lunes, 22 de noviembre de 2010

El Pacto de las Catacumbas


Un grupo de obispos durante el Concilio Vaticano II, en 1965, reunidos en la catacumba de Santa Domitila, suscribieron el Pacto de las Catacumbas, con el liderazgo de Dom Hélder Câmara, en un intento valeroso de tratar de reflejar mejor la Iglesia de Jesús, comunidad de los creyentes

El 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio, cerca de 40 padres conciliares celebraron una eucaristía en las catacumbas de santa Domitila. Pidieron "ser fieles al espíritu de Jesús", y al terminar la celebración firmaron lo que llamaron "el pacto de las catacumbas".

El "pacto" es una invitación a los "hermanos en el episcopado" a llevar una "vida de pobreza" y a ser una Iglesia "servidora y pobre" como lo quería Juan XXIII. Los firmantes -entre ellos muchos latinoamericanos y brasileños, a los que después se unieron otros- se comprometían a vivir en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral.

“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.
2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.
3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc, a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas.Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.
4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.
5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.
6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.
7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.
8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis.
Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.
9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.
10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.
11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:
* a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
* a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.
12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,
* nos esforzaremos para "revisar nuestra vida" con ellos;
* buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
* procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
* nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.
13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.
Que Dios nos ayude a ser fieles
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sábado, 20 de noviembre de 2010

La España católica y Benedicto XVI

Benajmín Forcano

Ha asomado en días pasados la pugna de quienes, invocando el carácter “laico” de la sociedad española, pretenden cuestionar el derecho a la libertad religiosa. Aclaro que me resulta confuso el calificativo de “laico” aplicado a la sociedad española, pues la palabra se la suele emplear como contrapuesta a lo clerical y subordinada a él y derivativamente como opuesta a lo religioso.
El sentido original de laico no es ese. Resulta más acertado reivindicar su uso como propiedad y aptitud para convivir como humano en cualquier tipo de pueblo o ciudad, independientemente de su condición religiosa o atea.
En esta convivencia nos acompaña el hecho de que, siendo todos ciudadanos (laicos), nos encontramos distintos a la hora del quehacer religioso. España, una sociedad “laica”, es decir, popular, compuesta de ciudadanos, se profesa mayoritariamente católica (un 73,2 % y hasta un 80 % según las encuestas). Las otras religiones: islámica, protestante, ortodoxa, judía, budista, baha´is, mormón, etc. no llegan al 5 %. Y existe también un porcentaje de no creyentes.
La realidad de España en el presente no se entiende si no se consideran hechos históricos que la han configurado de arriba a abajo. Durante más de cuatro siglos, después de la expulsión de los judíos en 1492 y de los moriscos en 1609, la religión católica ha sido la oficial. Y lo ha sido (tras el paréntesis breve de la II República) hasta la promulgación de la Constitución en que se declara que ninguna religión tendrá carácter estatal, afirmando por tanto la aconfesionalidad del Estado.
A una sociedad por tantos siglos confesionalmente católica es natural que le haya impregnado por todos sus poros la religión católica y siga dependiendo de ella muy mayoritariamente. Es algo que pertenece a su larga cultura (arquitectura, arte, filosofía, teología, derecho, literatura, política, instituciones, hábitos, costumbres, etc.), lo cual muestra que ella ha desempeñado un papel preponderante que no han ejercido ni ejercen las otras religiones. Y ese papel afecta a las autoridades e instituciones que son expresión y representan a esa sociedad y unas y otras tienden a actuar como lo que han sido siempre. Y, en muchos casos, resultará normal la participación de autoridades e instituciones en la expresión de hechos y celebraciones religiosas católicas, como a su vez y en distinta medida podrá resultar en las otras religiones.
Cada pueblo ha ido creando la manera de celebrar individual, comunitaria e institucionalmente acontecimientos importantes de la vida, respetando la libertad de aquellos que no desean celebrarlos o desean celebrarlos de otra manera.
No sé si lo que acabo de decir ayuda a comprender el último viaje de Benedicto XVI a Santiago y Barcelona. Sería bueno que recompusiéramos el escenario del cristianismo originario y lo comparásemos con el actual del cristianismo histórico. Uno y otro son nuestros, a ellos pertenecemos. Veinte siglos de proceso y evolución, de movimientos renovadores, de reformas y contrarreformas, de guerras de religión, de emancipación y esclavitud de los poderes políticos, de dialéctica entre la vuelta al Evangelio y claudicación a intereses del poder.
Veinte siglos, desde aquel minúsculo comienzo, simple aunque no sin perspectivas distintas y controversias; veinte siglos viendo crecer a la cristiandad desde su persecución en las catacumbas a la cima de los imperios; veinte siglos que han ido acumulando vida, historia, lucha, dolor, indignidades y excelencias, fidelidad y aberraciones y que, llegados al momento presente, la vemos a caballo de una civilización “cristiana” globalizada, entremezclada con todos los adelantos, avatares y contradicciones del progreso técnico-científico, económico-político, comercial y mediático. Veinte siglos de distancia entre el portal de Belén y la basílica del Vaticano, entre Nazaret-Jerusalén y las urbes modernas; entre el campesino Jesús de Nazaret, seguido por un puñado de amigos y el papa Benedicto XVI, jefe de mil millones de católicos; veinte siglos entre el peregrino apóstol Santiago y el monumental templo erguido en la Praza del Obradoiro; viente siglos entre la aldeana familia de José y María y la Sagrada Familia de la ingente Basílica de Gaudí.
Pero, esa es la realidad y la historia, a la cual pertenecen la mayoría de los españoles.
Desde siempre, en el curso histórico del cristianismo, se han mezclado los innovadores y los conservadores, los profetas y los inquisidores, los santos y los canallas. Y, desde siempre, ha actuado vivo el fermento de la crítica, de la conversión y de la reforma. Ha actuado sobre todo y de una manera solemne en el concilio Vaticano II. El fue el máximo intento de cambio, de diálogo, de renovación y de reconciliación con la modernidad. Y, desde él, se han reiterado planteamientos que suenan como denuncia y desafío para la actual estructura de la Iglesia, anclada en el poder absoluto del Papa y en una Constitución no democrática.
Natural que, en este contexto, persista el debate entre los mismos católicos, no tanto porque el Papa viaje y lo haga como no hubiera podido hacerlo en su tiempo Pedro ni Pablo, sino porque viaja como un jefe de Estado y se ve obligado a ser recibido por las autoridades del Estado y, también, porque viaja como jefe absoluto de todos los obispos con una autoridad suprema, infalible, que lo aleja obviamente del modo de ser y proceder de Jesús de Nazaret y del espíritu y procedimientos originarios de lo que El inició.
Se puede atestiguar ciertamente que estos viajes del Papa llegan a una sociedad que lo acoge y reconoce como factor de orientación, de unidad y de compromiso en medio de los problemas que vive como Iglesia y que en buen grado comparte con la sociedad entera. Pero, la sociedad -católica y no católica- se pregunta si esos viajes son realmente pastorales, si se realizan despojados de toda la pompa que les es impropia, si el Papa no usufructúa indebidamente la representatividad y ventajas de un jefe de Estado y carga sobre él funciones y gastos que no debieran acompañar al humilde sucesor de Pedro. ¿Sucumbe, en este caso, el Estado a unos privilegios de tratamiento que la misma Iglesia católica debiera renunciar?
En todo caso, ni fundamentalismo católico ni fundamentalismo laico excluyentes, sino convivencia pacífica en la pluralidad. Tan cierto como que “No puede darse ninguna discriminación por razón de religión, pues todos los españoles son iguales ante la ley” (Constitución, Cap. II, Art. 14), lo es también que “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y tendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones” (Cap. II, Art. 16,3). La Declaración Universal de los Derechos Humanos subraya como legítimo “el derecho de toda persona a la libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y al observancia” (Art. 18).
No sé si, en medio de esta complejidad, nos sería dado adentrarnos en la intimidad de Benedicto XVI y sorprenderlo proclamando lo que escribe José Arregi: : “Hermanas, hermanos. Quiero viajar a Santiago y Barcelona como un peregrino más, a lo sumo con el simple obispo de Roma, que soy, ni siquiera elegido por los cristianos de Roma, para humillación mía y de ellos. Es verdad, lo reconozco: yo mismo moví los hilos para ser nombrado Papa y cabeza de la Iglesia universal. Lo siento. Es que entonces, cuando movía los hilos, yo no era aún infalible, y ahora que los hilos se han vuelto una maraña tampoco lo soy, bien lo sé yo; admitid que no lo sea y aliviadme de esa carga de la historia , del peso de un Estado, del peso de toda la Iglesia, de este demoledor peso del poder y de la verdad absoluta, excesivo para un hombre.
A mis 83 años, y lleno de achaques, yo sería feliz con mis paseos y mis libros, con mi música y mi piano, con mi oración y mi silencio. Conozco a Jesús, conozco la historia y también me conozco. Yo quiero simplemente viajar a Santiago y encontrarme allí, nada más, con peregrinas y peregrinos como yo, y que todos nos sintamos acompañados por aquel bendito Peregrino que acompañaba a los abatidos discípulos de Emaús. Quiero ir a Barcelona y orar en silencio en el templo de Gaudí que llaman modernista, y encender una lamparita y hacer votos para que la Iglesia se reconcilie por fin con la modernidad y con todas las culturas, y bendecir a todas las familias tal como son y sentir que todas son sagradas siendo como son, tan distintas y tan parecidas a aquella sagrada familia de Nazaret. Dejadme ser hombre, dejadme ser un simple peregrino como vosotros” (José Arregi, teólogo).
Esta cultura de comprensión, tolerancia activa e integración es hacia donde caminamos. Venimos de una pasado donde muchas cosas eran de otra manera, pero por muchos y buenos motivos hemos ido cambiando, nos hemos hecho menos dogmáticos y excluyentes, y acabamos entendiendo que unos y otros somos libres – nada vale si se quita esa libertad- y que podemos convivir pacíficamente en el respeto, diálogo y cooperación, sin necesidad de excluirnos ni enfrentarnos. Porque si es mucho lo que nos diferencia, es mucho más lo que une y hermana.

Benjamín Forcano

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martes, 16 de noviembre de 2010

Carta a un amigo teólogo sobre el aborto en las elecciones 2010


Jose Comblin, sacerdote y teólogo. BRASIL

Querido Arnold,

Usted recuerda el golpe electoral que estalló en la víspera de la primera vuelta de las elecciones de 2010 cuando se produjo todo un alboroto con la cuestión del aborto. Ese alboroto se prolongó durante todo el mes de octubre hasta la segunda vuelta. En las iglesias y fuera de las iglesias se distribuyeron millones de panfletos firmados por los obispos del consejo del regional Sur 1 para intimar a los católicos a votar por el candidato José Serra. El motivo era que los candidatos del PT, principalmente la candidata a la presidencia de la república, querían legalizar el aborto en Brasil, y, por consiguiente querían implantar una cultura de la muerte.

Este incidente me hizo reflexionar un poco sobre ese hecho bastante extraño y su significado eclesial. Quiero comunicarle aquí algo de estas reflexiones.

Los obispos denunciadores se decían los defensores de la vida, es decir, personas que luchan contra el aborto y luchan contra todos los políticos que apoyan el aborto despenalizado en Brasil. Su discurso fue el que utilizan los movimientos que dicen ser defensores de la vida, porque condenan el aborto. Era un lenguaje violento, condenatorio. Solamente por distracción los autores se olvidaron de informar que la despenalización del aborto estaba en el programa del PV (partido verde), y que el candidato Serra ya había autorizado el aborto en ciertos casos, cuando era ministro de la salud, que le valió las protestas de la CNBB (Conferencia Nacional de Obispos Brasileños). Seguramente esto fue un olvido por distracción. Por discreción los obispos omitieron lo que sucedió un día en la vida de la pareja de Serra, lo que fue bueno porque la vida privada no debe interferir con la vida pública.

Sucede que la Iglesia siempre ha condenado el aborto, y estableció una pena de excomunión para todos los que tienen participación activa. Logró que en Brasil exista una ley que castigue el aborto. Pero Brasil es uno de los países donde hay más abortos. Algunos dicen que 70.000 al año, otros estudios incluso dicen que uno de cada cinco mujeres en Brasil que ya practicó un aborto. Siempre es un aborto clandestino y naturalmente es hecho en las peores condiciones para los pobres. Pues para quien tiene condiciones hay clínicas privadas bien equipadas, conocidas, pero nunca denunciadas por la Iglesia. Sobre esas clínicas para los ricos el poder judicial cierra los ojos púdicamente. Después de todo, se trata de personas importantes. Las condenaciones de la Iglesia no tienen ningún efecto. La ley de la república no tiene ningún efecto. Los defensores de la vida no consiguen defender nada. Hablan, hablan, pero sin resultado. Condenan, condenan, pero el crimen se comete con la mayor indiferencia a las condenas verbales o legales. Hablan, condenan. y no pasa nada. Ellos se dan buena conciencia creyendo que defienden la vida, pero no defienden nada. Hay un lugar en el Evangelio donde Jesús habla de las personas que hablan y no hacen nada. Impiden la despenalización, pero defienden la situación actual, o sea son los defensores del aborto clandestino, que es la situación actual.

Su argumento podría ser que la despenalización aumentaría el número de abortos. Sin embargo, la experiencia de otros países muestra que, por el contrario, disminuye el número de abortos. Esto se explica fácilmente. Puesto que una vez que una mujer puede hablar abiertamente sobre el aborto, las autoridades pueden con la ayuda de psicólogas, trabajadores sociales, asistentes religiosos dialogar con ella y buscar con ella otra solución, lo que de hecho acontece. Muchas mujeres no habrían hecho aborto si hubieran recibido ayuda moral o material, cuando estaban desamparadas.

Dado que el documento fue firmado por obispos, yo pensé que los obispos iban a explicar lo que están haciendo en la pastoral de su diócesis para combatir el aborto clandestino, e iban a hacer propuestas a los candidatos en las elecciones sobre la base de sus experiencias pastorales. Pero no había nada en el panfleto. Hubiera sido interesante saber qué hacía la pastoral diocesana para evitar que hubiese abortos. Pero no había nada. Los obispos gritaban, asustaban, condenaban, pero no decían lo que hacían. Algunos lectores pensaron: ya que no hablan de su pastoral para evitar el aborto, debe ser porque no existe esa pastoral. Hablan en contra del aborto, pero no hacen nada para evitarlo. Condenan, y nada más.

Ahora bien, podrían hacer mucho. Muchas mujeres que quieren hacerse un aborto, son mujeres angustiadas, perdidas, desesperadas, que se sienten en una situación sin salida. Muchas quieren el aborto porque sus padres no aceptan que tengan un niño. Otras se ven obligadas a tener un aborto por el hombre que las forzó, y que puede ser su propio padre, un hermano, un tío, un padrastro. Otras están desesperadas porque la empresa para la que trabajan, no permite que tengan un hijo. Otros son empleadas domésticas y la patrona no acepta que tengan que cuidar un niño. Así que estas chicas o niñas se angustian y no saben qué hacer. No reciben atención, no reciben asesoramiento, no reciben apoyo ni moral ni material, porque todo es clandestino y ni siquiera se atreven a hablar con otras personas, salvo algunas amigas muy íntimas. Al no encontrar alternativas, de mala gana y con mucho sufrimiento recurren al aborto. La Iglesia no las ayudó cuando necesitaban ayuda.

La Iglesia podría tener una pastoral para ver lo que sucede en la calle, en el barrio, ¿cuáles son las niñas o mujeres jóvenes que pueden estar en peligro porque están en esta categoría de riesgo? Podría acoger o dar ayuda moral y material, dialogar, buscar otras soluciones. La experiencia demuestra que a veces un simple abrazo hace desistir de hacer el aborto. El aborto es el resultado de la indiferencia de la comunidad cristiana. Todos somos culpables, todos cómplices por omisión, y, en primer lugar, deberíamos pedir perdón por nuestro descuido en lugar de acusar a estas mujeres. Era lo que se esperaba de un documento firmado por los obispos, que después de todo representan el evangelio y la manera como Jesús trataba a los pecadores.


Jesús no condenó a los pecadores, y es lo que se espera de la Iglesia es que tenga mucha misericordia, mucha comprensión y que ayude efectivamente a esas personas que se encuentren en una situación tan difícil. Podríamos hacer propuestas al poder legislativo para crear las instituciones para responder en tantos casos en que la vida humana está en peligro, y éste es uno de ellos.

No tiene sentido decir que estoy en contra del aborto y estoy defendiendo la vida, si no hago nada. Yo no estoy defendiendo ninguna vida y el aborto está ahí y no hago nada. El gobierno tiene una ley que penaliza el aborto y esa ley no se aplica. Sólo sirve para que el aborto sea clandestino, esto es, que se hace en las peores condiciones morales y físicas, salvo para las personas de buena condición. Esta ley es inaplicable y la Iglesia no se atreve a pedir que ella se aplique. Habría que construir miles de centros penitenciarios y poner en las cárceles tal vez un millón de mujeres. La Iglesia no pide eso y se conforma con el aborto clandestino. En la práctica no hace nada en contra del aborto clandestino.

Existe la alternativa de la despenalización, que es para nuestros defensores de la vida la propuesta de Satanás. El chantaje de los llamados defensores de la vida hizo que todos condenen la despenalización, como lo hace la Iglesia. ¿Quién soy yo para juzgar? Los obispos del Regional Sur 1 creen mejor el aborto clandestino. ¿Quién soy yo para discutir? Sin embargo, tendría el derecho de pedir más discreción y más humildad, porque después de todo, todos somos cómplices por omisión si no hacemos nada para prevenir los abortos tan numerosos en Brasil. La condenación es inoperante. Pero una pastoral de la familia o una pastoral específica para este problema podría evitar que muchas mujeres angustiadas y desesperadas tengan que recurrir al aborto que ninguna mujer pide sin llorar. ¿Por qué esperar antes de desarrollar esta pastoral?

Entonces, ¿cuál fue el testimonio de amor que la Iglesia dio con este panfleto electoral?

José Comblin, gran pecador y cómplice por omisión

Texto original en portuguès enviado por su autor P. Josè Comblin
15 Noviembre de 2010. Traducciòn de J. Subercaseaux
Editor: Enrique A. Orellana F.
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sábado, 6 de noviembre de 2010

"El acusador de sus hermanos"

José Cristo Rey García Paredes, cmf
Miércoles 03 de Noviembre del 2010

No hace falta que sea Satán. Los tenemos entre nosotros. Se sienten poderosos y cuentan con excelentes medios para publicarlo. Les ha entrado la manía de hablar mal de la vida religiosa. La encuentran en estado de debilidad -según su impresión- y con sus palabras -que ellos creen proféticas- se arrogan el pedirle un cambio de rumbo; como si se hubiera instaurado en los institutos religiosos apostólicos -masculinos y femeninos- un demonio perverso, secularizador, que ha infectado casi todo. Estos profetas acusadores de sus hermanos y hermanas, lo dicen más o menos así: ¡están envejecidos, no tienen vocaciones, se han secularizado, se han vuelto individualistas, nos son fieles a la jerarquía, desobedecen, se dedican a cuestiones sociales, han perdido la identidad religiosa, se interesan más por problemas sociales (justicia, paz y ¡hasta ecología!) y políticos que por anunciar la vida eterna…! Quienes así se expresan condenan a miles y miles de religiosos y religiosas y si ofrecen alguna solución, ésta nada tiene que ver con el futuro ni con la esperanza cristiana, sino con una vuelta atrás y quién sabe dónde ponen esa meta rumbo al pasado.

Quienes así hablan olvidan palabras de Jesús como éstas: “No juzguéis y no seréis juzgados”, “quien esté sin pecado que tire la primera piedra”. Nunca la vida consagrada se ha auto-analizado tanto como en este tiempo (y quizá hasta en exceso). Solo habría que asistir a nuestros Capítulos, a nuestras Asambleas o nuestras reuniones comunitarias para ver cómo detectamos nuestras limitaciones y pecados. Lo hacemos frecuentemente a la luz de la Palabra de Dios y confrontándonos con las necesidades de nuestro mundo, lo expresamos en nuestras públicas peticiones de perdón y misericordia, en nuestras conversaciones sinceras y sin tapujos.

Es muy grave e intolerable que se nos acuse de haber roto la Alianza con nuestro Abbá, con Jesús, con su Espíritu, con su comunidad la Iglesia, diciendo que nos hemos vuelto secularistas y hemos perdido nuestra identidad. ¿En nombre de quien hablan tales personas que de modo tan presuntuoso acusan a un gran colectivo eclesial? ¿No se dan cuenta que hablando así, implican al mismo Dios, haciéndolo responsable de un castigo, que consiste en privar de vocaciones a los institutos que así actúan?

Es penoso que entre esas personas “notables” que así “profetizan” haya “pastores” que además son “religiosos”: es decir, ¡hermanos nuestros de vida religiosa! Esos hermanos son los que nos acusan.

La vida religiosa o consagrada no está dejada de la mano de Dios. Dios está con ella y, más aún, en estos tiempos. Pero, no por ello, se ha vuelto presuntuosa: ella misma sabe reconocer su pecado y sus limitaciones; ha renunciado a las explicaciones perfeccionistas de su identidad, a considerarse superior a los demás, como nunca lo había hecho a lo largo de la historia. Quiere compartir su carisma y misión con el laicado y ofrecer lo mejor de sí misma a la sociedad. Quiere ser una humilde prolongación de la vida y misión de Jesús en la tierra, movida por los carismas que el Espíritu le concede. La vida consagrada actual se siente misionera, y quiere ir allá donde el Espíritu la lleve. Pero también lucha contra los malos espíritus que intentan desviarla y destruirla. Trata de reinterpretarse a sí misma en un cambio de época y se muestra abierta a la metanoia, al cambio de mentalidad y aun de estructuras.

Si en Europa la vida consagrada cuenta con una gran mayoría de personas ancianas y enfermas, se trata de un don que hay que agradecer a Dios. Ser anciano no es una desgracia, ni siguiera formar parte del grupo de los últimos ancianos -si ese fuera el querer de Dios-. ?En no pocas ancianas y ancianos brilla el esplendor de una experiencia mística, que los ha ido modelando paso a paso. Son personas guiadas por el Espíritu, portadoras de sabiduría, que ofrecen sus días al Dios en que ciegamente confían. Nuestros ancianos son en múltiples casos nuestros “tesoros”. ¿Porqué no puede repetirse el milagro de nuevos Isaacs nacidos de Abraham y del seno ya anciano y apaciguado de Sara? ¿Porqué no confiar en el poder fecundo del Espíritu Santo, que hasta ahora ha concedido el carisma?¿Porqué en lugar de tanta lamentación, no le pedimos a Dios que enaltezca a los humillados como la madre de Samuel?

He asistido a varios Capítulos Generales. En ninguno de ellos he respirado aires de funeral. He percibido cómo el espíritu del mal es exorcizado como nunca: se lucha contra la hipocresía, el fariseismo, la ambición, la mentira.He percibido cómo se ora y cómo soñando lo imposible se preparan los institutos para lo imprevisible. Y no pocos institutos descubren cómo el Espíritu les concede una nueva fecundidad donde menos esperaban, o de seguro se la concederá.

A los “acusadores de sus hermanos” yo les diría que superen sus tentaciones satánicas y que contribuyan así a la llegada del Reinado de Dios, porque -como dice el libro del Apocalipsis, 12,10- llega el Reinado de nuestro Dios cuando es precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche?

La vida consagrada merece un gran voto de confianza. Su verdadera muerte sería aislarla del mundo, de la comunidad cristiana, de su comunión creciente con el laicado. Pero, sobre todo, quien merece un gran voto de confianza es el gran Protagonista de todo, el Espíritu Santo, nuestra Santa Ruah, que guía a la Iglesia y a sus comunidades dentro de ella y sana y hace crecer el Cuerpo de Cristo, que es su Esposa la Iglesia. Dejémonos de vanos vaticinios y confiemos en que “el Dios que nos lo dio, Él nos lo quitó” y que -sobre todo. Aquel que es fiel, a pesar de nuestras pequeñas o grandes infidelidades, es capaz de sacar de las piedras hijos de Abraham. Dios, nuestro Abbá, no se olvida de su santa Alianza.

Una anciana religiosa me decía unos meses antes de morir: “Y si pasa, ¿qué pasa?”. Era tal su confianza en Dios que estaba cierta de que pasara lo que pasara allí seguiría nuestro Dios cumpliendo sus promesas. Dejemos de acusarnos unos a otros. Que lo haga Satán, pero que no cuente con ninguno de nosotros, en ninguna dirección.
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