sábado, 27 de junio de 2009

El Cardenal Martini: un concilio sobre el divorcio.

El cardenal Martini, entrevistado por Eugenio Scalfari
El periodista, político y escritor italiano Eugenio Scalfari, a sus 85 años, ha escrito esta interesante entrevista, como crónica de su reciente encuentro con el cardenal jesuita Carlo Maria Martini. La acaba de publicar el diario La Repubblica en su sección de primera página. La traduzco del italiano como mejor sé. Al final del texto he incorporado una breve referencia informativa sobre las personas que aparecen citadas en él. El texto original italiano puede consultarse en este enlace.

La Repubblica, 18 de junio de 2009.

Tiene la cara más delgada, pero sus ojos, intensamente azules, la iluminan ahora mucho más. Me mira fijamente, como para reconocerme. Hace muchos años que no nos vemos, aunque sí nos hemos escuchado y hemos podido intercambiar a distancia sentimientos y reflexiones. Han pasado trece años desde aquel debate a dos voces organizado por Vincenzo Paglia (hoy consejero eclesiástico de la Comunidad de San Egidio) en el inmenso salón del Palacio de la Cancillería en Roma, ante una audiencia repleta de sacerdotes de procedencia muy diversa, con sus trajes tan variopintos: obispos de la Santa Iglesia de Roma con sotana y capelo rojo, coptos, patriarcas de la Iglesia Oriental, pastores protestantes, anglicanos... Había también, creo recordar, cuatro monjes budistas. Y muchos jesuitas, con chaqueta negra y con la mirada puesta en la realidad, que habían venido a escuchar a Carlo Maria Martini, a este compañero suyo de noviciado y de congregación, que se había convertido en cardenal arzobispo de Milán.

El tema del debate era: “La paz y el nombre de Dios” y el subtítulo: “qué puede unir hoy a católicos y laicos”. Él planteó una premisa (formular premisas es una costumbre muy suya, con idea de delimitar mejor el tema). Dijo: “No estoy aquí para hacer proselitismo, por tanto no hablaremos de fe ni de teologías, sino de ética y de convicciones”. Por mi parte, lo agradecí mucho y en cuanto comenzó la discusión nos dimos cuenta de que estábamos de acuerdo en todo, su ética era también la mía, sólo que él la recibía desde lo alto y yo desde la autonomía de mi conciencia. Los dos nos planteábamos el problema del enfrentamiento entre el sentimiento religioso y la modernidad laica y relativista.
Desde entonces, la figura del arzobispo de Milán ha sido para mí un punto de referencia y he seguido su labor pastoral directa con los creyentes y su diálogo constante con los no creyentes, su relación con el cardenal Silvestrini, con Pietro Scoppola, con la Comunidad de San Egidio y con varios jesuitas. He leído sus libros y, en particular, las Conversaciones nocturnas en Jerusalén. Y ahora el que acaba de salir, Estamos todos en la misma barca, un largo diálogo con Luigi Verzè, fundador del Hospital de San Rafael de Milán y de la universidad que lleva ese mismo nombre. Este binomio Martini-Verzè ha extrañado a muchos amigos del cardenal. El fundador de San Rafael es un personaje de notable iniciativa, pero tiene muy poco en común con Martini. ¿Por qué le ha elegido a él como interlocutor? El cardenal responde de este modo: “Don Luigi y yo somos muy diferentes, tanto en carácter como en formación; nuestras biografías son muy distintas y también lo son nuestras visiones políticas y sociales. Lo que no sé es si don Luigi y yo tenemos las mismas soluciones frente a unos desafíos que cada vez son más difíciles. Pero estamos juntos en la misma barca, la barca de la Iglesia, a pesar de todas nuestras diferencias. Nos une un gran amor a la Iglesia, una ardiente pasión por Jesucristo como Verbo encarnado, y el deseo de que la Iglesia afronte y comprenda la sociedad moderna”.
La explicación es clara, las diferencias entre los dos se notan en el libro, pero hay un objetivo común: llamar la atención de los católicos sobre problemas que ya no pueden postergarse por más tiempo. Le pido a Martini que enumere estos problemas, por orden de importancia.
“El primero, la actitud de la Iglesia frente a los divorciados, después la elección de los obispos, el celibato de los religiosos, el papel de los laicos y las relaciones entre la jerarquía eclesiástica y la política. ¿Le parecen problemas de fácil solución? ¿Podrían interesar también a un laico no creyente como usted?”.
Me mira sonriente y se reclina en la silla, que cruje y me hace temer que no esté muy firme, pero él me tranquiliza: “Es sólida, no se preocupe, soy yo, que me muevo demasiado”. La estancia en la que nos encontramos es muy sobria, una larga mesa y algunas sillas, en la residencia de los jesuitas de Gallarate. El cardenal, antes de recibirme, venía de reunirse con una cincuentena de sacerdotes llegados de los alrededores de Milán. Querían escuchar sus palabras de fe y de esperanza en medio de una sociedad cada vez menos cristiana y cada vez más indiferente. ¿Indiferente respecto a qué? le pregunto. “Ya no hay una visión única del bien. La tendencia dominante consiste en defender el interés particular y el del propio grupo. Quizá pensamos que somos buenos cristianos porque alguna vez vamos a misa o dejamos que nuestros hijos se acerquen a los sacramentos. Pero el cristianismo no es eso, no es solamente eso. Los sacramentos son importantes cuando son la culminación de una vida cristiana. La fe es importante si avanza junto a la caridad. Sin la caridad la fe se vuelve ciega. Sin la caridad no hay esperanza y no hay justicia”.
Usted, cardenal Martini, ha subrayado muchas veces la importancia de la caridad, pero quizá haga falta definir con exactitud lo que usted entiende por esta palabra. No creo que se limite a hacer el bien al prójimo. “Hacer el bien, ayudar al prójimo es desde luego un aspecto importante, pero no es la esencia de la caridad. Hace falta escuchar a los otros, comprenderlos, incorporarlos a nuestro afecto, reconocerlos, quebrar su soledad y ser su compañero. Amarlos, en definitiva. La caridad no es limosna. La caridad que predicó Jesús consiste en ser plenamente partícipes de la suerte de los otros. Comunión de espíritus y lucha contra la injusticia”.
En su libro Conversaciones nocturnas en Jerusalén dice usted que los pecados son numerosos y la Iglesia ha hecho una lista bien larga de ellos, pero, en su opinión, el verdadero pecado del mundo – usted lo dice así, si no recuerdo mal – el verdadero pecado del mundo es la injusticia y la desigualdad. Y si he comprendido bien sus palabras, la caridad consiste en luchar contra la injusticia. “Jesús dice que el reino de Dios será de los pobres, de los débiles, de los excluidos. Y dice que la Iglesia debería haber tenido por misión estar cerca de ellos. Esta es la caridad del pueblo de Dios que predicaba su Hijo, que se hizo hombre para nuestra salvación”.
Cardenal, ¿qué entiende usted por pueblo de Dios? ¿Son los laicos católicos el pueblo de Dios? “Toda la Iglesia es pueblo de Dios: la jerarquía, el clero, los fieles…” ¿Y los fieles tienen un papel activo en el gobierno de la Iglesia, en la participación, en la administración de los sacramentos, en la elección de sus pastores? “Desempeñan ciertamente una función, pero deberían ejercitarla con mucha mayor plenitud. Con demasiada frecuencia se trata sólo de un papel pasivo. Ha habido épocas en la historia de la Iglesia en las que la participación activa de las comunidades cristianas fue mucho más intensa. Cuando antes me he referido a esa creciente indiferencia, pensaba precisamente en este aspecto de la vida cristiana. Aquí tenemos una laguna, una deserción silenciosa, especialmente en la sociedad europea y en la italiana”.
¿Se refiere a la falta de asiduidad en la asistencia a los sacramentos, a la misa o a la escasez de vocaciones? “Esos son sólo los aspectos externos, no los esenciales. La esencia es la caridad, la concepción del bien común y de la felicidad común. Felicidad no sólo para nosotros, sino para los otros y no sólo en el presente inmediato, sino también para los hijos y los nietos, para las generaciones que han de venir.” ¿Y la Iglesia institucional trabaja lo suficiente en esta dirección? “Trabaja mucho, pero tendría que trabajar mucho más.”
Cardenal Martini, me gustaría plantearle una pregunta un tanto delicada. Un famoso escritor católico, Vittorio Messori, ha escrito recientemente que la Iglesia institucional, es decir, el Vaticano con su Secretaría de Estado, sus nuncios repartidos por todo el mundo, la organización de la Curia y todo eso, no puede condenar los vicios privados de los poderosos. Su cometido es propiciar acuerdos, concordatos o afrontar problemas puntuales, de poder a poder. La Iglesia estableció acuerdos con Hitler, con Mussolini, con Pinochet, con Franco, con Craxi. Si los hubiese juzgado públicamente por sus comportamientos o por su moralidad no habría podido desarrollar esa misión política que le es propia. El problema, en el peor de los casos –según Messori–, atañe al confesor, suponiendo que alguno de esos poderosos se confiese. De todos modos, el problema de la salvación afectaría sólo al clero con responsabilidad pastoral, los párrocos y los obispos que se ocupan de las almas. ¿Está usted de acuerdo con esta distinción entre instituciones vaticanas y clero con actividad pastoral? “En realidad no estoy muy de acuerdo, la distinción que hace Messori nos retrotrae a una fase en la que persistía todavía el poder temporal y el Papa era, antes que nada, un soberano; pero aquel poder, gracias a Dios, terminó y no va a ser restaurado. Y es una suerte que ya no exista. Es verdad que persiste la estructura diplomática de la Santa Sede, pero está formada por sacerdotes, cuya finalidad última es la de testimoniar el anuncio del evangelio y su contenido profético. Añado que esa estructura diplomática me parece excesivamente redundante y que se lleva gran parte de las energías de la Iglesia. No siempre ha sido así. Durante muchos siglos en la historia de la Iglesia esta estructura ni siquiera existía y en el futuro podría ser reducida de modo importante o incluso desmantelada. La finalidad de la Iglesia es dar testimonio de la palabra de Dios, del Verbo encarnado, del reino de los justos que ha de venir. Todo lo demás es secundario.”
¿Pero las Iglesias protestantes no tienen también estructuras similares? ¿No son necesarias para garantizar la libertad religiosa y el espacio público que la Iglesia necesita para difundir sus valores? “Las Iglesias protestantes no disponen de estructuras tan centralizadas y tan poderosas como la nuestra. Tienen una organización muy diferente. Son, desde este punto de vista, más débiles que la Iglesia católica, pero, en contrapartida, son más cercanas a los fieles.”
El problema que usted señala, desde luego, existe, pero ¿afecta a los obispos? Quizá la figura del Papa, que sólo se da en la Iglesia católica, sea una reminiscencia de ese poder temporal. “El Papa es ante todo el obispo de Roma. Para nosotros los católicos es el vicario de Cristo en la tierra y le debemos afecto, respeto y obediencia, pero sin olvidar nunca que la Iglesia apostólica se sostiene sobre dos pilares: el Papa y su comunión con los obispos. Recuerdo que en el consistorio previo al último cónclave, hubo un debate preliminar para dibujar una especie de perfil del futuro pontífice. Cuando me tocó a mí hablar dije que teníamos que elegir al obispo de Roma. Con eso quise decir que tenía que prevalecer la capacidad y la vocación pastoral sobre la diplomática o la teológica.” ¿Eso dijo usted? ¿Que ustedes en el cónclave iban a elegir al obispo de Roma? “¿Le parece una herejía? Sin embargo, es una constante en la doctrina y la tradición evangélica.”
Pasaba el tiempo y los temas que me hubiera gustado discutir con el cardenal Martini seguían siendo muchos. No quería cansarlo demasiado y así se lo hice saber. Pero me dijo que podíamos continuar. Había un tema que me tocaba la fibra sensible. Le comenté que, leyendo su último libro, el que ha escrito con Luigi Verzè, me había parecido captar cierta tendencia suya a proponer otro concilio, una especie de Concilio Vaticano III. ¿Es que se ha debilitado el empuje del Concilio Vaticano II? ¿Hay que retomar aquel discurso y llevarlo aún más allá? La respuesta que me dio me pareció muy innovadora y bastante imprevista. “No pienso en un Vaticano III. Es cierto que el Vaticano II ha perdido una parte de su empuje. Pretendía que la Iglesia afrontase la sociedad moderna y la ciencia, pero este afrontamiento ha sido sólo marginal. Estamos todavía lejos de haber abordado este problema y hasta parece que hemos vuelto la mirada hacia atrás más que hacia delante. Hay que retomar el impulso y para hacer esto ni siquiera haría falta un Vaticano III. Aclarado esto, sí soy partidario de otro concilio, e incluso lo estimo necesario, pero sólo sobre temas específicos y muy concretos. Me parece también que sería necesario poner en práctica lo que se sugirió e incluso lo que fue decretado ya en el Concilio de Constanza: convocar un concilio cada veinte o treinta años sobre un solo tema, o dos a lo sumo.”
Pero esto sería una revolución en el modo de gobernar la Iglesia. “A mí no me lo parece. La Iglesia de Roma se llama apostólica y no por casualidad. Su estructura es vertical, pero, al mismo tiempo, también horizontal. La comunión de los obispos con el Papa es un órgano fundamental de la Iglesia”. ¿Y cuál sería el tema del concilio que usted propone? “La relación de la Iglesia con los divorciados. Afecta a muchísimas personas y familias y, desgraciadamente, el número de familias implicadas será cada vez mayor. Habrá que afrontarlo con inteligencia y con previsión. Y hay también otro tema que un próximo concilio debería abordar: el de la trayectoria penitencial que es la propia vida. Mire, la confesión es un sacramento extraordinariamente importante, aunque hoy esté exangüe. Cada vez son menos las personas que lo practican, pero, sobre todo, se ha convertido en algo casi mecánico: se confiesa un pecado, se recibe el perdón, se recita alguna plegaria y ahí termina todo, en la nada o poco más. Hay que devolver a la confesión una esencia que sea verdaderamente sacramental, un recorrido por el arrepentimiento y un nuevo programa de vida, una relación constante con el confesor, en definitiva, una dirección espiritual.”
Nos levantamos. Me dijo que había leído mi último libro El hombre que no creía en Dios y que había encontrado algunas sintonías con su propia idea del bien común. Se lo agradecí. Me siento muy cerca de usted, le dije, pero no creo en Dios y lo digo con plena tranquilidad de espíritu. “Lo sé y no estoy preocupado por usted. A veces, los no creyentes están más cerca de nosotros que muchos devotos de simple apariencia. Usted no lo sabe, pero el Señor sí”. Estuve tentado de abrazarlo, pero, temblorosos como estamos ya los dos, podríamos haber terminado en el suelo. -EUGENIO SCALFARI

N. del T.: Sobre las personas que se citan en el texto:
Carlo Maria Martini (Orbassano, Turín, 1927): Cardenal jesuita y arzobispo de Milán (1979-2002). Tras su jubilación, se retiró a Jerusalén para retomar una de sus pasiones: los estudios bíblicos. Cercano, sencillo, optimista, crítico, abierto a la cultura y al mundo, es una de las voces más respetadas en el seno de la Iglesia. Actualmente, el Parkinson que padece le ha obligado a regresar a Italia.
Eugenio Scalfari (Civitavecchia, Roma, 1924): Periodista, político y escritor, especializado en cuestiones de economía política, a las que aplica un enfoque de carácter ético y filosófico. En Italia es el abanderado de la lucha por el laicismo, frente a cualquier intento de injerencia confesional. Diputado por Milán del Partido Socialista Italiano, en 1976 fundó el diario La Repubblica, el principal periódico italiano de información general.
Vincenzo Paglia (Boville Ernica, Frosinone, 1945): Obispo italiano perteneciente a la Comunidad de San Egidio y muy activo en el campo del diálogo ecuménico. Es presidente de la Federación Bíblica Católica Internacional.
Achille Silvestrini (Brisighella, Rávena, 1923): Prefecto Emérito de la Congregación para las Iglesias Orientales y Gran Canciller del Instituto Pontificio Oriental. Fue nombrado cardenal en 1988.
Pietro Scoppola (Roma, 1926-2007): Historiador, político y periodista italiano. Su actividad política se enmarcó en el sector más progresista de la Democracia Cristiana. Fue profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de La Sapienza en Roma.
Luigi Verzè (Illasi, Verona, 1920): Sacerdote italiano, presidente de la Fundación San Raffaele del Monte Tabor. Es el fundador de la Universidad San Rafael, del Hospital San Rafael, así como de diversas instituciones sanitarias radicadas en Milán. Se dice también que es amigo personal del presidente Berlusconi. Es coautor, junto con el cardenal Martini, de Estamos todos en la misma barca.
Vittorio Messori (Sassuolo, Módena, 1941): Periodista y escritor italiano, especializado en cuestiones religiosas. Fue el primer periodista autorizado a realizar una larga entrevista al Papa Juan Pablo II, que se publicó con el título de Cruzando el umbral de la esperanza (1994).

Traducción y notas: Juan V. Fernández de la Gala.-

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