moneda y las actividades financieras a nivel global crecieron mucho más rápidamente que las producciones de bienes y servicios. En dicho contexto, la cualidad del crédito ha tendido a disminuir, hasta exponer a los institutos de crédito a un riesgo mayor de aquel razonablemente sostenible. Baste observar lo acaecido a los grandes y pequeños institutos de crédito en el contexto de las crisis que se manifestaron en los años ochenta y noventa del siglo anterior y, en fin, en la crisis de 2008.

Aún en la última parte del siglo anterior, se desarrolló la tendencia a definir las orientaciones estratégicas de la política económica y financiera al interno de clubes y de grupos más o menos amplios de los Países más desarrollados. Sin negar los aspectos positivos de este enfoque, no se puede dejar de notar que así, no parece respetarse plenamente el principio representativo, en particular de los Países menos desarrollados o emergentes.

La necesidad de tener en cuenta la voz de un mayor número de Países ha conducido, por ejemplo, a la ampliación de dichos grupos, pasando así del G7 al G20. Ha sido, ésta, una evolución positiva, en cuanto ha consentido involucrar, en las orientaciones para la economía y las finanzas globales, la responsabilidad de Países con una población más elevada, en vías de desarrollo y emergentes.

En el ámbito del G20 pueden, por lo tanto, madurar directrices concretas que, oportunamente elaboradas en las apropiadas sedes técnicas, podrán orientar los órganos competentes a nivel nacional y regional en la consolidación de las instituciones existentes y en la creación de nuevas instituciones con apropiados y eficaces instrumentos a nivel internacional.

Los líderes mismos del G20 afirman en la Declaración final de Pittsburgh de 2009 que «la crisis económica demuestra la importancia de comenzar una nueva era de la economía global basada en la responsabilidad». A fin de hacer frente a la crisis y abrir una nueva era «de la responsabilidad», además de las medidas de tipo técnico y de corto plazo, los leaders proponen una «reforma de la arquitectura global para afrontar las exigencias del siglo XXI»; y por tanto además «un marco que permita definir las políticas y las medidas comunes con el objeto de producir un desarrollo global sólido, sostenible y equilibrado».

Es preciso por tanto, dar inicio a un proceso de profunda reflexión y de reformas, recorriendo vías creativas y realistas, que tiendan a valorizar los aspectos positivos de las instituciones y de los fora ya existentes.

Una atención específica debería reservarse a la reforma del sistema monetario internacional y, en particular, al empeño para dar vida a una cierta forma de control monetario global, desde luego ya implícita en los Estudios del Fondo Monetario Internacional. Es evidente que, en cierta medida, esto equivale a poner en discusión los sistemas de cambio existentes, para encontrar modos eficaces de coordinación y supervisión. Se trata de un proceso que debe involucrar también a los Países emergentes y en vías de desarrollo, al momento de definir las etapas de adaptación gradual de los instrumentos existentes.

En el fondo se delinea, en prospectiva, la exigencia de un organismo que desarrolle las funciones de una especie de «Banco central mundial» que regule el flujo y el sistema de los intercambios monetarios, con el mismo criterio que los Bancos centrales nacionales. Es necesario redescubrir la lógica de fondo, de paz, coordinación y prosperidad común, que portaron a los Acuerdos de Bretton Woods, para proveer respuestas adecuadas a las cuestiones actuales. A nivel regional, dicho proceso podría realizarse con valorización de las instituciones existentes como, por ejemplo, el Banco Central Europeo. Esto requeriría, sin embargo, no sólo una reflexión a nivel económico y financiero, sino también y ante todo, a nivel político, con miras a la constitución de instituciones públicas correspondientes que garanticen la unidad y la coherencia de las decisiones comunes.

Estas medidas se deberían ser concebidas como unos de los primeros pasos en la prospectiva de una Autoridad pública con competencia universal; como una primera etapa de un más amplio esfuerzo de la comunidad mundial por orientar sus instituciones hacia la realización del bien común. Deberán seguir otras etapas, teniendo en cuenta que las dinámicas que conocemos pueden acentuarse, pero también acompañarse de cambios que hoy día sería en vano tratar de prever.

En dicho proceso, es necesario recuperar la primacía de lo espiritual y de la ética y, con ello, la primacía de la política – responsable del bien común – sobre la economía y las finanzas. Es necesario volver a llevar estas últimas al interno de los confines de su real vocación y de su función, incluida aquella social, en vista de sus evidentes responsabilidades hacia la sociedad, para dar vida a mercados e instituciones financieras que estén efectivamente al servicio de la persona, es decir, que sean capaces de responder a las exigencias del bien común y de la fraternidad universal, trascendiendo toda forma de monótono economicismo y de mercantilismo performativo.

En la base de dicho enfoque de tipo ético, parece pues, oportuno reflexionar, por ejemplo,

a) sobre medidas de imposición fiscal a las transacciones financieras, mediante alícuotas equitativas, pero moduladas con gastos proporcionados a la complejidad de las operaciones, sobre todo de las que se realizan en el mercado «secundario». Dicha imposición sería muy útil para promover el desarrollo global y sostenible, según los principios de la justicia social y de la solidaridad; y podría contribuir a la constitución de una reserva mundial de apoyo a los Países afectados por la crisis, así como al saneamiento de su sistema monetario y financiero;

b) sobre formas de recapitalización de los bancos, incluso con fondos públicos, condicionando el apoyo a comportamientos «virtuosos» y finalizados a desarrollar la «economía real»;

c) sobre la definición de ámbito de actividad del crédito ordinario y del Investment Banking. Tal distinción permitiría una disciplina más eficaz de los «mercados paralelos» privados de controles y de límites.

Un sano realismo requeriría el tiempo necesario para construir amplios consensos, pero el horizonte del bien común universal está siempre presente con sus exigencias ineludibles. Es deseable, por consiguiente, que todos los que, en las Universidades y en los diversos Institutos, llamados a formar las clases dirigentes del mañana, es deseable se dediquen a prepararlas para asumir sus propias responsabilidades de discernir y de servir al bien público global, en un mundo que cambia constantemente. Es necesario resolver la divergencia entre la formación ética y la preparación técnica, evidenciando en modo particular la ineludible sinergia entre los campos de la praxis y de la poiésis.

El mismo esfuerzo es requerido a todos los que están en grado de iluminar la opinión pública mundial, para ayudarla a afrontar este mundo nuevo no ya en la angustia, sino en la esperanza y en la solidaridad.


Conclusiones

En medio de las incertezas actuales, en una sociedad capaz de movilizar medios ingentes, pero cuya reflexión en el campo cultural y moral permanece inadecuada respecto a su utilización en orden a la obtención de fines apropiados, estamos llamados a no rendirnos, y a construir sobre todo, un futuro que tenga sentido para las generaciones venideras. No se ha de temer el proponer cosas nuevas, aunque puedan desestabilizar equilibrios de fuerza preexistentes que dominan a los más débiles. Son una semilla que se arroja en la tierra, que germinará y no tardará en dar frutos.

Como ha exhortado Benedicto XVI, son indispensables personas y operadores, en todos los niveles – social, político, económico y profesional – motivados por el valor de servir y promover el bien común mediante una vida buena. Sólo ellos lograrán vivir y ver más allá de las apariencias de las cosas, percibiendo el desvarío entre lo real existente y lo posible nunca antes experimentado.

Pablo VI ha subrayado la fuerza revolucionaria de la «imaginación prospectiva», capaz de percibir en el presente las posibilidades inscritas en él y de orientar a los seres humanos hacia un futuro nuevo. Liberando la imaginación, la persona humana libera su propia existencia. A través de un compromiso de imaginación comunitaria es posible transformar, no sólo las instituciones, sino también los estilos de vida, y suscitar un futuro mejor para todos los pueblos.

Los Estados modernos, en el transcurso del tiempo, se han transformado en conjuntos estructurados, concentrando la soberanía al interior del propio territorio. Sin embargo las condiciones sociales, culturales y políticas han mutado progresivamente. Ha aumentado su interdependencia – hasta llegar a ser natural el pensar en una comunidad internacional integrada y regida cada vez más por un ordenamiento compartido – pero no ha desaparecido una forma deteriorada de nacionalismo, según el cual el Estado considera poder conseguir de modo autárquico, el bien de sus propios ciudadanos.

Hoy, todo eso parece surreal y anacrónico. Hoy, todas las naciones, pequeñas o grandes, junto con sus Gobiernos, están llamadas a superar dicho «estado de naturaleza» que ve a los Estados en perenne lucha entre sí. No obstante de algunos aspectos negativos, la globalización está unificando en mayor medida a los pueblos, impulsándolos a dirigirse hacia un nuevo «estado de derecho» a nivel supranacional, apoyado por una colaboración más intensa y fecunda. Con una dinámica análoga a la que en el pasado ha puesto fin a la lucha «anárquica», entre clanes y reinos rivales, en orden a la constitución de Estados nacionales, la humanidad hoy, tiene que comprometerse en la transición de una situación de luchas arcaicas entre entidades nacionales, hacia un nuevo modelo de sociedad internacional con mayor cohesión, poliárquica, respetuosa de la identidad de cada pueblo, dentro de las múltiples riquezas de una única humanidad. Este pasaje, que por lo demás tímidamente ya se está en curso, aseguraría a los ciudadanos de todos los Países – cualquiera que sea la dimensión o la fuerza que posee – paz y seguridad, desarrollo, libres mercados, estables y transparentes. «Así como dentro de cada Estado [...] el sistema de la venganza privada y de la represalia ha sido sustituido por el imperio de la ley – advierte Juan Pablo II – «así también es urgente ahora que semejante progreso tenga lugar en la Comunidad internacional».

Los tiempos para concebir instituciones con competencia universal llegan cuando están en juego bienes vitales y compartidos por toda la familia humana, que los Estados, individualmente, no son capaces de promover y proteger por sí solos.

Existen, pues, las condiciones para la superación definitiva de un orden internacional «westphaliano», en el que los Estados perciben la exigencia de la cooperación, pero no asumen la oportunidad de una integración de las respectivas soberanías para el bien común de los pueblos.

Es tarea de las generaciones presentes reconocer y aceptar conscientemente esta nueva dinámica mundial hacia la realización de un bien común universal. Ciertamente, esta transformación se realizará al precio de una transferencia gradual y equilibrada de una parte de las competencias nacionales a una Autoridad mundial y a las Autoridades regionales, pero esto es necesario en un momento en el cual el dinamismo de la sociedad humana y de la economía, y el progreso de la tecnología trascienden las fronteras, que en el mundo globalizado, de hecho están ya erosionadas.

La concepción de una nueva sociedad, la construcción de nuevas instituciones con vocación y competencia universales, son una prerrogativa y un deber de todos, sin distinción alguna. Está en juego el bien común de la humanidad, y el futuro mismo.

En este contexto, para cada cristiano hay una especial llamada del Espíritu a comprometerse con decisión y generosidad, para que las múltiples dinámicas en acto, se dirijan las hacia prospectivas de la fraternidad y del bien común. Se abren inmensas áreas de trabajo para el desarrollo integral de los pueblos y de cada persona. Como afirman los Padres del Concilio Vaticano II, se trata de una misión al mismo tiempo social y espiritual que, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios».

En un mundo en vías de una rápida globalización, remitirse a una Autoridad mundial llega a ser el único horizonte compatible con las nuevas realidades de nuestro tiempo y con las necesidades de la especie humana. No ha de ser olvidado, sin embargo, que esta paso, dada la naturaleza herida de los seres humanos, no se realiza sin angustias y sufrimientos.

La Biblia, con el relato de la Torre de Babel (Génesis 11,1-9) advierte cómo la «diversidad» de los pueblos puede transformarse en vehículo de egoísmo e instrumento de división. En la humanidad está muy presente el riesgo de que los pueblos terminen por no comprenderse más y que las diversidades culturales sean motivo de contraposiciones insanables. La imagen de la Torre de Babel también nos señala que es necesario preservarse de una «unidad» sólo aparente, en la que no cesan los egoísmos y las divisiones, porque los fundamentos de la sociedad no son estables. En ambos casos, Babel es la imagen de lo que los pueblos y los individuos pueden llegar a ser cuando no reconocen su intrínseca dignidad trascendente y su fraternidad.

El espíritu de Babel es la antítesis del Espíritu de Pentecostés (Hechos 2, 1-12), del designio de Dios para toda la humanidad, es decir, la unidad en la diversidad. Sólo un espíritu de concordia, que supere las divisiones y los conflictos, permitirá a la humanidad el ser auténticamente una única familia, hasta concebir un mundo nuevo con la constitución de una Autoridad pública mundial, al servicio del bien común.
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domingo, 23 de octubre de 2011

TORRALBA: “LA ATROFIA DE LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL CONDUCE AL FANATISMO Y AL MANIQUEÍSMO”


Entrega del I Premio Pántheon a Francesc Torralba por 'Inteligencia espiritual'
Carolina Vincelli aposto por establecer una “relación más madura con la espiritualidad”
José Manuel Vidal, Religion digital. 06 de octubre de 2011
Carolina Vincelli, presidenta de la Fundación Raúl González Salas entregó ayer, en un brillante acto celebrado en la Torre de los Lujanes de Madrid, el I Premio Phánteon al filósofo, teólogo y escritor catalán Francesc Torralba por su obra 'Inteligencia espiritual' (Plataforma Editorial). "Un premio al mejor libro sobre espiritualidad del año 2010" y "poco habitual", como reconoció la presidente de RGS. El premiado agradeció el galardón y apostó por el cultivo de la inteligencia espiritual. Entre otras cosas, porque "su atrofia conduce al fanatismo y al maniqueísmo".
Acompañada en la mesa presidencial por Francesc Torralba y por dos miembros del jurado del premio, Pedro Tarquis, director de Protestante Digital, y José Antonio Vázquez, monje cisterciense de Santa María de Huerta, la presidenta de la Fundación RGS explicó que lo que pretende su Fundación con esta iniciativa es "romper una lanza en favor del cultivo de la dimensión espiritual de la persona". Una dimensión, "olvidada cuando no maltratada en la actualidad".
De ahí que Carolina Vincelli abogase por establecer una relación "más madura" con la espiritualidad, para "entrelazar nuestra vidas con la Vida", porque "todos pertenecemos al Todo".
Por su parte, el monje cisterciense José Antonio Vázquez Mosquera, como miembro del jurado, destaco que se trata de un "premio necesario y singular", concedido a un libro "serio, profundo y ameno", a través del cual se escuchan las voces de los místicos y de los sabios. Un premio que "plantea la urgencia de descubrir la espiritualidad como una experiencia transformadora". Tanto a nivel personal como social.
Según el monje cisterciense, "la modernidad ha producido logros, pero también carencias". Y entre estas últimas citó el hambre, la pobreza, la crisis ecológica, las guerras, la violencia, el nihilismo, la superficialidad o la tecnocracia. Ante este situación apostó por sumarse "al anhelo generalizado" de buscar "un mundo más humano". Y reconoció que, "aunque la espiritualidad no tiene solución a todos los problemas, ayuda a que las soluciones sean más profundas e integrales". A su juicio, "sin el cultivo de la espiritualidad, el mundo no podrá llegar a ser un verdadero hogar para la humanidad".
El premiado, Francesc Torralba, tras agradecer el galardón, disertó, sin papales delante y con una extraordinaria capacidad pedagógica, sobre las motivaciones que le llevaron a escribir el libro y a interesarse por el tema de la inteligencia espiritual. Un concepto de procedencia anglosajona sobre el que, en otras partes del mundo, se viene reflexionando desde hace tiempo.
A su juicio, con la inteligencia espiritual se pueden conseguir básicamente dos objetivos. En primer lugar, "la capacidad de profundidad o de trascender lo superficial". El que cultiva la inteligencia espiritual "no se contenta con el tópico ni se queda en la epidermis de las cosas, sino que trata de ahondar hasta el infinito".
El otro beneficio que, según Torralba, se obtiene del cultivo de la inteligencia espiritual es "la conciencia de ser parte de un Todo y la capacidad de ver antes lo que une que lo que separa". Porque, como dice el Tao Te King, "el necio sólo percibe la diferencia, mientras el sabio capta lo que une".
Y es que, cuando la inteligencia espiritual queda atrofiada, se suelen provocar, según el autor, dos consecuencias dramáticas: el fanatismo y el maniqueísmo. "El fanático sólo ve lo que le separa del otro y convierte al que no piensa como él en enemigo a abatir o a convertir". En segundo lugar, la atrofia de la inteligencia espiritual conduce al maniqueísmo de buenos y malos. Torralba invitó a superar el fanatismo y el maniqueísmo y "ver siempre las semillas de verdad que hay en el otro".
El colofón artístico a la entrega del premio Pántheon lo pusieron Pedro Tarquis con la lectura de dos preciosos poemas compuestos por él y los hermanos Martos, que deleitaron a los presentes con una preciosa interpretación al violín y a la viola de extractos de las 'Variaciones Goldberg' de Bach.
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