sábado, 6 de noviembre de 2010

"El acusador de sus hermanos"

José Cristo Rey García Paredes, cmf
Miércoles 03 de Noviembre del 2010

No hace falta que sea Satán. Los tenemos entre nosotros. Se sienten poderosos y cuentan con excelentes medios para publicarlo. Les ha entrado la manía de hablar mal de la vida religiosa. La encuentran en estado de debilidad -según su impresión- y con sus palabras -que ellos creen proféticas- se arrogan el pedirle un cambio de rumbo; como si se hubiera instaurado en los institutos religiosos apostólicos -masculinos y femeninos- un demonio perverso, secularizador, que ha infectado casi todo. Estos profetas acusadores de sus hermanos y hermanas, lo dicen más o menos así: ¡están envejecidos, no tienen vocaciones, se han secularizado, se han vuelto individualistas, nos son fieles a la jerarquía, desobedecen, se dedican a cuestiones sociales, han perdido la identidad religiosa, se interesan más por problemas sociales (justicia, paz y ¡hasta ecología!) y políticos que por anunciar la vida eterna…! Quienes así se expresan condenan a miles y miles de religiosos y religiosas y si ofrecen alguna solución, ésta nada tiene que ver con el futuro ni con la esperanza cristiana, sino con una vuelta atrás y quién sabe dónde ponen esa meta rumbo al pasado.

Quienes así hablan olvidan palabras de Jesús como éstas: “No juzguéis y no seréis juzgados”, “quien esté sin pecado que tire la primera piedra”. Nunca la vida consagrada se ha auto-analizado tanto como en este tiempo (y quizá hasta en exceso). Solo habría que asistir a nuestros Capítulos, a nuestras Asambleas o nuestras reuniones comunitarias para ver cómo detectamos nuestras limitaciones y pecados. Lo hacemos frecuentemente a la luz de la Palabra de Dios y confrontándonos con las necesidades de nuestro mundo, lo expresamos en nuestras públicas peticiones de perdón y misericordia, en nuestras conversaciones sinceras y sin tapujos.

Es muy grave e intolerable que se nos acuse de haber roto la Alianza con nuestro Abbá, con Jesús, con su Espíritu, con su comunidad la Iglesia, diciendo que nos hemos vuelto secularistas y hemos perdido nuestra identidad. ¿En nombre de quien hablan tales personas que de modo tan presuntuoso acusan a un gran colectivo eclesial? ¿No se dan cuenta que hablando así, implican al mismo Dios, haciéndolo responsable de un castigo, que consiste en privar de vocaciones a los institutos que así actúan?

Es penoso que entre esas personas “notables” que así “profetizan” haya “pastores” que además son “religiosos”: es decir, ¡hermanos nuestros de vida religiosa! Esos hermanos son los que nos acusan.

La vida religiosa o consagrada no está dejada de la mano de Dios. Dios está con ella y, más aún, en estos tiempos. Pero, no por ello, se ha vuelto presuntuosa: ella misma sabe reconocer su pecado y sus limitaciones; ha renunciado a las explicaciones perfeccionistas de su identidad, a considerarse superior a los demás, como nunca lo había hecho a lo largo de la historia. Quiere compartir su carisma y misión con el laicado y ofrecer lo mejor de sí misma a la sociedad. Quiere ser una humilde prolongación de la vida y misión de Jesús en la tierra, movida por los carismas que el Espíritu le concede. La vida consagrada actual se siente misionera, y quiere ir allá donde el Espíritu la lleve. Pero también lucha contra los malos espíritus que intentan desviarla y destruirla. Trata de reinterpretarse a sí misma en un cambio de época y se muestra abierta a la metanoia, al cambio de mentalidad y aun de estructuras.

Si en Europa la vida consagrada cuenta con una gran mayoría de personas ancianas y enfermas, se trata de un don que hay que agradecer a Dios. Ser anciano no es una desgracia, ni siguiera formar parte del grupo de los últimos ancianos -si ese fuera el querer de Dios-. ?En no pocas ancianas y ancianos brilla el esplendor de una experiencia mística, que los ha ido modelando paso a paso. Son personas guiadas por el Espíritu, portadoras de sabiduría, que ofrecen sus días al Dios en que ciegamente confían. Nuestros ancianos son en múltiples casos nuestros “tesoros”. ¿Porqué no puede repetirse el milagro de nuevos Isaacs nacidos de Abraham y del seno ya anciano y apaciguado de Sara? ¿Porqué no confiar en el poder fecundo del Espíritu Santo, que hasta ahora ha concedido el carisma?¿Porqué en lugar de tanta lamentación, no le pedimos a Dios que enaltezca a los humillados como la madre de Samuel?

He asistido a varios Capítulos Generales. En ninguno de ellos he respirado aires de funeral. He percibido cómo el espíritu del mal es exorcizado como nunca: se lucha contra la hipocresía, el fariseismo, la ambición, la mentira.He percibido cómo se ora y cómo soñando lo imposible se preparan los institutos para lo imprevisible. Y no pocos institutos descubren cómo el Espíritu les concede una nueva fecundidad donde menos esperaban, o de seguro se la concederá.

A los “acusadores de sus hermanos” yo les diría que superen sus tentaciones satánicas y que contribuyan así a la llegada del Reinado de Dios, porque -como dice el libro del Apocalipsis, 12,10- llega el Reinado de nuestro Dios cuando es precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche?

La vida consagrada merece un gran voto de confianza. Su verdadera muerte sería aislarla del mundo, de la comunidad cristiana, de su comunión creciente con el laicado. Pero, sobre todo, quien merece un gran voto de confianza es el gran Protagonista de todo, el Espíritu Santo, nuestra Santa Ruah, que guía a la Iglesia y a sus comunidades dentro de ella y sana y hace crecer el Cuerpo de Cristo, que es su Esposa la Iglesia. Dejémonos de vanos vaticinios y confiemos en que “el Dios que nos lo dio, Él nos lo quitó” y que -sobre todo. Aquel que es fiel, a pesar de nuestras pequeñas o grandes infidelidades, es capaz de sacar de las piedras hijos de Abraham. Dios, nuestro Abbá, no se olvida de su santa Alianza.

Una anciana religiosa me decía unos meses antes de morir: “Y si pasa, ¿qué pasa?”. Era tal su confianza en Dios que estaba cierta de que pasara lo que pasara allí seguiría nuestro Dios cumpliendo sus promesas. Dejemos de acusarnos unos a otros. Que lo haga Satán, pero que no cuente con ninguno de nosotros, en ninguna dirección.

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