lunes, 9 de noviembre de 2009

“¿Dónde está la Teología Latinoamericana hoy?”


Desde Chile, en las Jornadas Latinoamericanas de Teología, con motivo de la celebración de los 80 años del teólogo Sergio Torres, nos llega la siguiente intervención de
Dom Demetrio Valentini, obispo de Jales (SP Brasil)

Confieso que no tenía pensado venir a Chile a hablar sobre Teología. Fui invitado para el festejo de los 80 años del Padre Sergio Torres, simplemente quería saber como estaba el Padre Sergio Torres, darle mis felicitaciones y mis votos por muchos años más de vida, acompañados de un buen vino chileno. Después constate que la fiesta del Padre Sergio servía de pretexto para las “Jornadas Teológicas Latinoamericanas”. Ahí comencé a entender la razón de esta iniciativa y a percibir su coherencia.En verdad, la vida del Padre Sergio no se entiende fuera del contexto de una larga caminhada de reflexión teológica hecha a partir de la realidad de América Latina, especialmente a partir del impulso de renovación eclesial suscitado por el Concilio Vaticano II.

La figura del Padre Sergio nos hace pensar en la situación de los teólogos/as latinoamericanos, para reconocer la importancia de su contribución al servicio de la Iglesia y de la causa del Evangelio.Por eso la pregunta ¿Dònde está la teología latinoamericana hoy? debe ser precedida por otra más pertinente: ¿Còmo están los teólogos/as latinoamericanos? ¿Su trabajo es debidamente reconocido y valorado? ¿Son respetados en su libertad y en su derecho de expresión?

La teología es un ministerio eclesial indispensable para garantizar la consistencia de la Iglesia y preservar la autenticidad del Evangelio.Por lo tanto del Padre Sergio pasamos coherentemente para los teólogos latino americanos. Ahí aumenta el interés en saber ¿dònde está la Teología latinoamericana hoy? Sin teólogos no hay teología!Ante esta pregunta amplia es necesario hacer una constatación importante de principio: la teología latinoamericana tiene derecho a existir. Ella goza de ciudadanía eclesial. Una Iglesia sin teología permanece en estado de minoridad. Para ser adulta, una Iglesia precisa de una teología propia, que le de consistencia y motivación sólida a sus opciones pastorales y a la comprensión de su misión.

Al analizar los cuestionamientos hechos a la teología latinoamericana, siempre es conveniente observar si son puntuales, hechos con intención de contribuir para su mejora, o si son cuestionamientos que pretenden deslegitimar la propia existencia de una teología latinoamericana. Sin teología propia, una Iglesia se encuentra sin identidad, y sin la ropa adecuada para presentarse y poder insertarse en la realidad concreta en la que ella es llamada a expresar la vida nueva que el Evangelio plantea. Quien no admite la legitimidad de la teología latinoamericana, no admite una Iglesia latinoamericana con identidad propia y con legítima autonomía para tomar sus decisiones y asumir sus compromisos, por supuesto siempre en comunión con la Iglesia en el mundo entero.

La Teología está al servicio de la Iglesia. Así llegamos a otra precisión importante para situar adecuadamente la cuestión propuesta para nuestra reflexión hoy. Preguntar por la Teología es preguntar por la Iglesia. Por eso la pregunta sobre la teología nos lleva a preguntar como está la Iglesia latinoamericana. Como obispo, esta es la pregunta que más me interpela. ¿Còmo está hoy la Iglesia en América Latina? Por tanto, del Padre Sergio pasamos a los teólogos, de los teólogos a la teología y de la teología a la Iglesia. Para responder a esta cuestión, conviene aquí también iniciar con una posición de principio: la Iglesia Latinoamericana tiene derecho a su identidad propia, tiene condiciones de ser una expresión nueva de la riqueza del Evangelio, y es llamada a tener presencia junto a los pueblos de América Latina, tiene una misión insustituible a cumplir en este continente.

En realidad, la Iglesia de América Latina vive momentos decisivos para la consolidación de su identidad, y para garantizar su futuro. Como nunca, la Iglesia de América latina está siendo puesta a prueba.
Entre los innumerables factores que se constituyen en probación para la Iglesia de América Latina, algunos emergen con más evidencia. Hasta hace poco tiempo atrás, había una identificación tranquila y espontánea entre la Iglesia Católica y los pueblos latinoamericanos. Ahora no, por diversos motivos. Ante todo por los cambios en el contexto social y económico. Con el violento éxodo rural y la desorganizada urbanización, en poco tiempo se deshizo el ambiente social que llevaba a la Iglesia Católica a identificarse con el pueblo latinoamericano y viceversa.

De un momento para otro, la Iglesia se encuentra frente a la necesidad de rehacer su identificación, creando estructuras nuevas, sobre todo en las periferias de las grandes ciudades, donde la rapidez de los cambios es mucho más dinámica que el lento proceso de decisiones existentes en la Iglesia Católica. Más allá de estas dificultades de orden social y económico, la Iglesia Católica se encuentra frente a otras propuestas de adhesión eclesial, que ponen en cuestionamiento su identificación tradicional con el pueblo latinoamericano. Tiempo atrás el pueblo era católico por tradición. Cada vez más, la adhesión a una determinada Iglesia se va volviendo una opción. La Iglesia Católica no está preparada para proporcionar las motivaciones suficientes para garantizar que sus fieles pasen de ser católicos de tradición a ser católicos por opción.

Es preciso pasar de una identidad tranquila entre la Iglesia y el pueblo, a una identificación progresiva, que proporcione las razones que den fundamento a dicha opción. Pero esta identificación no encuentra justificación consistente y verdadera dentro de los lìmites confesionales. Porque la Iglesia no tiene sentido en si misma, ella está al servicio del Evangelio. Por eso, más allá de preguntar como está la Iglesia Latinoamericana, es más decisivo preguntar como está el Evangelio en América latina. Pues bien, de los teólogos pasamos a la teología, de la teología a la Iglesia y de la Iglesia al Evangelio. La motivación verdadera para una adhesión eclesial debe ser la identificación con el Evangelio. En la medida que encontramos una Iglesia que se identifica auténticamente con el Evangelio de Cristo, podemos dar a ella con serenidad nuestra adhesión personal.

La prueba mayor que la Iglesia Católica está enfrentando, no es tanto una disputa confesional con otras opciones eclesiales, sino el desafío de ser coherente con el Evangelio, y de testimoniarlo en su integridad a los pueblos de América Latina. La Iglesia de América Latina vive hoy la misma experiencia de los discípulos al pasar por Samaria. “Vimos alguien que estaba expulsando demonios en tu nombre, y tratamos de impedirlo, porque no viene con nosotros”, afirmó Juan, celoso de garantizar la exclusividad del Evangelio para el grupo de los doce. A lo que Jesús le respondió “no lo prohíban, … quien no está en contra de nosotros, está a nuestro favor!” (Mc 9, 38).

Nadie es dueño del Evangelio. El Evangelio está suelto en el mundo, como afirma San Pablo. La preocupación mayor no es tanto constatar que otros también predican el Evangelio, sino conferir lo que se está haciendo hoy al Evangelio de Cristo. El ha sido instrumentalizado para fines económicos, pervirtiendo su finalidad, y propiciando el surgimiento de un verdadero mercado de fe, donde los llamados de Cristos son pervertidos y se vuelven instrumentos de usurpación financiera. La preocupación de la Iglesia no debe estar en el hecho de que otros prediquen el Evangelio. Pero si ver si el Evangelio está siendo desvirtuado, como San Pablo se preocupaba con los Gálatas, al constatar, como el escribió que “algunas personas os perturban y quieren corromper el Evangelio de Cristo” ( Gl 1, 7).

Pues bien, esto nos lleva a dar un paso más. Existe una referencia más profunda que traspasa el propio Evangelio. Esta referencia decisiva que precisa iluminar hasta el anuncio del Evangelio, es el Reino de Dios. Lo que importa es que acontezca el Reino de Dios, que es un Reino de vida, de amor, de justicia y de paz. Así, de los teólogos pasamos a la teología, de la teología a la Iglesia, de la Iglesia al Evangelio, y del Evangelio al Reino de Dios. Y ahora podemos ir retrocediendo, para alinear bien todas las referencias, para que mutuamente se justifiquen, y cada una sea valorizada en su dimensión propia.

Del Reino volvemos al Evangelio, del Evangelio a la Iglesia, de la Iglesia a la teología y de la teología a los teólogos. El Reino de Dios era el corazón del Evangelio, con toda su insistencia, y con la urgencia que Cristo trajo de parte del Padre, para que el Reino fuese instaurado por todas partes. Es preciso que el Reino de Dios vuelva a ocupar su centralidad. En América Latina es urgente que la prédica del Evangelio sea hecha con autenticidad, para que el Evangelio no sea desvirtuado, y para que él suscite siempre el Reino, y nuestros pueblos tengan vida. En la confrontación con la autenticidad del Evangelio, la Iglesia encuentra el parámetro verdadero para su auto evaluación, para verificar cuanto ella está al servicio del Evangelio.Para cumplir bien esta tarea, la Iglesia precisa de la teología que encuentra ahí su verdadera misión.

Concluyendo, me permito ahora reiterar la importancia de la teología y de los teólogos/as mirando el ejemplo de la Iglesia Primitiva. En ella aparece con mucha nitidez la importancia que ejercieron las inteligencias que consiguieron captar el significado profundo del Evangelio de Cristo, elaborando preciosas síntesis teológicas, que dieron organicidad y eficiencia al mensaje de Cristo, y posibilitaron que asimilase la tradición judaica y fuese llevado a todas las naciones. No se entiende el Nuevo Testamento sin la valiosa contribución de esos intelectuales que tuvieron el cuidado de registrar por escrito los acontecimientos.

Sin ellos no se entiende, sobre todo, la propia consistencia de la fe cristiana. De simples predicaciones orales, hechas por Jesús, al pueblo analfabeto de Galilea, la nueva “doctrina” tomo forma orgánica con fuerza para asimilar la larga tradición del Antiguo Testamento, y con energía suficiente para insertarse en el imperio romano, integrando los valores de la cultura Greco-romana, y solapando sus contradicciones.

Todo esto habría sido imposible sin la colaboración de personas, que pusieron su capacidad intelectual al servicio de la “buena nueva” anunciada por Jesús. El Evangelio de Jesús se habría quedado a pie, si no fuese cargado por esos intelectuales, que pusieron su inteligencia para que el Evangelio de Jesús levantase vuelo hacia el mundo entero. En este trabajo intelectual de sistematizar la fe cristiana para recoger sus fundamentos teológicos y abrirla para el encuentro fecundo con las diferentes culturas humanas, emerge la figura de Pablo, gigante escogido por la providencia, como “instrumento privilegiado” para llevar el Evangelio a las naciones.

Él nos legó, por sus escritos y por su estrategia evangelizadora, un sistema coherente de pensamiento que posibilita acoger con racionalidad la cosmovisión teológica estructurada a partir de la centralidad de la fe en Cristo.
El hecho es este: la Iglesia Primitiva tuvo suceso en su misión evangelizadora porque supo acoger e integrar a los intelectuales, que pusieron su inteligencia al servicio del Evangelio. La conclusión es ésta: para que la “nueva evangelización” tenga efecto es preciso contar con la imprescindible colaboración de los teólogos, que nos ayudan a rehacer el encuentro fecundo del Evangelio con la cultura de hoy. Sin ellos, la fe cristiana no dará raíces profundas, y la Iglesia no producirá frutos de vida nueva.

¡En la persona de Sergio, nuestro homenaje a todos los teólogos y teólogas!

D. Demetrio VALENTINI

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