sábado, 17 de abril de 2010

Por una revisión de la formación del clero


Olinto PEGORARO

Toda la estructura de normas y disciplinas en las que se basa el celibato de los sacerdotes ya no tiene sentido para el mundo contemporáneo

Constatamos que, a lo largo de la historia, la Iglesia Católica dió un trato diferenciado a dos cuestiones consideradas fundamentales: la doctrina y la moral.
En cuestiones de doctrina dogmática, se exige uniformidad. Cualquier desviación se cobra con retracción pública, y quien se niega a hacerlo es apartado de la enseñanza de la teología, así destituido de las funciones religiosas. Hay muchos teólogos en esa condición marginal.
En cuanto a los desvíos morales, mucho más claros y evidentes que los supuestos errores, las autoridades eclesiásticas proceden lentamente, con la esperanza de arrepentimiento de los culpables.
A quién se arrepiente y se compromete a enmendarse, la Iglesia le ofrece el perdón y la vida sigue. Sin duda, esta práctica se basa en los ejemplos de perdón que Jesús ofreció generosamente a tantos pecadores y pecadores.
Sin embargo, la Iglesia de Jesús es conducida por hombres con las limitaciones de toda persona, cualquiera que sea su rango. En los casos de desviaciones morales, los trasgresores se mantienen en observación, se transfieren de un lugar a otro, de una diócesis a otra, e incluso de un país a otro, en previsión de arrepentimiento y enmienda de la parte que ha faltado.
La sociedad contemporánea considera esta actitud como una negligencia.
Esta tolerancia tiene otro aliado: el silencio. El silencio, para no crear escándalo y para mantener la imagen de la iglesia. Así, los casos de graves desviaciones morales son tapados con una espesa capa de ceniza.

Si, por casualidad, hay algo que se trasluce, la autoridad competente, local o vaticana hace una petición de disculpa.
El silencio y el secreto rodean también el proceso canónico, es decir, el proceso en los tribunales eclesiásticos. Una demanda civil sería abominable. Por lo tanto, es auspicioso el titular de ayer, de esta Hoja, según el cual la Iglesia pasa a recomendar explícitamente que los casos de abuso de menores son llevados ante la Justicia.
Eso es porque los tiempos han cambiado. La ética humana ha experimentado enormes cambios desde la segunda mitad del siglo 20, especialmente en el ámbito de los comportamientos sexuales. Las píldoras anticonceptivas y los preservativos han contribuido enormemente a dicha revolución sexual.
Estos cambios de comportamiento se basan en uno de los principios más importantes de la ética moderna, el principio de autonomía.
Personas autónomas son las que responden de sus actos sin depender de las normas religiosas o de cualquier otra regla moral.
El actual caso de pedofilia muestra que la nueva era de la ética de la autonomía también llegó a la Iglesia Católica. Por los derechos humanos son procesados sacerdotes, diócesis e incluso el Vaticano. Ya no son suficientes el reconocimiento del error y una disculpa a las víctimas.
Será necesaria una intervención jurídica, civil y canónica, ya que el clérigo que ha delinquido es, al mismo tiempo un ciudadano.
La historia muestra el resultado negativo de reglas aplicadas durante siglos, como el celibato, en el presente caso de la pedofilia. Debemos reconocer este hecho, y no tergiversar. Las normas envejecen y, con el paso del tiempo, generan el efecto contrario de lo esperado.
De hecho, toda la estructura de normas y disciplinas en las que se basa el celibato de los sacerdotes ya no tiene sentido para el mundo contemporáneo.
Lo que tiene sentido es un clérigo de mucha fe, bien formado en teología y filosofía y plenamente integrado en la sociedad. La estructura actual de la formación del clero actua en contra de los propósitos principales de la iglesia.
Hoy en día, es incomprensible, por ejemplo, que la mujer todavía está lejos de ejercicio sacerdotal.
Un examen exhaustivo de la formación del clero sin duda incluirá a las mujeres. Este es el pensamiento de la comunidad cristiana en su gran mayoría.
No hago ese comentario, mirando las cosas desde fuera, como un mero espectador que no tiene nada que ver con el asunto. Más bien, como católico, castigado por supuesto error doctrinario, me preocupa profundamente, y estas notas quieren contribuir a que en el seno de la iglesia, encontremos nuevas direcciones.
Dos actitudes son fundamentales: en primer lugar, no tener miedo a romper paradigmas arcaicos. En segundo lugar, prestar mucha atención a la realidad, a los modos de vida actuales. Así podremos construir un nuevo paradigma en la Iglesia, que incluya a hombres y mujeres en el ejercicio del sacerdocio.
Será un hecho nuevo, un nuevo día, tan esperado. Esta es la lección positiva que se desprende de los debates actuales sobre las desviaciones morales dentro de la Iglesia Católica. (FSP, 14/4/2010)
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Olinto PEGORARO, ex sacerdote, doctor en filosofía por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), es profesor de ética de la UERJ (Universidad Estatal de Río de Janeiro) y miembro del Comité Nacional de Ética en Investigación del Ministerio de Salud; es el autor, entre otras obras, del libro "Ética de los grandes maestros."

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