sábado, 20 de noviembre de 2010

La España católica y Benedicto XVI

Benajmín Forcano

Ha asomado en días pasados la pugna de quienes, invocando el carácter “laico” de la sociedad española, pretenden cuestionar el derecho a la libertad religiosa. Aclaro que me resulta confuso el calificativo de “laico” aplicado a la sociedad española, pues la palabra se la suele emplear como contrapuesta a lo clerical y subordinada a él y derivativamente como opuesta a lo religioso.
El sentido original de laico no es ese. Resulta más acertado reivindicar su uso como propiedad y aptitud para convivir como humano en cualquier tipo de pueblo o ciudad, independientemente de su condición religiosa o atea.
En esta convivencia nos acompaña el hecho de que, siendo todos ciudadanos (laicos), nos encontramos distintos a la hora del quehacer religioso. España, una sociedad “laica”, es decir, popular, compuesta de ciudadanos, se profesa mayoritariamente católica (un 73,2 % y hasta un 80 % según las encuestas). Las otras religiones: islámica, protestante, ortodoxa, judía, budista, baha´is, mormón, etc. no llegan al 5 %. Y existe también un porcentaje de no creyentes.
La realidad de España en el presente no se entiende si no se consideran hechos históricos que la han configurado de arriba a abajo. Durante más de cuatro siglos, después de la expulsión de los judíos en 1492 y de los moriscos en 1609, la religión católica ha sido la oficial. Y lo ha sido (tras el paréntesis breve de la II República) hasta la promulgación de la Constitución en que se declara que ninguna religión tendrá carácter estatal, afirmando por tanto la aconfesionalidad del Estado.
A una sociedad por tantos siglos confesionalmente católica es natural que le haya impregnado por todos sus poros la religión católica y siga dependiendo de ella muy mayoritariamente. Es algo que pertenece a su larga cultura (arquitectura, arte, filosofía, teología, derecho, literatura, política, instituciones, hábitos, costumbres, etc.), lo cual muestra que ella ha desempeñado un papel preponderante que no han ejercido ni ejercen las otras religiones. Y ese papel afecta a las autoridades e instituciones que son expresión y representan a esa sociedad y unas y otras tienden a actuar como lo que han sido siempre. Y, en muchos casos, resultará normal la participación de autoridades e instituciones en la expresión de hechos y celebraciones religiosas católicas, como a su vez y en distinta medida podrá resultar en las otras religiones.
Cada pueblo ha ido creando la manera de celebrar individual, comunitaria e institucionalmente acontecimientos importantes de la vida, respetando la libertad de aquellos que no desean celebrarlos o desean celebrarlos de otra manera.
No sé si lo que acabo de decir ayuda a comprender el último viaje de Benedicto XVI a Santiago y Barcelona. Sería bueno que recompusiéramos el escenario del cristianismo originario y lo comparásemos con el actual del cristianismo histórico. Uno y otro son nuestros, a ellos pertenecemos. Veinte siglos de proceso y evolución, de movimientos renovadores, de reformas y contrarreformas, de guerras de religión, de emancipación y esclavitud de los poderes políticos, de dialéctica entre la vuelta al Evangelio y claudicación a intereses del poder.
Veinte siglos, desde aquel minúsculo comienzo, simple aunque no sin perspectivas distintas y controversias; veinte siglos viendo crecer a la cristiandad desde su persecución en las catacumbas a la cima de los imperios; veinte siglos que han ido acumulando vida, historia, lucha, dolor, indignidades y excelencias, fidelidad y aberraciones y que, llegados al momento presente, la vemos a caballo de una civilización “cristiana” globalizada, entremezclada con todos los adelantos, avatares y contradicciones del progreso técnico-científico, económico-político, comercial y mediático. Veinte siglos de distancia entre el portal de Belén y la basílica del Vaticano, entre Nazaret-Jerusalén y las urbes modernas; entre el campesino Jesús de Nazaret, seguido por un puñado de amigos y el papa Benedicto XVI, jefe de mil millones de católicos; veinte siglos entre el peregrino apóstol Santiago y el monumental templo erguido en la Praza del Obradoiro; viente siglos entre la aldeana familia de José y María y la Sagrada Familia de la ingente Basílica de Gaudí.
Pero, esa es la realidad y la historia, a la cual pertenecen la mayoría de los españoles.
Desde siempre, en el curso histórico del cristianismo, se han mezclado los innovadores y los conservadores, los profetas y los inquisidores, los santos y los canallas. Y, desde siempre, ha actuado vivo el fermento de la crítica, de la conversión y de la reforma. Ha actuado sobre todo y de una manera solemne en el concilio Vaticano II. El fue el máximo intento de cambio, de diálogo, de renovación y de reconciliación con la modernidad. Y, desde él, se han reiterado planteamientos que suenan como denuncia y desafío para la actual estructura de la Iglesia, anclada en el poder absoluto del Papa y en una Constitución no democrática.
Natural que, en este contexto, persista el debate entre los mismos católicos, no tanto porque el Papa viaje y lo haga como no hubiera podido hacerlo en su tiempo Pedro ni Pablo, sino porque viaja como un jefe de Estado y se ve obligado a ser recibido por las autoridades del Estado y, también, porque viaja como jefe absoluto de todos los obispos con una autoridad suprema, infalible, que lo aleja obviamente del modo de ser y proceder de Jesús de Nazaret y del espíritu y procedimientos originarios de lo que El inició.
Se puede atestiguar ciertamente que estos viajes del Papa llegan a una sociedad que lo acoge y reconoce como factor de orientación, de unidad y de compromiso en medio de los problemas que vive como Iglesia y que en buen grado comparte con la sociedad entera. Pero, la sociedad -católica y no católica- se pregunta si esos viajes son realmente pastorales, si se realizan despojados de toda la pompa que les es impropia, si el Papa no usufructúa indebidamente la representatividad y ventajas de un jefe de Estado y carga sobre él funciones y gastos que no debieran acompañar al humilde sucesor de Pedro. ¿Sucumbe, en este caso, el Estado a unos privilegios de tratamiento que la misma Iglesia católica debiera renunciar?
En todo caso, ni fundamentalismo católico ni fundamentalismo laico excluyentes, sino convivencia pacífica en la pluralidad. Tan cierto como que “No puede darse ninguna discriminación por razón de religión, pues todos los españoles son iguales ante la ley” (Constitución, Cap. II, Art. 14), lo es también que “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y tendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones” (Cap. II, Art. 16,3). La Declaración Universal de los Derechos Humanos subraya como legítimo “el derecho de toda persona a la libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y al observancia” (Art. 18).
No sé si, en medio de esta complejidad, nos sería dado adentrarnos en la intimidad de Benedicto XVI y sorprenderlo proclamando lo que escribe José Arregi: : “Hermanas, hermanos. Quiero viajar a Santiago y Barcelona como un peregrino más, a lo sumo con el simple obispo de Roma, que soy, ni siquiera elegido por los cristianos de Roma, para humillación mía y de ellos. Es verdad, lo reconozco: yo mismo moví los hilos para ser nombrado Papa y cabeza de la Iglesia universal. Lo siento. Es que entonces, cuando movía los hilos, yo no era aún infalible, y ahora que los hilos se han vuelto una maraña tampoco lo soy, bien lo sé yo; admitid que no lo sea y aliviadme de esa carga de la historia , del peso de un Estado, del peso de toda la Iglesia, de este demoledor peso del poder y de la verdad absoluta, excesivo para un hombre.
A mis 83 años, y lleno de achaques, yo sería feliz con mis paseos y mis libros, con mi música y mi piano, con mi oración y mi silencio. Conozco a Jesús, conozco la historia y también me conozco. Yo quiero simplemente viajar a Santiago y encontrarme allí, nada más, con peregrinas y peregrinos como yo, y que todos nos sintamos acompañados por aquel bendito Peregrino que acompañaba a los abatidos discípulos de Emaús. Quiero ir a Barcelona y orar en silencio en el templo de Gaudí que llaman modernista, y encender una lamparita y hacer votos para que la Iglesia se reconcilie por fin con la modernidad y con todas las culturas, y bendecir a todas las familias tal como son y sentir que todas son sagradas siendo como son, tan distintas y tan parecidas a aquella sagrada familia de Nazaret. Dejadme ser hombre, dejadme ser un simple peregrino como vosotros” (José Arregi, teólogo).
Esta cultura de comprensión, tolerancia activa e integración es hacia donde caminamos. Venimos de una pasado donde muchas cosas eran de otra manera, pero por muchos y buenos motivos hemos ido cambiando, nos hemos hecho menos dogmáticos y excluyentes, y acabamos entendiendo que unos y otros somos libres – nada vale si se quita esa libertad- y que podemos convivir pacíficamente en el respeto, diálogo y cooperación, sin necesidad de excluirnos ni enfrentarnos. Porque si es mucho lo que nos diferencia, es mucho más lo que une y hermana.

Benjamín Forcano

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