lunes, 13 de diciembre de 2010

Comunicado de la Pastoral Social de Buenos Aires


Comisión de Pastoral Social
Arquidiócesis de Buenos Aires


Ante los acontecimientos ocurridos durante los últimos días en el Parque Indoamericano del barrio de Villa Soldati de nuestra Ciudad, creemos necesario hacer un aporte orientado a la paz social, al diálogo institucional y al consenso para el Bien Común.
Exhortamos a las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires para que, a través de las herramientas políticas, jurídicas e institucionales que correspondan, trabajen en conjunto con las autoridades nacionales para dar una solución a la crisis suscitada a partir de la toma del predio del Parque Indoamericano.
Entendemos que estos hechos tan dolorosos no se agotan en sí mismos sino que responden a problemáticas estructurales que han venido madurando desde hace tiempo.
Problemas complejos como la pobreza y la desigualdad, y las carencias derivadas de ellas, requieren soluciones complejas de mediano y largo plazo y la acción conjunta de las diferentes jurisdicciones involucradas.
La solución al presente conflicto debe tener en cuenta que esta toma es producto de los derechos desatendidos de personas con profundas necesidades.
Argentina es un país formado en su gran mayoría por inmigrantes que llegaron a esta tierra con la esperanza de un futuro mejor. Debemos tener memoria de esto y proveer los medios para que los nuevos inmigrantes se integren de manera plena en nuestra sociedad. Esto debe ser una política de estado que tenga en cuenta los derechos y deberes de los nuevos inmigrantes, junto al de todos los argentinos, sin ningún tipo de discriminación.
Debemos tener amplitud de miras y grandeza de corazón. Estas actitudes preparan el terreno para un diálogo fructífero sin caer en la violencia física o verbal, privilegiando la política como camino de resolución de los conflictos.
Rogamos a Dios por nuestros hermanos que han perdido la vida en este conflicto social y rezamos por sus familias.
Que nuestra Madre la Virgen de Luján nos conceda la justicia y la paz.

Buenos Aires, 10 de Diciembre de 2010
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De nuevo inmigración asociado a delincuencia.


Sobre los enfrentamientos en Villasoldati (Buenos Aires)

En los últimos días se ha producido una toma de una parque en Villa Soldati, un barrio deprimido de la ciudad porteña, poblado en su mayoría por inmigrantes, (bolivianos, españoles, armenios, paraguayos...). La ocupación está enfocada a reclamar la atención de las autoridades hacia la necesidad de vivienda de un sector de la población. Se da la circunstancia de que los vecinos de la zona ven también incrementada la delincuencia y existe un clima de animadversión ante población inmigrante. Ante las diversas preocupaciones de los vecinos, hasta el momento no se ha logrado diálogo social y se han producido enfrentamientos que se han saldado con la muerte de cuatro personas inmigrantes.
Ha habido tambien algunas declaraciónes de miembros del gobierno argentino, de gran impacto mediático, que han asociado inmigración y delincuencia y de alguna manera han invitado a los vecinos a tomarse la justicia por su mano.
Parece que recientemente se redoblan los esfuerzos por parte del Gobierno para hacer frente a la situación.
No cabe duda de que también las Iglesias y, en concreto al Iglesia Católica, pueden jugar un papel mediador en el conflicto.
Les ofrecemos algunos enlaces donde poder ampliar esta información,
así como 8en la noticia siguiente) unas declaraciones de la Delegación de Pastoral de la Archidiócesis de Buenos Aires, invitando al diálogo social.

Más información sobre esta noticia:

http://www.agenciacna.com/2/nota_1.php?noticia_id=36677

http://www.diariouno.com.ar/contenidos/2010/12/12/La-designada-ministra-de-Seguridad-trato-a-Mauricio-Macri-de-%E2%80%9Cracista%E2%80%9D-0016.html

http://www.diariouno.com.ar/contenidos/2010/12/12/noticia_0019.html

http://www.observa.com.uy/MasLeidas/nota.aspx?id=105984

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lunes, 22 de noviembre de 2010

El Pacto de las Catacumbas


Un grupo de obispos durante el Concilio Vaticano II, en 1965, reunidos en la catacumba de Santa Domitila, suscribieron el Pacto de las Catacumbas, con el liderazgo de Dom Hélder Câmara, en un intento valeroso de tratar de reflejar mejor la Iglesia de Jesús, comunidad de los creyentes

El 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio, cerca de 40 padres conciliares celebraron una eucaristía en las catacumbas de santa Domitila. Pidieron "ser fieles al espíritu de Jesús", y al terminar la celebración firmaron lo que llamaron "el pacto de las catacumbas".

El "pacto" es una invitación a los "hermanos en el episcopado" a llevar una "vida de pobreza" y a ser una Iglesia "servidora y pobre" como lo quería Juan XXIII. Los firmantes -entre ellos muchos latinoamericanos y brasileños, a los que después se unieron otros- se comprometían a vivir en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral.

“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.
2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.
3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc, a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas.Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.
4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.
5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.
6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.
7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.
8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis.
Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.
9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.
10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.
11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:
* a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
* a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.
12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,
* nos esforzaremos para "revisar nuestra vida" con ellos;
* buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
* procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
* nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.
13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.
Que Dios nos ayude a ser fieles
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sábado, 20 de noviembre de 2010

La España católica y Benedicto XVI

Benajmín Forcano

Ha asomado en días pasados la pugna de quienes, invocando el carácter “laico” de la sociedad española, pretenden cuestionar el derecho a la libertad religiosa. Aclaro que me resulta confuso el calificativo de “laico” aplicado a la sociedad española, pues la palabra se la suele emplear como contrapuesta a lo clerical y subordinada a él y derivativamente como opuesta a lo religioso.
El sentido original de laico no es ese. Resulta más acertado reivindicar su uso como propiedad y aptitud para convivir como humano en cualquier tipo de pueblo o ciudad, independientemente de su condición religiosa o atea.
En esta convivencia nos acompaña el hecho de que, siendo todos ciudadanos (laicos), nos encontramos distintos a la hora del quehacer religioso. España, una sociedad “laica”, es decir, popular, compuesta de ciudadanos, se profesa mayoritariamente católica (un 73,2 % y hasta un 80 % según las encuestas). Las otras religiones: islámica, protestante, ortodoxa, judía, budista, baha´is, mormón, etc. no llegan al 5 %. Y existe también un porcentaje de no creyentes.
La realidad de España en el presente no se entiende si no se consideran hechos históricos que la han configurado de arriba a abajo. Durante más de cuatro siglos, después de la expulsión de los judíos en 1492 y de los moriscos en 1609, la religión católica ha sido la oficial. Y lo ha sido (tras el paréntesis breve de la II República) hasta la promulgación de la Constitución en que se declara que ninguna religión tendrá carácter estatal, afirmando por tanto la aconfesionalidad del Estado.
A una sociedad por tantos siglos confesionalmente católica es natural que le haya impregnado por todos sus poros la religión católica y siga dependiendo de ella muy mayoritariamente. Es algo que pertenece a su larga cultura (arquitectura, arte, filosofía, teología, derecho, literatura, política, instituciones, hábitos, costumbres, etc.), lo cual muestra que ella ha desempeñado un papel preponderante que no han ejercido ni ejercen las otras religiones. Y ese papel afecta a las autoridades e instituciones que son expresión y representan a esa sociedad y unas y otras tienden a actuar como lo que han sido siempre. Y, en muchos casos, resultará normal la participación de autoridades e instituciones en la expresión de hechos y celebraciones religiosas católicas, como a su vez y en distinta medida podrá resultar en las otras religiones.
Cada pueblo ha ido creando la manera de celebrar individual, comunitaria e institucionalmente acontecimientos importantes de la vida, respetando la libertad de aquellos que no desean celebrarlos o desean celebrarlos de otra manera.
No sé si lo que acabo de decir ayuda a comprender el último viaje de Benedicto XVI a Santiago y Barcelona. Sería bueno que recompusiéramos el escenario del cristianismo originario y lo comparásemos con el actual del cristianismo histórico. Uno y otro son nuestros, a ellos pertenecemos. Veinte siglos de proceso y evolución, de movimientos renovadores, de reformas y contrarreformas, de guerras de religión, de emancipación y esclavitud de los poderes políticos, de dialéctica entre la vuelta al Evangelio y claudicación a intereses del poder.
Veinte siglos, desde aquel minúsculo comienzo, simple aunque no sin perspectivas distintas y controversias; veinte siglos viendo crecer a la cristiandad desde su persecución en las catacumbas a la cima de los imperios; veinte siglos que han ido acumulando vida, historia, lucha, dolor, indignidades y excelencias, fidelidad y aberraciones y que, llegados al momento presente, la vemos a caballo de una civilización “cristiana” globalizada, entremezclada con todos los adelantos, avatares y contradicciones del progreso técnico-científico, económico-político, comercial y mediático. Veinte siglos de distancia entre el portal de Belén y la basílica del Vaticano, entre Nazaret-Jerusalén y las urbes modernas; entre el campesino Jesús de Nazaret, seguido por un puñado de amigos y el papa Benedicto XVI, jefe de mil millones de católicos; veinte siglos entre el peregrino apóstol Santiago y el monumental templo erguido en la Praza del Obradoiro; viente siglos entre la aldeana familia de José y María y la Sagrada Familia de la ingente Basílica de Gaudí.
Pero, esa es la realidad y la historia, a la cual pertenecen la mayoría de los españoles.
Desde siempre, en el curso histórico del cristianismo, se han mezclado los innovadores y los conservadores, los profetas y los inquisidores, los santos y los canallas. Y, desde siempre, ha actuado vivo el fermento de la crítica, de la conversión y de la reforma. Ha actuado sobre todo y de una manera solemne en el concilio Vaticano II. El fue el máximo intento de cambio, de diálogo, de renovación y de reconciliación con la modernidad. Y, desde él, se han reiterado planteamientos que suenan como denuncia y desafío para la actual estructura de la Iglesia, anclada en el poder absoluto del Papa y en una Constitución no democrática.
Natural que, en este contexto, persista el debate entre los mismos católicos, no tanto porque el Papa viaje y lo haga como no hubiera podido hacerlo en su tiempo Pedro ni Pablo, sino porque viaja como un jefe de Estado y se ve obligado a ser recibido por las autoridades del Estado y, también, porque viaja como jefe absoluto de todos los obispos con una autoridad suprema, infalible, que lo aleja obviamente del modo de ser y proceder de Jesús de Nazaret y del espíritu y procedimientos originarios de lo que El inició.
Se puede atestiguar ciertamente que estos viajes del Papa llegan a una sociedad que lo acoge y reconoce como factor de orientación, de unidad y de compromiso en medio de los problemas que vive como Iglesia y que en buen grado comparte con la sociedad entera. Pero, la sociedad -católica y no católica- se pregunta si esos viajes son realmente pastorales, si se realizan despojados de toda la pompa que les es impropia, si el Papa no usufructúa indebidamente la representatividad y ventajas de un jefe de Estado y carga sobre él funciones y gastos que no debieran acompañar al humilde sucesor de Pedro. ¿Sucumbe, en este caso, el Estado a unos privilegios de tratamiento que la misma Iglesia católica debiera renunciar?
En todo caso, ni fundamentalismo católico ni fundamentalismo laico excluyentes, sino convivencia pacífica en la pluralidad. Tan cierto como que “No puede darse ninguna discriminación por razón de religión, pues todos los españoles son iguales ante la ley” (Constitución, Cap. II, Art. 14), lo es también que “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y tendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones” (Cap. II, Art. 16,3). La Declaración Universal de los Derechos Humanos subraya como legítimo “el derecho de toda persona a la libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y al observancia” (Art. 18).
No sé si, en medio de esta complejidad, nos sería dado adentrarnos en la intimidad de Benedicto XVI y sorprenderlo proclamando lo que escribe José Arregi: : “Hermanas, hermanos. Quiero viajar a Santiago y Barcelona como un peregrino más, a lo sumo con el simple obispo de Roma, que soy, ni siquiera elegido por los cristianos de Roma, para humillación mía y de ellos. Es verdad, lo reconozco: yo mismo moví los hilos para ser nombrado Papa y cabeza de la Iglesia universal. Lo siento. Es que entonces, cuando movía los hilos, yo no era aún infalible, y ahora que los hilos se han vuelto una maraña tampoco lo soy, bien lo sé yo; admitid que no lo sea y aliviadme de esa carga de la historia , del peso de un Estado, del peso de toda la Iglesia, de este demoledor peso del poder y de la verdad absoluta, excesivo para un hombre.
A mis 83 años, y lleno de achaques, yo sería feliz con mis paseos y mis libros, con mi música y mi piano, con mi oración y mi silencio. Conozco a Jesús, conozco la historia y también me conozco. Yo quiero simplemente viajar a Santiago y encontrarme allí, nada más, con peregrinas y peregrinos como yo, y que todos nos sintamos acompañados por aquel bendito Peregrino que acompañaba a los abatidos discípulos de Emaús. Quiero ir a Barcelona y orar en silencio en el templo de Gaudí que llaman modernista, y encender una lamparita y hacer votos para que la Iglesia se reconcilie por fin con la modernidad y con todas las culturas, y bendecir a todas las familias tal como son y sentir que todas son sagradas siendo como son, tan distintas y tan parecidas a aquella sagrada familia de Nazaret. Dejadme ser hombre, dejadme ser un simple peregrino como vosotros” (José Arregi, teólogo).
Esta cultura de comprensión, tolerancia activa e integración es hacia donde caminamos. Venimos de una pasado donde muchas cosas eran de otra manera, pero por muchos y buenos motivos hemos ido cambiando, nos hemos hecho menos dogmáticos y excluyentes, y acabamos entendiendo que unos y otros somos libres – nada vale si se quita esa libertad- y que podemos convivir pacíficamente en el respeto, diálogo y cooperación, sin necesidad de excluirnos ni enfrentarnos. Porque si es mucho lo que nos diferencia, es mucho más lo que une y hermana.

Benjamín Forcano

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martes, 16 de noviembre de 2010

Carta a un amigo teólogo sobre el aborto en las elecciones 2010


Jose Comblin, sacerdote y teólogo. BRASIL

Querido Arnold,

Usted recuerda el golpe electoral que estalló en la víspera de la primera vuelta de las elecciones de 2010 cuando se produjo todo un alboroto con la cuestión del aborto. Ese alboroto se prolongó durante todo el mes de octubre hasta la segunda vuelta. En las iglesias y fuera de las iglesias se distribuyeron millones de panfletos firmados por los obispos del consejo del regional Sur 1 para intimar a los católicos a votar por el candidato José Serra. El motivo era que los candidatos del PT, principalmente la candidata a la presidencia de la república, querían legalizar el aborto en Brasil, y, por consiguiente querían implantar una cultura de la muerte.

Este incidente me hizo reflexionar un poco sobre ese hecho bastante extraño y su significado eclesial. Quiero comunicarle aquí algo de estas reflexiones.

Los obispos denunciadores se decían los defensores de la vida, es decir, personas que luchan contra el aborto y luchan contra todos los políticos que apoyan el aborto despenalizado en Brasil. Su discurso fue el que utilizan los movimientos que dicen ser defensores de la vida, porque condenan el aborto. Era un lenguaje violento, condenatorio. Solamente por distracción los autores se olvidaron de informar que la despenalización del aborto estaba en el programa del PV (partido verde), y que el candidato Serra ya había autorizado el aborto en ciertos casos, cuando era ministro de la salud, que le valió las protestas de la CNBB (Conferencia Nacional de Obispos Brasileños). Seguramente esto fue un olvido por distracción. Por discreción los obispos omitieron lo que sucedió un día en la vida de la pareja de Serra, lo que fue bueno porque la vida privada no debe interferir con la vida pública.

Sucede que la Iglesia siempre ha condenado el aborto, y estableció una pena de excomunión para todos los que tienen participación activa. Logró que en Brasil exista una ley que castigue el aborto. Pero Brasil es uno de los países donde hay más abortos. Algunos dicen que 70.000 al año, otros estudios incluso dicen que uno de cada cinco mujeres en Brasil que ya practicó un aborto. Siempre es un aborto clandestino y naturalmente es hecho en las peores condiciones para los pobres. Pues para quien tiene condiciones hay clínicas privadas bien equipadas, conocidas, pero nunca denunciadas por la Iglesia. Sobre esas clínicas para los ricos el poder judicial cierra los ojos púdicamente. Después de todo, se trata de personas importantes. Las condenaciones de la Iglesia no tienen ningún efecto. La ley de la república no tiene ningún efecto. Los defensores de la vida no consiguen defender nada. Hablan, hablan, pero sin resultado. Condenan, condenan, pero el crimen se comete con la mayor indiferencia a las condenas verbales o legales. Hablan, condenan. y no pasa nada. Ellos se dan buena conciencia creyendo que defienden la vida, pero no defienden nada. Hay un lugar en el Evangelio donde Jesús habla de las personas que hablan y no hacen nada. Impiden la despenalización, pero defienden la situación actual, o sea son los defensores del aborto clandestino, que es la situación actual.

Su argumento podría ser que la despenalización aumentaría el número de abortos. Sin embargo, la experiencia de otros países muestra que, por el contrario, disminuye el número de abortos. Esto se explica fácilmente. Puesto que una vez que una mujer puede hablar abiertamente sobre el aborto, las autoridades pueden con la ayuda de psicólogas, trabajadores sociales, asistentes religiosos dialogar con ella y buscar con ella otra solución, lo que de hecho acontece. Muchas mujeres no habrían hecho aborto si hubieran recibido ayuda moral o material, cuando estaban desamparadas.

Dado que el documento fue firmado por obispos, yo pensé que los obispos iban a explicar lo que están haciendo en la pastoral de su diócesis para combatir el aborto clandestino, e iban a hacer propuestas a los candidatos en las elecciones sobre la base de sus experiencias pastorales. Pero no había nada en el panfleto. Hubiera sido interesante saber qué hacía la pastoral diocesana para evitar que hubiese abortos. Pero no había nada. Los obispos gritaban, asustaban, condenaban, pero no decían lo que hacían. Algunos lectores pensaron: ya que no hablan de su pastoral para evitar el aborto, debe ser porque no existe esa pastoral. Hablan en contra del aborto, pero no hacen nada para evitarlo. Condenan, y nada más.

Ahora bien, podrían hacer mucho. Muchas mujeres que quieren hacerse un aborto, son mujeres angustiadas, perdidas, desesperadas, que se sienten en una situación sin salida. Muchas quieren el aborto porque sus padres no aceptan que tengan un niño. Otras se ven obligadas a tener un aborto por el hombre que las forzó, y que puede ser su propio padre, un hermano, un tío, un padrastro. Otras están desesperadas porque la empresa para la que trabajan, no permite que tengan un hijo. Otros son empleadas domésticas y la patrona no acepta que tengan que cuidar un niño. Así que estas chicas o niñas se angustian y no saben qué hacer. No reciben atención, no reciben asesoramiento, no reciben apoyo ni moral ni material, porque todo es clandestino y ni siquiera se atreven a hablar con otras personas, salvo algunas amigas muy íntimas. Al no encontrar alternativas, de mala gana y con mucho sufrimiento recurren al aborto. La Iglesia no las ayudó cuando necesitaban ayuda.

La Iglesia podría tener una pastoral para ver lo que sucede en la calle, en el barrio, ¿cuáles son las niñas o mujeres jóvenes que pueden estar en peligro porque están en esta categoría de riesgo? Podría acoger o dar ayuda moral y material, dialogar, buscar otras soluciones. La experiencia demuestra que a veces un simple abrazo hace desistir de hacer el aborto. El aborto es el resultado de la indiferencia de la comunidad cristiana. Todos somos culpables, todos cómplices por omisión, y, en primer lugar, deberíamos pedir perdón por nuestro descuido en lugar de acusar a estas mujeres. Era lo que se esperaba de un documento firmado por los obispos, que después de todo representan el evangelio y la manera como Jesús trataba a los pecadores.


Jesús no condenó a los pecadores, y es lo que se espera de la Iglesia es que tenga mucha misericordia, mucha comprensión y que ayude efectivamente a esas personas que se encuentren en una situación tan difícil. Podríamos hacer propuestas al poder legislativo para crear las instituciones para responder en tantos casos en que la vida humana está en peligro, y éste es uno de ellos.

No tiene sentido decir que estoy en contra del aborto y estoy defendiendo la vida, si no hago nada. Yo no estoy defendiendo ninguna vida y el aborto está ahí y no hago nada. El gobierno tiene una ley que penaliza el aborto y esa ley no se aplica. Sólo sirve para que el aborto sea clandestino, esto es, que se hace en las peores condiciones morales y físicas, salvo para las personas de buena condición. Esta ley es inaplicable y la Iglesia no se atreve a pedir que ella se aplique. Habría que construir miles de centros penitenciarios y poner en las cárceles tal vez un millón de mujeres. La Iglesia no pide eso y se conforma con el aborto clandestino. En la práctica no hace nada en contra del aborto clandestino.

Existe la alternativa de la despenalización, que es para nuestros defensores de la vida la propuesta de Satanás. El chantaje de los llamados defensores de la vida hizo que todos condenen la despenalización, como lo hace la Iglesia. ¿Quién soy yo para juzgar? Los obispos del Regional Sur 1 creen mejor el aborto clandestino. ¿Quién soy yo para discutir? Sin embargo, tendría el derecho de pedir más discreción y más humildad, porque después de todo, todos somos cómplices por omisión si no hacemos nada para prevenir los abortos tan numerosos en Brasil. La condenación es inoperante. Pero una pastoral de la familia o una pastoral específica para este problema podría evitar que muchas mujeres angustiadas y desesperadas tengan que recurrir al aborto que ninguna mujer pide sin llorar. ¿Por qué esperar antes de desarrollar esta pastoral?

Entonces, ¿cuál fue el testimonio de amor que la Iglesia dio con este panfleto electoral?

José Comblin, gran pecador y cómplice por omisión

Texto original en portuguès enviado por su autor P. Josè Comblin
15 Noviembre de 2010. Traducciòn de J. Subercaseaux
Editor: Enrique A. Orellana F.
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sábado, 6 de noviembre de 2010

"El acusador de sus hermanos"

José Cristo Rey García Paredes, cmf
Miércoles 03 de Noviembre del 2010

No hace falta que sea Satán. Los tenemos entre nosotros. Se sienten poderosos y cuentan con excelentes medios para publicarlo. Les ha entrado la manía de hablar mal de la vida religiosa. La encuentran en estado de debilidad -según su impresión- y con sus palabras -que ellos creen proféticas- se arrogan el pedirle un cambio de rumbo; como si se hubiera instaurado en los institutos religiosos apostólicos -masculinos y femeninos- un demonio perverso, secularizador, que ha infectado casi todo. Estos profetas acusadores de sus hermanos y hermanas, lo dicen más o menos así: ¡están envejecidos, no tienen vocaciones, se han secularizado, se han vuelto individualistas, nos son fieles a la jerarquía, desobedecen, se dedican a cuestiones sociales, han perdido la identidad religiosa, se interesan más por problemas sociales (justicia, paz y ¡hasta ecología!) y políticos que por anunciar la vida eterna…! Quienes así se expresan condenan a miles y miles de religiosos y religiosas y si ofrecen alguna solución, ésta nada tiene que ver con el futuro ni con la esperanza cristiana, sino con una vuelta atrás y quién sabe dónde ponen esa meta rumbo al pasado.

Quienes así hablan olvidan palabras de Jesús como éstas: “No juzguéis y no seréis juzgados”, “quien esté sin pecado que tire la primera piedra”. Nunca la vida consagrada se ha auto-analizado tanto como en este tiempo (y quizá hasta en exceso). Solo habría que asistir a nuestros Capítulos, a nuestras Asambleas o nuestras reuniones comunitarias para ver cómo detectamos nuestras limitaciones y pecados. Lo hacemos frecuentemente a la luz de la Palabra de Dios y confrontándonos con las necesidades de nuestro mundo, lo expresamos en nuestras públicas peticiones de perdón y misericordia, en nuestras conversaciones sinceras y sin tapujos.

Es muy grave e intolerable que se nos acuse de haber roto la Alianza con nuestro Abbá, con Jesús, con su Espíritu, con su comunidad la Iglesia, diciendo que nos hemos vuelto secularistas y hemos perdido nuestra identidad. ¿En nombre de quien hablan tales personas que de modo tan presuntuoso acusan a un gran colectivo eclesial? ¿No se dan cuenta que hablando así, implican al mismo Dios, haciéndolo responsable de un castigo, que consiste en privar de vocaciones a los institutos que así actúan?

Es penoso que entre esas personas “notables” que así “profetizan” haya “pastores” que además son “religiosos”: es decir, ¡hermanos nuestros de vida religiosa! Esos hermanos son los que nos acusan.

La vida religiosa o consagrada no está dejada de la mano de Dios. Dios está con ella y, más aún, en estos tiempos. Pero, no por ello, se ha vuelto presuntuosa: ella misma sabe reconocer su pecado y sus limitaciones; ha renunciado a las explicaciones perfeccionistas de su identidad, a considerarse superior a los demás, como nunca lo había hecho a lo largo de la historia. Quiere compartir su carisma y misión con el laicado y ofrecer lo mejor de sí misma a la sociedad. Quiere ser una humilde prolongación de la vida y misión de Jesús en la tierra, movida por los carismas que el Espíritu le concede. La vida consagrada actual se siente misionera, y quiere ir allá donde el Espíritu la lleve. Pero también lucha contra los malos espíritus que intentan desviarla y destruirla. Trata de reinterpretarse a sí misma en un cambio de época y se muestra abierta a la metanoia, al cambio de mentalidad y aun de estructuras.

Si en Europa la vida consagrada cuenta con una gran mayoría de personas ancianas y enfermas, se trata de un don que hay que agradecer a Dios. Ser anciano no es una desgracia, ni siguiera formar parte del grupo de los últimos ancianos -si ese fuera el querer de Dios-. ?En no pocas ancianas y ancianos brilla el esplendor de una experiencia mística, que los ha ido modelando paso a paso. Son personas guiadas por el Espíritu, portadoras de sabiduría, que ofrecen sus días al Dios en que ciegamente confían. Nuestros ancianos son en múltiples casos nuestros “tesoros”. ¿Porqué no puede repetirse el milagro de nuevos Isaacs nacidos de Abraham y del seno ya anciano y apaciguado de Sara? ¿Porqué no confiar en el poder fecundo del Espíritu Santo, que hasta ahora ha concedido el carisma?¿Porqué en lugar de tanta lamentación, no le pedimos a Dios que enaltezca a los humillados como la madre de Samuel?

He asistido a varios Capítulos Generales. En ninguno de ellos he respirado aires de funeral. He percibido cómo el espíritu del mal es exorcizado como nunca: se lucha contra la hipocresía, el fariseismo, la ambición, la mentira.He percibido cómo se ora y cómo soñando lo imposible se preparan los institutos para lo imprevisible. Y no pocos institutos descubren cómo el Espíritu les concede una nueva fecundidad donde menos esperaban, o de seguro se la concederá.

A los “acusadores de sus hermanos” yo les diría que superen sus tentaciones satánicas y que contribuyan así a la llegada del Reinado de Dios, porque -como dice el libro del Apocalipsis, 12,10- llega el Reinado de nuestro Dios cuando es precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche?

La vida consagrada merece un gran voto de confianza. Su verdadera muerte sería aislarla del mundo, de la comunidad cristiana, de su comunión creciente con el laicado. Pero, sobre todo, quien merece un gran voto de confianza es el gran Protagonista de todo, el Espíritu Santo, nuestra Santa Ruah, que guía a la Iglesia y a sus comunidades dentro de ella y sana y hace crecer el Cuerpo de Cristo, que es su Esposa la Iglesia. Dejémonos de vanos vaticinios y confiemos en que “el Dios que nos lo dio, Él nos lo quitó” y que -sobre todo. Aquel que es fiel, a pesar de nuestras pequeñas o grandes infidelidades, es capaz de sacar de las piedras hijos de Abraham. Dios, nuestro Abbá, no se olvida de su santa Alianza.

Una anciana religiosa me decía unos meses antes de morir: “Y si pasa, ¿qué pasa?”. Era tal su confianza en Dios que estaba cierta de que pasara lo que pasara allí seguiría nuestro Dios cumpliendo sus promesas. Dejemos de acusarnos unos a otros. Que lo haga Satán, pero que no cuente con ninguno de nosotros, en ninguna dirección.
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miércoles, 27 de octubre de 2010

Carta de apoyo al P. Mario Bartolini, de Perú


Roma, 22 de Octubre de 2010
M.R.P. Mario Bartolini
Pasionista
Barranquita - Perú


Querido P. Mario:
Te escribimos desde Roma donde estamos reunidos para la celebración del Sínodo General de la Congregación Pasionista. Estamos reunidos en la Casa General de los Santos Juan y Pablo, el Superior General y su Consejo y todos los Superiores Provinciales, Viceprovinciales y Vicarios Regionales de toda la Congregación, que vive y trabaja en sesenta países entre los cuales está el Perú.
Al terminar la primera Jornada en la que hemos afrontado el tema de la Justicia, la Paz y la Integridad de la Creación te enviamos un saludo fraterno y un mensaje de aliento y ánimo para continuar tu misión y a vivir serenamente lo que te está sucediendo. Hace tiempo que seguimos tu trabajo y siempre hemos apreciado el trabajo desarrollado, en el pasado junto al P. Pío Zarrabe Garro, ya fallecido y pasionista como tú, en la defensa de la tierra de los campesinos de la zona de la Amazonía peruana que animas como párroco.
Conocemos los hechos judiciales en los que te ves implicado por tu trabajo a favor de la defensa de las pequeñas propiedades de tierra de Barranquita a la que sirves pastoralmente. Pequeñas propiedades que para tus parroquianos son todo lo que poseen y con las que alimentan a sus familias, esposa e hijos y muchas veces también a los abuelos.
Esperamos que el tribunal reconozca que tu cercanía al pueblo es una obra de justicia porque defiende el derecho de propiedad de los campesinos a poseer su propia tierra, frente a las poderosas multinacionales.
Te acompañamos con nuestra oración para que el proceso en el que te ves implicado se resuelva positivamente con la absolución de las acusaciones infundadas de sedición, de manera que puedas continuar la animación espiritual y humana del pueblo de Barranquita y de los fieles de los pueblos vecinos de la Amazonía peruana.
Deseamos vivamente que los responsables de la justicia peruana valoren tu acción como una adecuada y justa defensa de los débiles y del derecho de los campesinos a mantener sus propias tierras que cultivan desde hace muchas generaciones para alimentar a sus familias.

María, la madre de Jesús y madre nuestra te guarde.
San Pablo de la Cruz, nuestro común Padre y Fundador te bendiga y te proteja.

Fraternos y cordiales saludos.


P. Ottaviano D’Egidio
Superior General cp.
y los miembros del Sínodo, representando a los siguientes países:
Angola, Argentina, Australia, België, Bolivia, Botswana, Brasil, Bulgaria, Canada, Cechy, Chile, Colombia, Congo (R. Dem.), Cuba, Dominicana, Rep.; Deutschland, Ecuador, El Salvador, England, España, France, Guatemala, Holland, Honduras, India, Indonesia, Ireland, Israel, Italia, Jamaica, W.I., Japan, Kenya, México, Moçambique, Nederland, Nigeria, Österreich, Panamá, Papua N. Guinea, Perú, Philippines, Polska, Portugal, Puerto Rico, Scotland, South Africa, South Korea, Sverige, Tanzania, Ukraina, United Kingdom, Uruguay, U.S.A., Venezuela, Wales.


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jueves, 21 de octubre de 2010

Sobre el nombramiento de los obispos


LA DIÓCESIS DE CÁDIZ Y CEUTA PENDIENTE DEL NOMBRAMIENTO DE UN NUEVO OBISPO.Juan Cejudo
D. Antonio Ceballos, el actual obispo de Cádiz y Ceuta, presentó su dimisión al papa al cumplir los 75 años. Estamos, por tanto, pendientes del nombramiento de un nuevo obispo.
El nombramiento de un obispo para cualquier diócesis es un hecho eclesialmente importante. Tan importante que en los primeros siglos del cristianismo era toda la comunidad la que nombraba o destituía a los obispos.
Hay muchos textos que confirman esto y que expuse en mi artículo:
No al nombramiento de obispos de modo autoritario, sin participación de la comunidad cristiana”, que puede leerse en mi blog: http://juancejudo.blogspot.com
Sólo citaré aquí uno de ellos: el del papa Celestino (Epist. IV, 5), en un texto famoso que quedó recogido, en el s. XI, por el Decreto de Graciano (c. 13, D. LXI): “No se imponga un obispo a quienes lo rechazan. Se requiere el consentimiento y el deseo del pueblo y de los sacerdotes”.

Sería deseable que en nuestra diócesis hubiera una muy amplia participación de todos los sectores eclesiales para el nombramiento del nuevo obispo y no esperar que “ nos lo manden desde arriba, sea el que sea”.
Porque, de ser así, mucho me temo que también nos pase lo que ha sucedido con los nuevos nombramientos de Bilbao y S. Sebastián, que, a pesar de la amplia participación de sacerdotes y fieles, no se ha tenido para nada en cuenta la opinión de ellos y al final, por las presiones del Vaticano y de Rouco, se envió a obispos de línea muy distinta a la de los anteriores.
Creo que en Cádiz debiera venir un obispo de estilo similar al que ahora dimite por motivos de edad. Tendría que ser, por tanto:
Una persona sencilla, sin ínfulas de poder y de querer escalar puestos en la Iglesia, sólo preocupado por vivir y actuar de modo evangélico.
Una persona con sensibilidad social, atenta y preocupada por los numerosos problemas sociales que tiene la diócesis: paro, inmigración, asistencia social a los más necesitados, la falta de vivienda, la destrucción de tejido industrial, los sin techo…
Alguien de talante abierto, con capacidad para atender y respetar el sano pluralismo eclesial que existe, abierto también a las corrientes renovadoras y críticas como las de algunas parroquias, movimientos y comunidades de base y no sólo fomentando los grupos de carácter más tradicional.
Un obispo que apueste por el papel relevante de la mujer en la iglesia, que fomente la participación de la juventud, que se preocupe de los sectores más marginados de la sociedad y de los problemas del Tercer Mundo; que sea dialogante con todas las personas, también con los no creyentes. Que sepa respetar la laicidad y apueste por la supresión de los privilegios en su relación con el Estado.
Aunque desconozco si se están produciendo movilizaciones en los distintos sectores de la iglesia diocesana, sí que sería de desear que las hubiera para proponer entre todos el perfil del obispo que creemos conviene a la diócesis de Cádiz y Ceuta, para evitar que nos venga impuesto desde arriba y sea de una línea muy distinta a lo que aquí se necesita.

Juan Cejudo, miembro de MOCEOP y de Comunidades Cristianas Populares
Cádiz, 14 de Octubre de 2010
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martes, 19 de octubre de 2010

Declaración del Foro de curas de Madrid sobre los ministerios en la Iglesia


Durante el curso 2009 – 2010 y con motivo del año sacerdotal, en el Foro de Curas de Madrid hemos reflexionado sobre nuestra condición de presbíteros.
En las siguientes líneas, presentamos algunos aspectos del trabajo realizado.

El principio, nuestro fundamento
Jesús quiso promover un movimiento de renovación del judaísmo.
Tras su muerte y resurrección, este movimiento se fue configurando como una comunidad nueva con organización y estructura propias. Las modalidades fueron variadas según las comunidades.
Al final del primer siglo, encontramos ya a la Iglesia con una fisonomía semejante a la actual, aunque hicieron falta dos o tres siglos más para que tomara forma consolidada el papado.
Observando el proceso descrito, diremos que Jesús inspiró la Iglesia que nacía pero no la “diseñó” definitivamente.
Las formas concretas de organización, en particular el modo de establecer servicios y ministerios, fueron consecuencia de una doble fidelidad. Por una parte, el servicio a las comunidades debía inspirarse en la persona de Jesús, lo que dijo y lo que hizo. Por otra parte, los ministerios debían responder a la situación concreta de la comunidad. Se trataba de elegir a quienes mejor pudieran servir a la comunidad con el estilo de Jesús.
Como es natural, el proceso estuvo influenciado por la cultura y la religiosidad del momento.

Hoy, nos preocupa
Al trasladarnos a la realidad de hoy nos preocupa, como al Papa actual, el “carrerismo ministerial” que busca el poder y el honor antes que el servir.
También es grave el hecho, cada vez más frecuente, de que haya comunidades que no pueden celebrar la Eucaristía por falta de pastor y de que otras muchas no estén bien atendidas.
Se rodea al presbítero de un carácter sagrado que no parece acorde con el pensamiento de Jesús.

Hacia el futuro, algunos pasos a dar
Como ministros en la Iglesia, debemos convertirnos del dominar al servir.
Como Iglesia, debemos buscar a quienes mejor puedan servir a cada comunidad, independientemente del sexo o de su condición célibe – matrimonial. Nos unimos a las voces de obispos y teólogos, cada vez más numerosas, que piden dar pasos urgentes en este terreno.
El mundo de hoy considera de forma nueva el lugar de la mujer y el sentido de la democracia. Estimamos que en la Iglesia no estamos desarrollando adecuadamente estos valores básicos, por lo que tenemos que buscar modos de integrarlos. Parece natural, por ejemplo, que se tenga realmente en cuenta el sentir de una comunidad, parroquia o diócesis, a la hora de concretar la persona del pastor que llega a ella.


Octubre 2010

Para más información: http://forocurasdemadrid.org/
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sábado, 16 de octubre de 2010

Nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo


Hoy, sábado 16 de octubre de 2010 se está celebrando de 9:30 a 18:00 horas la XIII Jornada de Pastoral Social en Buenos Aires (Argentina).
Este año la Jornada se está celebrando bajo el lema "Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad (2010-2016). Nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo"

“La realización de la Jornada nos encuentra celebrando el Bicentenario de la Patria. Doscientos años han pasado durante los cuales los hombres y mujeres que nos precedieron, construyeron con aciertos y errores, una herencia que nos pertenece y de la cual nos debemos hacer cargo con todos sus logros y con todas sus imperfecciones, porque ese es precisamente el punto de partida desde el que nosotros debemos hacer nuestro aporte para el futuro”, señala en la carta de convocatoria el Arzobispo de Buenos Aires, encargado de realizar la conferencia inicial.

La Jornada tiene como destinatarios a todos los agentes pastorales, sacerdotes, religiosos y laicos, representantes del sector social, político, sindical, empresarial, profesional, universitario y aquellos llamados a trabajar en la misión de la construcción de la sociedad.

Además de la participación en un panel de diversos y relevantes ponentes, por la tarde se desarrollaran distintas comisiones de trabajo para la participación y aporte de todos los asistentes.
Les ofrecemos el texto completo de la ponencia completa del Arzobispo.
Pueden encontrar más información sobre la Jornada en
http://www.pastoralsocialbue.org.ar/


Conferencia del Sr. Arzobispo en la XIII Jornada

Arquidiocesana de Pastoral Social


HACIA UN BICENTENARIO
EN JUSTICIA Y SOLIDARIDAD
2010-2016
NOSOTROS COMO CIUDADANOS,
NOSOTROS COMO PUEBLO


C O N T E N I D O

HACIA UN BICENTENARIO EN JUSTICIA Y SOLIDARIDAD 2010-2016 NOSOTROS COMO CIUDADANOS, NOSOTROS COMO PUEBLO

1. INTRODUCCION

1.1. Bicentenarios: herencia e inventario
1.2. Reconciliación y proyecto

2. ¿POR QUÉ COMO CIUDADANOS Y COMO PUEBLO?

2.1. ¿La primacía del individuo o el hombre como un ser en relación?
2.2. Dimensión social y construcción histórica

3. CIUDADANOS Y PUEBLO

3.1. Citados al bien común
3.2. La pertenencia a un pueblo
3.3. Ciudadano y vocación política
3.4 Dinámica de la verdad, con la bondad y la belleza
3.5. Ciudadanos en el seno de un pueblo
3.6. ¿Qué conspira contra ello?

4. PRINCIPIOS PARA ILUMINAR NUESTRO SER COMO CIUDADANOS Y COMO PUEBLO

4.1. Primera tensión bipolar: la tensión entre plenitud y límite
4.1.1. Primer principio: el tiempo es superior al espacio
4.1.2. Segundo principio: la unidad es superior al conflicto

4.2. Segunda tensión bipolar: la tensión entre idea y realidad
4.2.1. Tercer principio: la realidad es superior a la idea

4.3. Tercera tensión bipolar: la tensión entre globalización y localización
4.3.1. Cuarto principio: el todo es superior a la parte

5. CONDICIONES FAVORABLES PARA LA REALIZACIÓN DE CIUDADANIA EN UNA EXPERIENCIA SIGNIFICATIVA DE PUEBLO EN LOS BICENTENARIOS

5.1. Tiempo de proyecto
5.2. El pueblo como sujeto

6. PERSPECTIVAS DE FUTURO

6.1. Dos prioridades:
6.1.1. Erradicación de la pobreza
6.1.2. Desarrollo integral de todos

6.2. Bicentenarios y futuro

7. CONCLUSIÓN

"El amor cristiano impulsa a la denuncia, a la propuesta y al compromiso con proyección cultural y social, a una laboriosidad eficaz que apremia a cuantos sienten en su corazón una sincera preocupación por la suerte del hombre, a ofrecer su propia contribución"

1. INTRODUCCION


1.1. Bicentenarios: herencia e inventario

Este segundo centenario de la Patria, este tiempo de aniversario y de celebración, es una ocasión inmejorable para reflexionar acerca de nosotros mismos, como ciudadanos y como pueblo y comprometernos en la acción.

Aquellos hombres de hace doscientos años deseaban construir una Nación independiente y soberana. Ese fue su legado para la historia.

Doscientos años han pasado durante los cuales los hombres y mujeres que nos precedieron construyeron, con aciertos y errores, una herencia que nos pertenece y de la cual nos debemos hacer cargo con todos sus logros y todas sus imperfecciones, porque ese es precisamente el punto de partida desde el que nosotros debemos hacer nuestro aporte para el futuro.

La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan. Por eso, cada esfuerzo individual, -por mas valioso que sea-, cada etapa de gobierno que se sucede, -por más significativa que haya sido- y los acontecimientos y procesos históricos que va forjando un pueblo con historia, -portador de vida y cultura-, no son más que partes de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: un pueblo que lucha por una significación, que lucha por un destino, que lucha por vivir con dignidad.

La Argentina de este segundo centenario se encuentra en condiciones diferentes a la del primero: tenemos democracia, libertades, derechos sociales, se han desarrollado intensos procesos de inclusión política y social a lo largo del siglo XX, en los últimos años se han ido profundizando procesos de integración en nuestra región geocultural y geoestratégica que es América Latina.

Tenemos también heridas, cuestiones irresueltas y deudas que saldar. La historia nos marca y, muchas veces, nos deja sin aliento. Hemos pasado momentos duros y difíciles. Inestabilidad crónica y enfrentamientos, dictaduras militares, guerra perdida, hiperinflaciones y ajustes, etc. La crisis y la depresión del 2001/2002 no son datos que podamos obviar en el momento de tomar conciencia de la realidad que nos toca vivir.

Tenemos que partir del inventario, de lo que tenemos, de lo que logramos, de la plataforma que construimos para dar unos pasos más y llevar adelante un proyecto de país que nos permita a todos vivir con dignidad.

“En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana. Esos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina” .

En ese inventario no pueden imponerse visiones decadentistas, que perciben la realidad como una continúa degradación partiendo de un paraíso perdido, ni visiones triunfalistas acríticas, que no perciben las problemáticas que tenemos aún por resolver.

Necesitamos un análisis sereno, reflexivo, profundo, de dónde estamos y hacia dónde nos proponemos ir.


1.2. Reconciliación y proyecto

La Argentina de este segundo centenario se encuentra frente a grandes desafíos y también frente a una extraordinaria oportunidad. Ello aumenta la responsabilidad de los dirigentes y de la ciudadanía frente a la ocasión y al reto. No podemos segmentarnos en espacios. Más bien tenemos que privilegiar el tiempo al espacio; la unidad al conflicto; el todo a la parte y la realidad a la idea.

El sistema democrático es el marco y estilo de vida que hemos elegido tener y en él tenemos que dirimir nuestras diferencias y encontrar nuestros consensos.

Con la recuperación de la democracia tuvimos la ilusión y pensamos que nuestra Patria podría, finalmente, lograr una convivencia y un proyecto común. Creíamos que podíamos resolver nuestras diferencias y las tensiones internas a través de las herramientas que nos brinda la política, que es el “espacio del compromiso y la misión para superar las confrontaciones que impiden el bien común”. Sin embargo, todavía nos cuesta encontrar y aceptar los puntos de unión y los lugares que nos permitan una convivencia fraterna.

Hay un párrafo en el Documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, de los obispos argentinos de mayo de 1981, que nos caracteriza hasta hoy: “… cada sector ha exaltado los valores que representa y los intereses que defiende, excluyendo a los otros grupos. Así, en nuestra historia se vuelve difícil el diálogo político. Esta división, este desencuentro de los argentinos, ese no querer perdonarse mutuamente, hace difícil el reconocimiento de los errores propios y, por lo tanto, la reconciliación. No podemos dividir el país, de una manera simplista, buenos y malos, justos y corruptos, patriotas y apátridas” .

Tenemos entonces un déficit de política, entendida en un sentido amplio como “la forma específica que tenemos para relacionarnos en sociedad. Lo político nos comprende a todos y es responsabilidad de todos, aunque no estemos directamente involucrados en actividades políticas” .

Esta situación interpela de modo vivo a quienes están directamente involucrados en la actividad política, a quienes tienen la responsabilidad de dirigir, de conducir los diferentes ámbitos que tienen mayor incidencia en la realidad.

Es hora de hacernos cargo y aceptar con valentía que como dirigentes no hemos estado muchas veces la altura de los desafíos que nos ha tocado enfrentar.

El diagnóstico de divorcio entre dirigencia-pueblo, elite-pueblo ha figurado en la mayoría de los trabajos de análisis sobre nuestra evolución histórica y por tan repetido nos lo olvidamos. La dirigencia, muchas veces, suele formarse en ambientes y perspectivas ajenas al sentir popular y a esta diferenciación “cultural” se le ha sumado el factor económico que ha cooptado el poder dirigente.

Nuestra política no ha estado, muchas veces, decididamente al servicio del bien común, se ha convertido en una herramienta de lucha por el poder que sirve a intereses individuales y sectoriales; de posicionamientos y ocupación de espacios, más que de conducción de procesos y no ha sabido, no ha querido o no ha podido poner límites, contrapesos, equilibrios al capital y de ese modo erradicar la desigualdad y la pobreza que son los flagelos más graves del tiempo presente.

En este punto no hay oficialismos ni oposiciones, hay un fracaso colectivo. Este es un sayo que nos cabe a todos.

Muchos podrán explicar lo difícil que es dirigir un país en un tiempo de grandes mutaciones y en un contexto global en el cual muchas de las decisiones quedan fuera del alcance de nuestras dirigencias. Pero en lo que nos toca a nosotros fronteras adentro, corresponde dejar de señalar al de al lado, o al de atrás, porque lo que hemos terminado dejando al lado y atrás, y finalmente afuera de todo, es a una importante porción de nuestros hermanos.

No podemos reconciliarnos con la idea de una democracia de baja intensidad, de niveles de pobreza como los que aún tenemos, de la falta de definición de un proyecto estratégico de desarrollo y de inserción internacional, de un rasgo de nuestra cultura política que juega al “todo o nada” en cada tema, que coloca cuestiones que son del orden de lo opinable, discutible, negociable, modificable en el límite, como si en ellas se jugara la existencia misma de la Nación, y así se coloca en grave riesgo la convivencia, la estabilidad, la gobernabilidad, la necesaria tranquilidad de la vida en democracia y lo que es más grave aún, poniendo en riesgo lo que nos costó tanto conseguir: el crecimiento económico, el incremento del empleo registrado, el alivio relativo de la pobreza, una serie de medidas positivas como la asignación “universal” y la integración en la región, por dar sólo algunos ejemplos.

Es en ese marco que la dirigencia tiene un papel fundamental para jugar, para favorecer escenarios que contribuyan al desenvolvimiento de una democracia participativa y cada vez más social.


2. ¿POR QUÉ COMO CIUDADANOS Y COMO PUEBLO?

2.1. ¿La primacía del individuo o el hombre como un ser en relación?

En la vida actual existe una tendencia cada vez más acentuada a exaltar al individuo.

Es la primacía del individuo y sus derechos, sobre la dimensión que mira al hombre como un ser en relación. Es la individualización de la referencia: es el reinado del “yo pienso”, “yo opino”, “yo creo”, por encima de la realidad misma, de los parámetros morales, de las referencias normativas, sin hablar de preceptos de orden religioso. Es la primacía de la razón sobre la inteligencia, ratio sobre intellectio.

Esto ha sido calificado como nuevo individualismo contemporáneo. Puede rastrearse e inscribirse, genealógicamente, en el individualismo posesivo del liberalismo decimonónico.

Puede también responder a las miradas psicologistas de principios del siglo XX que absolutizaron el inconsciente como fuente de explicación y destino de los hombres. Puede relacionarse, también genealógicamente, con el individualismo consumista del capitalismo de posguerra.

Un amigo querido recientemente fallecido, Alberto Methol Ferré, decía que se trataba de un individualismo libertino, hedonista, amoral, consumista, que no tenía horizonte ético ni moral. Se trataba, para él, del nuevo reto para la sociedad y para la Iglesia en América Latina. Ese individualismo asocial y amoral muchas veces tiñe el comportamiento de sectores o fragmentos de nuestra sociedad que no se reconocen en un marco mayor, en un todo.

Por eso, al referirnos a los compromisos político-sociales actuales tenemos que hacer el esfuerzo de recuperar esa dimensión individual, personal, importantísima y destacada de manera significativa en nuestra tradición de pensamiento para ponerla a jugar con la dimensión social, colectiva, estructural de la vida comunitaria.

A ello obedece el titulo de la convocatoria: “nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo”; como ciudadanos en el seno de un pueblo.


2.2. Dimensión social y construcción histórica
Ciudadanos es una categoría lógica. Pueblo es una categoría histórica y mítica. Vivimos en sociedad, y esto todos lo entendemos y explicitamos lógicamente. Pueblo no puede explicarse solamente de manera lógica. Cuenta con un plus de sentido que se nos escapa si no acudimos a otros modos de comprensión, a otras lógicas y hermenéuticas.
El desafío de ser ciudadano comprende vivir y explicitarse en las dos categorías de pertenencia: de pertenencia a la sociedad y de pertenencia a un pueblo. Se vive en sociedad y se depende de un pueblo…

Es real y cierto que en nuestra condición de pueblo nuevo en la historia, nuestra identidad no está del todo perfilada y definida. En nuestra situación ser parte del pueblo, formar parte de una identidad común, para algunos sectores, no es automático. No resulta natural ni orgánico tampoco para quienes tienen referencias externas más fuertes que las internas o hacen de la autodenigración un deporte. No resulta natural ni orgánico para quienes han perdido todo lazo social y cultural con sus compatriotas, sin sentido de pertenencia a un destino colectivo.
Por eso decía que no era automático. Se trata de un proceso, de un hacerse pueblo. De una integración. De un trabajo lento, arduo, muchas veces doloroso por el cual nuestra sociedad ha luchado.
Somos un pueblo nuevo, una “patria niña…” al decir de Leopoldo Marechal.
América Latina irrumpe en la historia universal hace 500 años portando la riqueza de los pueblos originarios y la mestización del barroco de indias.
Vamos cumpliendo 200 años como reza el canon patriótico que recibimos del liberalismo y nos enseñaron en los actos escolares, aunque nuestras raíces se hunden en el período hispano-criollo con el mestizaje que nos da color y originalidad y la fe que nos distingue de otras matrices culturales.
Luego vinieron las inmigraciones que se acriollaron, que se unieron y fueron configurando nuestro rostro actual.
Esa raigambre histórico-cultural, esa continuidad histórica, ese modo de ser, ese ethos, esos legados, esas transmisiones son las que resultan difíciles y dolorosas de integrar, unir, sintetizar entre nosotros.
La puja de tradiciones (ilustrada-popular, dos Argentinas), de relatos (liberal-revisionista), de controversias (agrario o industrial), de enfrentamientos (unitarios-federales; régimen-causa; peronistas-antiperonistas) hace dramática la pertenencia a ese pueblo que queremos más unido, libre y protagonista.
Sí, nuestra historia es dramática y llena de contradicciones, muchas veces, violentas. Hemos crecido más por agregación que por síntesis superadora. Tenemos que leer nuestro pasado y superarnos. No volver a caer como en un sino trágico en sus derroteros y huellas, como si nos porfiáramos en repetir situaciones y confrontaciones que nos han hecho daño.
Se nos impone la tarea de mirar nuestro pasado con más cariño, con otras claves y anclajes, recuperando aquello que nos ayuda a vivir juntos, aquello que nos potencia, aquellos elementos que pueden darnos pistas para hacer crecer y consolidar una cultura del encuentro y un horizonte utópico compartido.


3.1. CIUDADANOS Y PUEBLO

3.1. Citados al bien común
Es necesario que cada uno recupere cada vez más la propia identidad personal como ciudadano, pero orientado hacia el bien común. Etimológicamente, ciudadano viene del "citatorium" latino. El ciudadano es el citado, citado al bien común, citado para asociarse hacia el bien común. Ciudadano no es el sujeto tomado individualmente como lo presentaban los liberales clásicos ni un grupo de personas amontonadas, lo que en filosofía se llama "la unidad de acumulación". Se trata de personas convocadas hacia una unidad que tiende al bien común, de cierta manera ordenada; es lo que se llama "la unidad de orden". El ciudadano entra en un ordenamiento armónico, a veces disarmónico por las crisis y los conflictos, pero ordenamiento al fin, que tiende hacia el bien común.
Para formar comunidad cada uno tiene un “munus”, un oficio, una tarea, una obligación, un darse, un entregarse, un donarse para el resto. Estas categorías que nos vienen del patrimonio histórico-cultural han quedado “olvidadas”, “tapadas”, frente a la exigencia del “individualismo consumista” que sólo pide, exige, demanda, critica, moraliza, y centrado en sí mismo, no pone, no apuesta, ni arriesga o “se juega” por los demás.

3.2. La pertenencia a un pueblo
Para ser ciudadano pleno no basta la pertenencia a la sociedad, para tener la total identidad de ciudadano no basta, aunque ya es un gran paso, pertenecer a una sociedad. Estar en una sociedad y tener pertenencia de ciudadano, en el sentido de orden, es un gran paso de funcionalidad. Pero la persona social adquiere su más cabal identidad como ciudadano en la pertenencia a un pueblo. Esto es clave, porque identidad es pertenencia. No hay identidad sin pertenencia. El desafío de la identidad de una persona como ciudadano se da directamente proporcional a la medida en que él viva su pertenencia. ¿A quién? Al pueblo del que nace y vive.
Como decía con anterioridad, en esta pertenencia al pueblo convergen dos tipos de categorizaciones: la categorización lógica y la categorización histórico/mítica. Y las dos hay que usarlas.

Entonces, cuando hablamos de ciudadano lo contraponemos a masa de gente. El ciudadano no es el montón, no es el rejunte. Existe una diferencia sustancial y cualitativa entre masa y pueblo. Pueblo es la ciudadanía comprometida, reflexiva, consciente y unida tras un objetivo o proyecto común.


3.3. Ciudadano y vocación política

En esta perspectiva, la reflexión sobre el ciudadano, la reflexión existencial y ética, culmina siempre en vocación política, en la vocación de construir con otros un pueblo-nación, una experiencia de vida en común en torno a valores y principios, historia, costumbres, idioma, fe, causas, sueños compartidos…

Entonces, si el ciudadano es alguien que está citado y obligado a dar para el bien común, ya está haciendo política, que es una forma alta de la caridad, según los documentos pontificios.

El desafío de ser ciudadano, además de ser un hecho antropológico, se encuadra en el marco de lo político. Porque se trata del llamado y del dinamismo de la bondad que se despliega hacia la amistad social.

Y no se trata de una idea abstracta de bondad, teórica, que funda el eticismo, sino la que se despliega en el dinamismo de lo bueno en el núcleo mismo de la persona, en las actitudes. Son dos cosas distintas. Lo que a uno lo hace ciudadano es el despliegue del dinamismo de la bondad hacía la amistad social. No la reflexión sobre la bondad que crea pautas éticas que -en última instancia- pueden llevar a actitudes que no despliegan nuestra total bondad. Una cosa es la bondad y otra cosa es el eticismo. También puede darse un eticismo sin bondad. Es propio del "medio pelo existencial" la inteligencia sin talento y el eticismo sin bondad.

3.4 Dinámica de la verdad, con la bondad y la belleza
En nuestra historia muchas veces estas disociaciones generaron graves conflictos y enfrentamientos: la razón abstracta del formalismo o del moralismo versus el dinamismo vital expresado y comprometido situacionalmente.
La reflexión abstracta corre el riesgo de elucubrar sobre objetos abstractos o abstraídos, encandilada en una aséptica búsqueda de la verdad, y se olvida de que el objetivo de toda reflexión humana es el ser real como tal y, por lo tanto, uno, de donde no se pueden desgajar esas tres pautas fundamentales del ser, que los filósofos llaman los trascendentales: la verdad, la bondad y la belleza. Van juntos. Lo que tiene que desarrollarse en el ciudadano es esa dinámica de la verdad, con la bondad y la belleza. Si falta alguno el ser se fractura, se idealiza, pasa a la idea, no es real. Tienen que ir juntos, no desgajarse.
En este desgajamiento metafísico se enraíza toda deformación en la concepción del ser ciudadano; se da el reduccionismo del bien común al bien particular, se busca una bondad que, al no tener al lado la verdad y la belleza, va a terminar por convertirse en un bien propio para mí en particular o para mi sector. Pero no el bien universal, el bien común, el bien que como ciudadano debo buscar. Entonces, un desafío de ciudadano es juntar esta bondad, esta verdad, esta belleza, lo cual da unidad, sin desgajarse, en pos de una experiencia de pueblo, de un nosotros como pueblo.
Recuperar la vigencia de la actitud ciudadana, del ciudadano como persona con identidad y pertenencia, entraña recuperar el horizonte de síntesis y de unidad de una comunidad.


3.5. Ciudadanos en el seno de un pueblo
Recuperar la vigencia de lo ciudadano desde esta proyección, el transformarme de habitante a ciudadano como perteneciente a un pueblo con sus valores, significa aire de familia, projimidad en la comunidad, experiencia histórica de pueblo.
Para Alberdi en la segunda mitad del siglo XIX debíamos pasar de habitantes a ciudadanos. Habitantes haciendo ejercicio de los derechos civiles enunciados en el famoso artículo 14 de la Constitución Nacional de 1853. Ciudadanos ejerciendo los derechos políticos, una vez que la inmigración transformara de cuajo la sociedad preexistente. La república de abundantes libertades civiles era para Alberdi la “República Posible”. La república con libertades políticas era la “República Verdadera” que es la que se consolida con la ley Saenz Peña, en la que se cumple ese objetivo, aunque no en la línea que soñaba Alberdi y el liberalismo elitista.
Necesitamos constituirnos ciudadanos en el seno de un pueblo. Marchar hacia un concepto de ciudadanía integral.
La Argentina llegó a constituir una sociedad con movilidad social ascendente, bastante homogénea, con derechos sociales extendidos, de pleno empleo y alto consumo, con participación política electoral casi total, con una activa movilización. Sin caer en nostalgias -ni las del Centenario, ni las de mitad de siglo XX- como generación no podemos estar a menor altura que esos proyectos.

3.6. ¿Qué conspira contra ello?
La primacía de lo individual y de lo sectorial por encima de todo y todos. El primado del interés individual, ese individualismo arribista, mezquino, que no debemos confundir con el esfuerzo individual que muchas de nuestras familias hicieron para tener casa, garantizar educación a los hijos, etc. La presencia del sectorialismo, el reinado del fragmento, la exaltación de la parte, la absolutización de la lógica y el interés del sector ha impedido la maduración de un proyecto colectivo y de mediano y largo plazo.
El coyunturalismo o el cortoplacismo ha instalado el presente como única dimensión del tiempo, que no permite visión y mirada estratégica y que coloca la ocupación de espacios como fin último de la actividad política, social y económica.
Este coyunturalismo, ese inmediatismo tacticista, ese “estar en el juego”, “ese ocupar el espacio sin finalidades trascendentes” se une al afán de ganancia rápida que constituye un rasgo trágico de los sectores de poder económico que no se han reconciliado con la idea del esfuerzo sostenido, del desprendimiento y el ceder, de la abstención de consumo suntuario en aras de un escenario económico más previsible y estable.
La presencia mediática. La irrupción de la “civilización de la imagen” es un hecho datado de hace más de cinco décadas. La reducción de la política a espectáculo o pura imagen es un hecho más reciente que habilita a figuras carentes de contenidos y propuestas, sin capacidad de gestión ni solvencia para enfrentar situaciones complejas como las que les tocan vivir a las sociedades contemporáneas. No se trata de una cuestión local. No hace falta dar ejemplos para considerar la emergencia de liderazgos efímeros producidos por una campaña publicitaria o por la complicidad mediática.
Con anterioridad enfaticé el papel de la dirigencia en la formulación de un proyecto de desarrollo integral e inclusivo de país. Esta se ve limitada por los condicionamientos con los que opera y la debilidad en poder poner reglas de juego claras y eficaces para reconstituir el vínculo y el tejido social argentino.
Se da así la incapacidad para realizar acuerdos y generar proyectos de desarrollo de mediano y largo plazo, identificando los problemas y situaciones sociales a resolver. Una cultura política de confrontación, no de acuerdo, no de cultura del encuentro, donde el conflicto es más importante que el acuerdo, que la búsqueda de la unidad.
Nuestra patria merece un proyecto integrador. Un proyecto en torno a definiciones de valores y a objetivos concretos en las distintas áreas de la economía, la política, lo social, lo cultural. Un proyecto de desarrollo integral para todos. Ese proyecto integrador excede los tiempos de cualquier gobierno porque necesita una mirada de mediano y largo plazo y por lo tanto requiere continuidad, la cual sólo puede ser garantizada mediante el compromiso de las distintas fuerzas políticas y sociales.

Nos preguntamos:

¿Es posible en la Argentina de 2010 un proyecto de este tipo?
¿Es posible elevar un poco la mirada de la coyuntura que nos consume, y soñar un país que quizá sólo dé frutos a nuestros hijos y nietos?
¿Podemos los argentinos ponernos de acuerdo en cierto mínimo común denominador de ideas y políticas y respetarlas a través del tiempo?
¿Podemos construir una cultura política que tenga como norte el encuentro y no la confrontación estéril?

Ese es quizás, en estos tiempos de bicentenarios, nuestro mayor desafío como pueblo.



4. PRINCIPIOS PARA ILUMINAR NUESTRO SER COMO CIUDADANOS Y COMO PUEBLO

Enunciaría cuatro principios fundamentales: El tiempo es superior al espacio, la unidad es superior al conflicto, la realidad superior a la idea, el todo es superior a la parte.
Llegar a construir un proyecto común supone en la vida de un pueblo el manejo y la resolución de tres tensiones bipolares, que si uno las utiliza de manera madura ayudan a resolver el desafío de ser ciudadano, la pertenencia lógica a una sociedad y la dependencia histórico/mítica a un pueblo. Ellas son: Plenitud y límite. Idea y realidad. Global y local.

4.1. Primera tensión bipolar: la tensión entre plenitud y límite
La plenitud es las ganas de poseerlo todo, y el límite la pared que se te pone adelante. La plenitud es la utopía como percepción, es decir: hay que ir más allá. Un ciudadano necesariamente tiene que vivir con utopías para el bien común. La utopía como "camino hacia", o como dirían los escolásticos la utopía como "causa final", lo que te atrae; aquello a lo cual tenés que llegar, al bien común.
La utopía no es la fuga. A veces usamos así la palabra: este es un utópico, en el sentido de fuga, en forma peyorativa. Aquí en sentido positivo, como causa final, como telos typo. La plenitud es esa atracción que Dios pone en el corazón de cada uno para que vayamos hacia aquello que nos hace más libres; y el límite, que va junto con la plenitud que nos atrae, en cambio nos tira para atrás: es la coyuntura o la crisis como quehacer, diría como quehacer cotidiano. Esto hay que resolverlo. La plenitud y el límite están en tensión. No hay que negar ninguna de las dos. Que una no absorba a la otra. Vivir esa tensión continua entre la plenitud y el límite ayuda al camino de los ciudadanos. También, el límite tiene su caricatura en la negación de la coyuntura como tal o en el coyunturalismo como horizonte socio-político, cuando se vive de la coyuntura y no se mira más allá.
Si lo traducimos un poquito vemos que aquí van el tiempo y el momento juntos. El tiempo hacia la plenitud como expresión del horizonte y el momento como expresión del límite. El ciudadano tiene que vivir en tensión entre la coyuntura del momento leída a la luz del tiempo, del horizonte. No puede quedar aprisionado en ninguno de los dos. El ciudadano es custodio de esta tensión bipolar. Esto es clave, porque uno puede crecer si procesa esa tensión dialógica.

4.1.1. Primer principio: el tiempo es superior al espacio

De ahí salen dos principios, de los cuatro que enuncié al comienzo. Primero: el tiempo es superior al espacio. El tiempo inicia procesos y el espacio los cristaliza. Por eso cuando la madre de los hijos de Zebedeo le dice a Jesús: Mirá, te quiero pedir un favor: que mis dos hijos estén uno a la derecha y el otro esté a la izquierda, o sea, que en el reparto les de un pedazo grande de la pizza -uno a uno y otro al otro-, le está pidiendo un espacio. Y el Señor le responde: No, el tiempo. ¿Van a poder llegar donde yo llegué, van a poder sufrir lo que yo sufrí? Es decir, le marca el tiempo. El tiempo siempre es superior al espacio. Y en la actividad ciudadana, en la actividad política, en la actividad social es el tiempo el que va rigiendo los espacios, los va iluminando y los transforma en eslabones de una cadena, de un proceso. Por eso, el tiempo es superior al espacio. Uno de los pecados que a veces hay en la actividad socio-política es privilegiar los espacios de poder sobre los tiempos de los procesos. Creo que quizá nos haga bien a los argentinos pensar si no es el momento de iniciar procesos más que poseer espacios.

4.1.2. Segundo principio: la unidad es superior al conflicto
Si uno se queda en lo conflictivo de la coyuntura pierde el sentido de la unidad. El conflicto hay que asumirlo, hay que vivirlo, pero hay diversas maneras de asumir el conflicto. Una es la que hicieron el cura y el abogado frente al pobre hombre en el camino de Jerusalén a Jericó . Ver el conflicto y pegar la vuelta, obviarlo. Alguien que obvia el conflicto no puede ser ciudadano, porque no lo asume, no le da vida. Es habitante, que se lava las manos de los conflictos cotidianos. La segunda es meterse en el conflicto y quedar aprisionado. Entonces la contribución al bien común se daría sólo desde el conflicto, encerrado en él, sin horizonte, sin camino hacia la unidad. Ahí nace el anarquismo o esa actitud de proyectar en lo institucional las propias confusiones. La tercera es meterse en el conflicto, sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de una cadena, en un proceso.
Hasta aquí los dos principios que ayudan a ser ciudadano: el tiempo es superior al espacio y la unidad es superior al conflicto.

4.2. Segunda tensión bipolar: la tensión entre idea y realidad
La realidad es. La idea se elabora, se induce. Es instrumental en función de la comprensión, captación y conducción de la realidad. Ha de haber un diálogo entre ambas: entre la realidad y la explicitación que hago de esa realidad. Eso constituye otra tensión bipolar, y se contrapone a la autonomía de la idea y de la palabra sobre la realidad, donde la idea es lo que manda, ahí se dan los idealismos y los nominalismos. Los nominalismos no convocan nunca. A lo sumo clasifican, citan, definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento, por la idea, por la captación intuitiva por parte de ellos.
Aquí se plantea el problema de lo estético y la retórica. Fíjense que en la actividad del ciudadano estamos padeciendo, y esto no es sólo en el orden nacional sino también en el orden mundial, (me estoy refiriendo a fenómenos mundiales que inciden siempre en lo nacional, pero fenómenos mundiales) estamos padeciendo un deslizamiento de la acción socio-política desde la realidad expresada con ideas hacia lo estético, es decir hacia las ideas y los nominalismos. Entonces se vive en el reino de la imagen, de la sola palabra, del sofisma. Analicen en las convenciones internacionales o en lo cotidiano cómo el sofisma es en general el recurso de pensamiento que más se usa. Eso anula como ciudadano porque trampea, trampea la verdad porque no se ve la realidad explicitada con una idea.
Pero esto es tan viejo como el mundo. Platón, en el Georgias, hablando de los sofistas, que habían desplazado la reflexión de la realidad a través de la idea para llegar a una síntesis y la habían suplido por la estética y la retórica, dice esto: "la retórica es a la política lo que el gourmet al médico o la cosmética a la gimnasia” . La idea queda aprisionada por el sofisma en vez de recurrir a la persuasión. Se trata entonces de seducir en vez de persuadir. Seduciendo perdemos nuestro aporte como ciudadanos. Persuadiendo confrontamos ideas, pulimos las aristas y progresamos juntos.

4.2.1. Tercer principio: la realidad es superior a la idea
Sin embargo, entre realidad e idea: ¿qué está primero? La realidad. Por eso la realidad es superior a la idea. Este es el tercer principio que hace que un ciudadano vaya tomando conciencia de sí mismo, unidos a los dos que mencioné antes: el tiempo es superior al espacio, la unidad es superior al conflicto.


4.3. Tercera tensión bipolar: la tensión entre globalización y localización

Como ciudadanos estamos sometidos también a la tensión bipolar entre globalización y localización. Hay que mirar lo global, porque siempre nos rescata de la mezquindad cotidiana, de la mezquindad casera. Cuando la casa ya no es hogar, sino que es encierro, calabozo, lo global nos va rescatando porque está en la misma línea de esa causa final que nos atraía hacia la plenitud. Al mismo tiempo, hay que asumir lo local, porque lo local tiene algo que lo global no tiene, que es ser levadura, enriquecer, poner en marcha mecanismos de subsidiaridad. Para ser ciudadano no hay que vivir ni en un universalismo globalizante ni en un localismo folklórico o anárquico. Ninguna de las dos cosas. Ni la esfera global que anula, ni la parcialidad aislada que castra. Ninguna de las dos. En la esfera global que anula, todos son iguales, cada punto es equidistante del centro de la esfera. No hay diferencia entre cada punto de la esfera. Esa globalización no la queremos, anula. Esa globalización no deja crecer. ¿Cuál es el modelo? ¿Recluirnos en lo local y cerramos a lo global? No, porque te vas al otro punto de la tensión bipolar. El modelo es el poliedro. El poliedro, que es la unión de todas las parcialidades que en la unidad conservan la originalidad de su parcialidad. Es, por ejemplo, la unión de los pueblos que, en el orden universal, conservan su peculiaridad como pueblo; es la unión de las personas en una sociedad que busca el bien común.

Un ciudadano que conserva su peculiaridad personal, su idea personal, pero unido a una comunidad, ya no se anula como en la esfera sino que conserva las diversas partes del poliedro. Esto es lo que fundamenta algo que dije al principio como característica fundamental de ser ciudadano que es la projimidad. Al buscar en lo universal la unión de lo local y, a la vez, conservar la peculiaridad, construyo puentes y no abismos, construyo una cercanía movilizante. Hay que actuar en lo pequeño, lo próximo, pero con la perspectiva global, mediado por lo provincial, lo nacional, lo regional…. Esto lleva a un cuarto principio.


4.3.1. Cuarto principio: el todo es superior a la parte
El "todo" del poliedro, no el "todo" esférico. Este (el esférico) no es superior a la parte, la anula. Para crecer como ciudadano he de elaborar, en la confluencia de las categorías lógicas de sociedad y míticas de pueblo, estos cuatro principios. El tiempo es superior al espacio, la unidad es superior al conflicto, la realidad es superior a la idea, y el todo es superior a la parte.
Así abordé las tres tensiones bipolares entre plenitud y límite, entre idea y realidad, y entre globalización y localización, para facilitar nuestro caminar como pueblo y como ciudadanos.
Ser ciudadano significa ser citado a una opción, ser convocado a una lucha, a esta lucha de pertenencia a una sociedad y a un pueblo. Dejar de ser montón, dejar de ser gente masa, para ser persona, para ser sociedad, para ser pueblo. Esto supone una lucha. En la buena resolución de estas tensiones bipolares hay lucha, una construcción agónica.
La lucha tiene dos enemigos: el menefreguismo, me lavo las manos frente al problema y no hago nada, entonces no soy ciudadano. O la queja, eso que Jesús le decía a las personas de su época: A estos no los entiendo. Son como los chicos que cuando les tocan danzas alegres no bailan y cuando les tocan canciones de entierro no lloran . Que viven quejándose. Hacen de su vida una palinodia continua.

5. CONDICIONES FAVORABLES PARA LA REALIZACIÓN DE CIUDADANIA EN UNA EXPERIENCIA SIGNIFICATIVA DE PUEBLO EN LOS BICENTENARIOS

5.1. Tiempo de proyecto
Lograda la estabilidad política democrática, no sufriendo la región latinoamericana el impacto arrollador de la crisis económica actual como en otros países, con un horizonte de crecimiento para los próximos años, contamos con un escenario privilegiado para lograr un acuerdo de desarrollo, un proyecto de país, más inclusivo.
Nos falta como pueblo esa proyección: una definición de desarrollo que incluya a todas las personas en todas sus dimensiones, lo cual es más fácil de acordar en un horizonte expansivo que en una situación de restricciones. El tiempo juega a favor. El tiempo ayuda a acomodar las cargas en el espacio. Si se abren horizontes y nuevos espacios es posible otra proyección.
La realización de un proyecto de desarrollo integral para todos que privilegie la lucha contra la desigualdad y la pobreza es un tema que conviene abordar en estos tiempos de bicentenarios y en estos escenarios favorables.
El logro de una cultura del encuentro que privilegie el diálogo como método, la búsqueda compartida de consensos, de acuerdos, de aquello que une en lugar de lo que divide y enfrenta es un camino que tenemos que transitar.
Para ello debemos privilegiar el tiempo al espacio, el todo a la parte, la realidad a la idea abstracta y la unidad al conflicto.
Reitero: es una ocasión propicia para la reflexión, para la elaboración y acuerdo entre todos de un nuevo proyecto histórico de Nación, para que vivamos como ciudadanos en un pueblo más justo y solidario, más homogéneo e integrado, sin exclusiones ni confrontaciones agudas.

5.2. El pueblo como sujeto
Esa definición debe tener como actor a un sujeto histórico que es el pueblo y su cultura, no una clase, fracción, grupo, o elite. El proyecto debe reflejar los propósitos estratégicos, lo que es posible realizar y lo que el pueblo vívidamente desea.
“No se puede determinar un sistema prescindiendo del hombre para luego forzarlo a entrar en él. Sería vano proyectar minuciosamente una organización cuyo propósito, en el mejor de los casos, no fuera más que el de lograr un ordenamiento formal, mecánico y abstracto que no sirviera a las exigencias perennes de la naturaleza humana ni recogiera los auténticos rasgos del hombre, históricamente incorporados a nuestra propia nacionalidad ” .
No sirve un proyecto de pocos y para pocos, de una minoría iluminada o testimonial, que se apropia de un sentido colectivo. Es un acuerdo de vivir juntos. Es la voluntad expresa de querer ser pueblo-nación en lo contemporáneo. Es una experiencia de pueblo en marcha en la historia, con las dificultades y los contratiempos, con los gozos y las penas, con los dolores y las alegrías.
6. PERSPECTIVAS DE FUTURO
En el Documento de la CEA “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016)” -que no es de coyuntura, sino programático- señalábamos una serie de cuestiones que sintetizo para concluir con esta intervención:

6.1. Dos prioridades:
6.1.1. Erradicación de la pobreza
La argentina de 2010 tiene demasiados pobres y excluidos, los cuente quien los contare, que supimos generar durante las últimas décadas. Lo que hay detrás de los números son personas, hombres y mujeres, ancianos, jóvenes y niños.
No se trata sólo de un problema económico o estadístico. “Es primariamente un problema moral que nos afecta en nuestra dignidad más esencial” porque “El hombre es el sujeto, principio y fin de toda la actividad política, económica, social” y quien le da razón de ser. Cada hombre, todo el hombre, y todos los hombres, como nos dice Pablo VI.
Al analizar más a fondo la cuestión de la pobreza nos viene a la memoria el “Documento de Puebla” cuando dice que “esta pobreza no es una etapa casual, sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas, aunque haya otras causas de la miseria” .
Debemos agregar que esas situaciones y estructuras también requirieron de decisiones económicas y políticas. Hay argentinos que se encuentran en situación de pobreza y exclusión, que debemos tratar como sujetos y artífices de su propio destino, y no como destinatarios de acciones paternalistas y asistencialistas por parte del Estado, como desde la sociedad civil.
Afirmar los derechos humanos también supone la lucha por cambiar esas estructuras injustas para que todos los argentinos tengan una vida digna en la que se puedan desarrollar plenamente como personas.
Las personas son sujetos históricos, es decir ciudadanos e integrantes de un pueblo. El Estado y la sociedad deben generar las condiciones sociales que promuevan y tutelen sus derechos y les permitan ser constructores de su propio destino.
No podemos admitir que se consolide una sociedad dual. “Más allá de los esfuerzos que se realizan, debemos reconocer que somos una sociedad injusta e insolidaria que ha permitido, o al menos consentido, que un pueblo otrora con altos índices de equidad sea hoy uno de los más desiguales e injustos de la región” .
Esta deuda social exige la realización de la justicia social.
“La justicia es el objeto y la medida de toda política” . “Debemos recuperar la misión fundamental del Estado de asegurar la justicia y un orden social justo a fin de garantizar a cada uno su parte en los bienes comunes, respetando el principio de subsidiariedad y el de solidaridad que, como lo definiera Juan Pablo II, es la “determinación firme y perseverante por el bien común y que requiere ser llevada a cabo mediante formas de participación social y política” .
Existe consenso en reconocer una presencia más efectiva del Estado en la cuestión social. El Estado y la sociedad deben trabajar juntos para hacer posible estas transformaciones y modificar de raíz las problemáticas de desigualdad y distribución.
Por todo esto los invito a “establecer una cultura del encuentro, que implica estimular procesos de diseño de consensos y acuerdos que preserven las diferencias, convergiendo en los valores que hacen a la dignidad de la vida humana, la equidad y la libertad. Sólo así podremos renovar la confianza en nosotros mismos como sociedad y en nuestra dirigencia política, social, académica, religiosa, empresaria, sindical y de las organizaciones sociales, para corregir el rumbo del individualismo hedonista y la desaprensión por una realidad social que nos interpela de modo creciente” .
6.1.2. Desarrollo integral de todos.
Un proyecto de desarrollo integral, para ser auténtico debe alcanzar y dar posibilidad a todos. En ello juega un rol central la redistribución de la riqueza que produce el conjunto social. Para muchos analistas esto se relaciona con el origen de la deuda social que nos aqueja.
Su importancia es proporcional a su complejidad. Para ser tratado se requiere buscar consenso y tener presente un proyecto para toda la comunidad. Sólo de esta manera se puede avanzar en una matriz distributiva más justa. De otra manera sólo habrá una puja de intereses sectoriales, acusaciones cruzadas, etc. El todo es superior a la parte.
La educación y el trabajo son claves tanto para el desarrollo y la justa distribución de los bienes como para lograr la justicia social.
El trabajo es fuente de dignidad y constituye un eje vertebrador de la identidad personal y social. La dimensión subjetiva del trabajo constituye un eje principalísimo en el reconocimiento y valoración del aporte de las personas al proceso productivo y a la construcción de la Nación.
La educación contribuye al desarrollo de la subjetividad de la persona, al ejercicio ciudadano responsable, a la empleabilidad, a conformar una identidad nacional abierta a la región, a la mirada universal.
El Estado como sujeto activo, eficaz y eficiente, como promotor y responsable primario del bien común, basado en los principios de subsidiariedad y solidaridad, tiene un rol fundamental e indelegable en la búsqueda del desarrollo integral, como articulador de intereses de los distintos sectores y actores sociales, fijando las reglas de juego que promuevan la cohesión social.
Se puede proponer un método:
Participación, diálogo, consensos, fijación de políticas públicas de Estado, definición de un proyecto país.
Pensar en un proyecto nacional de desarrollo integral acordado entre los diferentes sectores y actores, desde la perspectiva que abre el sexenio propuesto por la CEA supone un ejercicio colectivo de largo aliento, e invita a pensar el escenario de los próximos años.
El nivel de actividad económica que se proyecta, el aumento de la capacidad exportadora, la creciente demanda de alimentos a nivel mundial y los precios de esos productos, la diversificación creciente de la estructura productiva, la estabilidad política democrática, etc. parecen constituir un horizonte positivo en el cual inscribir el debate y la reflexión sobre las características que debe asumir un nuevo proyecto nacional de desarrollo.
6.2. Bicentenarios y futuro
Los bicentenarios de nuestra Revolución de Mayo y de la Independencia parecen constituirse en un tiempo especial que el Señor nos pone a disposición para proyectarnos, para soñar, que puede contribuir a deponer posiciones intransigentes, a abandonar comportamientos corporativistas o individualistas que tienen como único horizonte el ahora y el ya del beneficio cortoplacista.
Es una ocasión privilegiada, un kairós, que no debemos dejar pasar.
Este tiempo abre una gran oportunidad: es la oportunidad de identificar las cuestiones irresueltas, entre las que la erradicación de la pobreza y la desigualdad resultan la tarea prioritaria. También lo que refiere en particular a los jóvenes que no encuentran oportunidades de educación y trabajo digno y suficiente.
Es la oportunidad de fijar políticas de Estado en temas que deben sustraerse al coyunturalismo y la puja política como son la educación, la salud, el trabajo y la seguridad, que nos devuelvan homogeneidad como sociedad y reconstituyan el tejido y el vínculo social de los argentinos.
Es la oportunidad de definir con qué producciones, qué nivel de valor agregado, etc. participaremos en el mercado mundial.
Es la oportunidad de insertamos cada vez más valientemente en Latinoamérica, lo que supone serios esfuerzos de adecuación y reformulación de una identidad nacional vinculada a la región, desde una perspectiva universalista.
Es la oportunidad de sostener una política de derechos humanos que ayude a la construcción de una identidad basada en la memoria, la verdad y la justicia.

Es la oportunidad de releer la historia con claves de esperanza.

Es la oportunidad de movilizar las energías sociales en torno a un proyecto más generoso, amplio, que ponga en valor todas nuestras potencialidades.
Esta idea de proyecto, que recorre varias etapas de nuestra propia historia, se presenta como utopía, como algo distinto a plan o incluso a modelo. Proyecto es cualitativamente superior y transformador. Proyectar es dar lugar a la utopía, es mirar al futuro, escribirlo, construirlo día a día con decisiones y acciones en diálogo armónico con el don recibido. El proyecto es nuestra intención y esperanza, es como buscar anticipar la historia. Requiere fijar estrategias con acuerdos sustanciales y plurales para ir paso a paso, creciendo progresivamente y, a la vez, sin negar las raigambres de nuestra identidad.
7. CONCLUSIÓN
Este pueblo, en el que somos ciudadanos, sabe y tiene alma, y porque podemos hablar del alma de un pueblo, hablamos de una hermenéutica, de una manera de ver la realidad, de una conciencia. Advierto en nuestro pueblo argentino una fuerte conciencia de su dignidad. Es una conciencia histórica que se ha ido moldeando en hitos significativos.
Nuestro pueblo sabe que la única salida es el camino silencioso, pero constante y firme. El de proyectos claros, previsibles, que exigen continuidad y compromiso con todos los actores de la sociedad y con todos los argentinos.
El Bicentenario es tiempo de proyecto, desafío, entrega. Es la oportunidad de gestar nuevos estilos de liderazgo centrados en el servicio al prójimo y al Bien Común .
El liderazgo es un arte… que se puede aprender. Es también una ciencia… que se puede estudiar. Es un trabajo… exige dedicación, esfuerzo y tenacidad. Pero es ante todo un misterio… no siempre puede ser explicado desde la racionalidad lógica.
El liderazgo centrado en el servicio es la respuesta a la incertidumbre de un país dañado por los privilegios, por los que utilizan el poder en su provecho, por quienes exigen sacrificios incalculables mientras evaden responsabilidad social y lavan las riquezas que el esfuerzo de todos producen.
El verdadero liderazgo y la fuente de su autoridad es una experiencia fuertemente existencial. Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente, ha de ser ante todo un testigo. Es la ejemplaridad de la vida personal y el testimonio de la coherencia existencial. Es la representación, la aptitud de ir progresivamente interpretando al pueblo, desde el llano, y la estrategia de asumir el desafío de su representación, de expresar sus anhelos, sus dolores, su vitalidad, su identidad.
Roguemos a nuestra Madre, la Santísima Virgen María, en su advocación de Luján, patrona de nuestra patria, que nos acompañe y aliente a nosotros como ciudadanos y como pueblo en esta celebración de los Bicentenarios.

Buenos Aires, 16 de octubre de 2010

Card. Jorge Mario Bergoglio S.J.
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