martes, 26 de mayo de 2009

Colaboración institucional, reenfoque de la sexualidad y atención a las víctimas

La Iglesia católica suele ser noticia cuando se presentan, por parte de clérigos, los quebrantamientos de alguna ley, que, en general, tiene que ver con el mundo de la sexualidad.Señal de que se sigue identificando Iglesia con clero y jerarquía.

Con todo conviene no meter todo en el mismo saco. Si alguien quebranta en la Iglesia la ley del celibato, afecta a una promesa interna disciplinaria; y eso no constituye ningún delito; ni siquiera dice nada de la catadura moral de las personas que la incumplen; sobre todo, si las relaciones que se establecen son entre personas adultas, consentidas por ambas partes y con respeto a la dignidad e integridad de las mismas.

Si que puede decir, en cambio, la frecuencia de su incumplimiento, de la dificultad de mantener esa ley eclesiástica medieval y de la conveniencia de revisarla; toda vez que las relaciones clandestinas - de esta forma extensas y contínuas- lastiman a quienes las viven; y dan pie a abusos, que pueden sufrir, sobre todo, las mujeres y la descendencia, cuando la haya. También porque escandaliza y desprestigia a la Iglesia, no el hecho en sí, sino la doble moral de estar predicando una cosa y hacer la contraria. Se fuerza, además, a muchos presbíteros a seguir una vocación que no es la suya y que le ha venido incluida en un “lote”. Y, en positivo, muchos reclaman que se revise su obligatoriedad vinculada al ministerio presbiteral,porque se necesita una renovación de los ministerios, con la participación de hombres, mujeres, célibes y casados. Y, porque sólo así el matrimonio, como sacramento, no quedará relegado a una opción de segundo orden. Y nos consta que ya, desde diferentes sectores de Iglesia, esa reflexión y toda su fundamentación, con serenidad y decisión, está en marcha. Algún día lo veremos.

Otra cosa son los abusos y el maltrato. Se conocen ya demasiados casos: a menores, a religiosos y religiosas jóvenes, etc. Independientemente de que concurran circunstancias de personalidades enfermas, su frecuencia y la elevada participación en ellos, así como la duradera impunidad de los hechos, nos habla de una realidad sistémica que desenmascarar: tiene que ver con las relaciones de poder, con la falta de transparencia; y con la alegación ocasional de ser una sociedad aparte, que no se rige por las mismas reglas que la sociedad civil, situándose así por encima del bien y del mal. Vivir en la pobreza y en la castidad, así como en la obediencia, no ya a un superior, sino a lo que Dios pide de nosotros, a través de los hermanos y, en particular de los que más sufren, es una elección, difícil de emprender y ,aún más, de sostener. Sólo adquiere sentido profundo cuando este despegarse de las cosas, es para estar más cerca de ellas, en una actitud contemplativa, amorosa y libre. Esto requiere salud psicológica, cultivo de la espiritualidad, transparencia… y control interno y externo: de la Iglesia y de la sociedad. Si la Iglesia se revelara incapaz, de prevenir, sancionar y compensar los abusos y atropellos que se cometen en su interior, perdería credibilidad. Independientemente de esto, compete también a la sociedad civil intervenir, en caso de delitos contra las personas, para atender a las víctimas, castigar a los culpables y prevenir que se vuelvan a repetir situaciones similares.

No es toda la Iglesia quien delinque; no es, sin duda, representativo de toda la Iglesia,ni de la de la mayor parte de los que consagran su vida, desde los valores evangélicos, a la entrega a los demás, pero compete también a toda la Iglesia con valor, transparencia y energía, afrontar el hecho; y dada la gravedad de las situaciones, plantearse una renovación en su interior, revisando su manera de afrontar el hecho de la sexualidad, previniendo y formando adecuadamente a sus miembros… y al mismo tiempo y sin demora, limpiando y saneando esos sótanos de algunas instituciones, que, lejos de lo que dicen ser, se transforman, con demasiada frecuencia, en “nidos de basura y podredumbre”.
Para esto necesita colaborar también con las instituciones civiles y alejarse de complicidades y “victimismos”.

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