martes, 20 de abril de 2010

Iglesia Católica Romana: Transición de un enfoque en los problemas a un enfoque en las soluciones


En la medida en que se están denunciando y descubriendo más casos de pederastia en la Iglesia, casi todos los análisis se centran en estas conductas, en el secreto y el encubrimiento que las ha rodeado y sostenido; y, mirando hacia el futuro, en cómo lograr eliminar estas conductas deleznables en la Iglesia, si es que- piensan algunos- el problema tiene algún remedio. Estos pasos son imprescindibles; al mismo tiempo, no podemos quedar atrapados en ellos.
La pederastia en la Iglesia católica no deja de ser un síntoma, que produce alarma social. Es un síntoma de una Iglesia encerrada y poco saludable en su estructura de poder, de relaciones y de comunicación. En ocasiones, los síntomas de una enfermedad son tan graves en sí mismos, que no se puede estar esperando a buscar las circularidades causales que subyacen. Se interviene directamente sobre ellos. Esto ocurre con este abuso de menores a manos de representantes eclesiales, sostenido y encubierto por una institución que se propone además como paradigma de valores morales. Hay que responder, no sólo como creyentes, sino como ciudadanos, sujetos a deberes y derechos.
No obstante, si para pensar el cambio en la Iglesia, nos detenemos sólo en la pederastia y en sus efectos negativos, eso nos impide ver qué tendencias de fondo están aconteciendo en una Iglesia que se hace ego-céntrica en vez de cristo-céntrica y eco-céntrica. La Iglesia es una institución susbsidiaria a la construcción del Reino de Dios, a partir del mensaje de Jesús de Nazareth. Evidentemente, es razonable y legítimo que se valore y se cuide a sí misma como instrumento para esta Misión, a la que se siente convocada. Pero no tiene que poner la carreta delante de los bueyes. Ni olvidar que la construcción del Reino de Dios, no es de ninguna competencia exclusiva. (“Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos.” (Mt 21, 43)); y, lejos, entonces, de atrincherarse y ver enemigos por todas partes, tiene que aprender a convertir en oportunidades, lo que ahora vive sólo como amenazas.
Casi todos los análisis críticos coinciden en que la estructura clerical-varonil-celibataria, vinculada a un fuerte poder piramidal corporativo y de influencia social adoctrinante; que ha venido confundiendo niveles(por ejemplo: entre falta moral o canónica y delito; entre misericordia y acción de la justicia), en paralelo a una visión negativa y represora de la sexualidad humana, es un buen caldo de cultivo para que emerjan este tipo de problemas. Igual podríamos decir de otros problemas, también graves, que ahora no están en el candelero, como los abusos de misioneros a religiosas en África, u otros más generalizados, relacionados con la corrupción económica y la búsqueda de prebendas y honores por parte de muchos clérigos y grupos de poder laicales, que, por más que se normalicen, colisionan directamente con los consejos evangélicos; y que, en ocasiones, infringen leyes civiles.
Poder llegar a compartir que esta estructura y este universo de relaciones, ya no le sirven a la Iglesia para cumplir su Misión en el mundo actual,no sólo por lo que hace, sino por lo que no puede hacer, es importante; pero mirando hacia las soluciones esto no es ya suficiente, como no lo es ni siquiera decir de manera general que hay que cambiar la estructura de la Iglesia. Hay que hacerse preguntas adecuadas en línea de positividad y construcción creativa; y, al mismo tiempo, que sean cuidadosas con los equilibrios que permiten a un sistema cambiar sin autodestruirse o diluirse. La gestión de un cambio que sea un verdadero cambio sistémico requiere sus tiempos, sus espacios, sus sujetos y sus liderazgos; definiendo bien y escalando los objetivos
El tipo de preguntas que nos pueden unir a diversos sectores y sujetos para trabajar la gestión del cambio en la Iglesia Católica es: ¿Cómo la Iglesia se pone rumbo a ser significativa y comunicadora del mensaje de Cristo en las sociedades en las que está? ¿Cómo puede colaborar mejor con otras instancias sociales, en el trabajo por la Paz, la Justicia y la Vida? ¿Qué nueva estructura de relaciones y de comunicación, podemos construir en la Iglesia, sabiendo de dónde partimos? Esto puede desgranarse también en varias preguntas más concretas referidas a diversos ámbitos. ¿Qué nuevos modelos de presbítero? ¿Para qué comunidades? ¿Con qué relaciones dentro de la Iglesia y con la sociedad? ¿Cuáles serían los ejes de una ética cristiana reformulada y adaptada a los tiempos?
Esto en cuanto a ejes temáticos que luego habría que concretar. Otra cuestión es el método. El método que proponemos es el reconocimiento de un proceso conciliar, rumbo a un nuevo Concilio. No se trata de descalificar globalmente a ningún actor, pero hay que cuestionar los liderazgos. Aquellos liderazgos que se han revelado inservibles o han resultado dañados, hay que moverlos para que ocupen aquel plano adecuado en el que pueden seguir aportando. Esto ocurre, por ejemplo, con el Papa. Tiene que seguir respondiendo a demandas legítimas que le competen, y si se queda enredado en la disculpa, o en la justificación defensiva ante los problemas, aunque sea con al arrope de otros, pierde la oportunidad de hacer un gran signo positivo, enfocado no ya a los problemas, sino a las soluciones y que sea reconocible socialmente.
Este signo es el anuncio de un nuevo Concilio. Simplemente este anuncio y la voluntad que expresa, ya sugiere que se abre un nuevo tiempo para la Iglesia Católica, para sus relaciones internas y externas. La gran jerarquía no tendría que precipitarse en atar todo y dejar las cosas muy cerradas, acerca de su desarrollo. Eso no va a ser ni deseable ni posible en este Pontificado. Otros liderazgos en distintos sectores tienen que emerger; y hay que reflexionar juntos sobre la adecuación del proceso a los fines que persigue. Habría que definir un marco general, unos objetivos limitados, unas pautas de comunicación y unos estilos de resolución de los conflictos que puedan ir surgiendo en el camino. Probablemente se trataría de trabajar en comisiones y en grupos de composición plural.
¿De qué tipo de proceso estamos hablando? En realidad de un multiproceso interrelacionado e intercomunicado. La Conferencia de Aparecida nos propone un estilo de espacio, de participación y de relaciones de comunicación, globalmente valorados por los participantes como positivos. El proceso que se vino a llamar “Camino de Emaús” en la CLAR (Conferencia Latinoamericana de Religiosos/as), también nos aporta pistas. Por poner sólo dos ejemplos que pueden ser complementarios. En otro nivel, pueden ser comisiones de trabajo plurales y mixtas, sobre temas concretos. Y lo importante es que haya trasvase de comunicación entre estos procesos de diferentes características, con participación de diferentes actores. Pensar en un nuevo Concilio es necesario, pero es imprescindible pensar en el proceso de preparación, acompañamiento y continuación.
Ya no nos basta con que se reúnan los cardenales entre ellos, ni siquiera los obispos. Todo esto es necesario, pro tienen que diversificarse los cauces de participación eclesial, al tiempo que se intercomunican y coordinan. Para poder encontrar soluciones para la Iglesia, hay que buscar un punto fuera del sistema eclesial actual, desde donde podamos hacer un papel de observación, sin quedar ciegos y atrapados. Tenemos que poder mirar a la Iglesia como la miran otros ojos. Esto nos ayudará a salir de los lenguajes crípticos, de las morales cerradas y de los pretendidos signos y lenguajes de comunicación, que han dejado de serlo. Y hay que invocar al Espíritu para que nosotros, miembros activos de la Iglesia, permitamos que el Amor y la Sabiduría guíen el proceso; y para que valores y actitudes como la humildad, la misericordia y la escucha activa lo acompañen.
Emilia Robles

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