viernes, 10 de septiembre de 2010

Por la paz, la justicia y la dignidad de cada ser humano


Comunicado de la Diócesis de San Pedro Sula sobre la masacre ocurrida a 17 hondureños en la ciudad industrial

Reunidos en la mañana del ocho de septiembre, en la fiesta de la Natividad Nuestra Señora, para nuestra reunión bimensual, los presbíteros de la zona pastoral de San Pedro Sula, La Lima y San Manuel, unidos con nuestro obispo, ante la masacre de ayer y las de todos los días queremos dirigirnos, en primer lugar, a todas las familias de las víctimas de esta tragedia y las de que a diario sufren la ola de violencia. Con nuestras comunidades les expresamos nuestra cercanía y dolor.
Al mismo tiempo, desde el rechazo a estos acontecimientos, queremos compartir con la ciudadanía sampedrana lo siguiente:
1.- El número de las víctimas de ayer, la brutalidad y la premeditación que supone su ejecución, nos desconciertan y nos advierten de un peligro: el de acostumbrarnos a las continuas noticias de muertes con que cada día se nos va endureciendo el alma y el corazón, provocando en nosotros la indiferencia y el olvido de las causas que están a la raíz de estos atroces crímenes.
2.- Ante esta situación, hemos de evitar el mirar hacia otro lado, no pensar, no querer saber. Cada persona asesinada, extorsionada, violentada es mi hermano y el Señor nos sigue preguntando ¿Dónde está tu hermano?
3.- La explicación ante estos hechos, suele ser muy simplista y superficial: “andaba en malos pasos”, o “¡a saber en qué andaba!”, son reacciones frecuentes que parecen justificar el asesinato y a sus asesinos. No hay ninguna justificación para la muerte de ningún ser humano. Eso sólo sirve para hacer el juego a los asesinos. El reaccionar clamando por la pena de muerte y, peor aún, por las ejecuciones “extrajudiciales”, aunque sólo lo hagamos en el corazón, se convierten en una aprobación de la cultura de la muerte, que es contraria a nuestra fe en el Dios de la vida.
4.-Se da una radical corrupción del proyecto del Dios de la vida cuando olvidamos la dignidad humana de cada persona, de cada hija e hijo de Dios, y lo convertimos en un medio utilizable para obtener riqueza, poder, comodidad o cualquier supuesto beneficio para mí o los míos. Y, desgraciadamente, esta “corrupción” radical del sentido de la vida, del valor de cada persona, del compromiso de fraternidad, está enraizada profundamente entre nosotros y se manifiesta en las desigualdades hirientes, en la exclusión de las mayorías, en la aceptación resignada y comprensiva de las mil formas de las grandes y pequeñas corrupciones que nos abruman.
5.- En la celebración de la fiesta de la Natividad de Santa María, la Palabra de Dios nos llama a contemplar el misterio de un Dios que ama a esta humanidad, con su historia de pecado, de injusticia y de muerte. Un amor que se hace solidaridad y se encarna; que no mata ni destruye sino que se hace entrega y buena noticia de paz en la acogida, en la curación, en la llamada a la conversión, en la denuncia de toda hipocresía y desamor. Contemplamos ese misterio y nos sabemos llamados a la conversión que expresamos con las palabras del salmo: “Oh Dios, crea en nosotros un corazón puro, renuévanos por dentro con espíritu firme” y con nuestro deseo de ponernos en camino adonde está el Padre.
6.-Con todas nuestras comunidades nos comprometemos a estar cerca de cada víctima que sufre directamente tal atrocidad en el barrio, en la aldea y en sus colonias; a prestar atención, especialmente, a las víctimas que no salen ni saldrán en los medios de comunicación social. Evitamos simplificar nuestra postura a la hora de analizar un fenómeno tan complejo como el de la violencia, y mantenemos la esperanza estudiando, analizando y, sobre todo, luchando contra toda especie de corrupción, de manipulación de la persona que la convierte en un simple medio para el propio provecho.
7.- Unidos a las víctimas y a sus familias expresamos también nuestras exigencias de una investigación policial seria y profunda que haga posible una justicia rápida, capaz de resarcir, en parte, el dolor que enluta a nuestras familias.
8.- Con todos los que creen en Cristo oramos para que el Señor dé su paz a quienes no la han encontrado entre nosotros; mantenga la esperanza y cure las heridas de sus hijos, esposas, esposos, padres y de todos los que les han querido y que a todos nos acreciente el amor y el compromiso por construir una Honduras justa, en paz y liberada de violencia.
San Pedro Sula 8 de septiembre 2010
+Mons. Ángel Garachana Pérez
Obispo de San Pedro Sula
Carlos Felipe Rodríguez
Decano Zona pastoral 1 y presbíteros de la misma


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