martes, 28 de abril de 2009

Las dimensiones del “escándalo Lugo”


Paraguay era un país bastante desconocido en el mundo, hasta que, hace aproximadamente un año, un ex obispo fue elegido democráticamente presidente por sus conciudadanos. Con ello se quiso poner puso punto y aparte a los 60 años de corruptela, regidos por un único partido en el poder, tras la sangrienta dictadura del general Stroessner. Ahora parece que este rincón del Planeta va a ser más conocido aún, a partir de las acusaciones que se le hacen a su presidente -antes clérigo de la Iglesia Católica- de tener una doble vida, con multiplicidad de mujeres e hijos. De estos últimos su cantidad oscila en las habladurías entre uno (que ya ha reconocido) y más de 16, que se rumorea que pueden ser. ¿Y por qué no 20 o 30…? Lo que no deja de resultar curioso es cómo no apareció ninguno antes de que fuera elegido presidente.

Tengo amigos y amigas paraguayas que me han contado que Paraguay es el segundo país en índice de corrupción de América Latina. Algunos bromean diciendo que, en realidad, les dieron el primer premio, pero vendieron la medalla.Me consta que la elección de Lugo fue vivida como un soplo de aire fresco, en un ambiente de decepción y desesperanza. Incluso miembros del antiguo partido votaron por él, como camino de futuro para la nación. Se organizó una formación política amplia, que también ha sufrido sus crisis. No son fáciles los cambios en un país empobrecido por sus gobernantes y por los intereses de terceros. No es fácil cambiar estructuras donde no hay separación de poderes. Menos aún donde tampoco hay experiencia de democracia y no existen cuadros de dirigentes formados y preparados. Se necesita un proceso. Un proceso, que necesita mucho tiempo y que no tiene absolutas garantías. Pero la salida no puede ser mirar hacia atrás.

Estuve allí en los días siguientes a la elección y expresé mi conciencia de los riesgos que tiene una elección carismática, como fue la de Lugo, basada en lo que se conocía de su vida y compromiso. Los ídolos tienen los pies de barro. Mejor dicho: todos tenemos los pies de barro, sólo que preferimos pensar que alguien no los tiene; y ahí proyectamos nuestros ideales. Luego, se cae algo de la capa de oro con la que nosotros mismos los recubrimos y nos parece que ya todo es barro. Un país, para salir adelante, necesita un liderazgo compartido, por más que pueda haber referentes que aporten cohesión y estabilidad en los inicios. Pero eso tiene que evolucionar.

No entro ni salgo en lo que pueda ser cierto de este “affaire”. Hay cuestiones que son los ciudadanos y ciudadanas paraguayas quienes tienen que ver cómo se resuelven, de acuerdo con las leyes de su país. Y ojala sirvan para mejorar las leyes, beneficiando más a los más débiles: las mujerea afectadas y los niños. Pero también estaría bien que introdujeran la “sospecha” como elemento crítico, no sólo aplicada a Lugo, sino a cómo se está produciendo esta campaña de desprestigio, en la que puede haber elementos de calumnia y de difamación, y de tendencia a mezclarlo todo, no ajenos a intereses de orden partidista.

Como ciudadanos de un mundo global, hay cosas que nos afectan a todos y que conviene reflexionarlas. Como, por ejemplo, con qué alegría pasamos del rumor a la acusación, ignorando la presunción de inocencia. Cuando se estudian en psicología de la comunicación, los mecanismos de los rumores, se constatan ciertos componentes que ayudan a construir una realidad virtual como los prejuicios y emociones. Otro son las transpolaciones que hacemos, a partir de otros datos que conocemos y que trasladamos a un territorio diferente, que tal vez nos se rija por los mismos parámetros.

¡Qué fácilmente superponemos niveles, que sin ser- necesariamente- ajenos unos a otros, se rigen por distintas reglas! Es cierto que la vida privada de un personaje público tiene connotaciones públicas, pero ambas pertenecen a un espacio diferente. Lugo antes de ser presidente era un ciudadano más y cómo tal debe ser enjuiciado. ¿Qué también era obispo y sacerdote de la Iglesia Católica? De acuerdo, pero eso tiene sus propias reglas, que pertenecen a un orden distinto de las leyes civiles. Nadie puede ser sancionado en un estado laico, ni penal, ni moralmente, por incumplir las leyes de un sistema distinto al civil, como puede ser una religión.

Otra norma que olvidamos es la de reconocer los contextos y sus reglas explícitas e implícitas. No me puede resultar ajeno, al enjuiciar el asunto Lugo, que estamos en un país, Paraguay, en el que según las estadísticas un 70 % de varones no reconoce a sus hijos; y en el que se reconoce que una mayoría, independientemente de la clase social tiene hijos fuera del matrimonio. Por lo tanto, hay también muchas mujeres que no reivindican esa paternidad. Tampoco me puede resultar ajeno que Lugo ha sido clérigo de la Iglesia Católica. Respecto a esto tengo algunas cifras. Un tercio de los sacerdotes del mundo se han casado, dejando el ministerio. Pero si hiciéramos estadísticas de cuantos de ellos han tenido relaciones con mujeres, algo imposible de cuantificar, podríamos sorprendernos, si no fuera porque, en el fondo, la gente ya se lo imagina.

¿Es malicia popular o desconfianza porque si? Ni lo uno ni lo otro, es experiencia histórica acumulada de “amas”, “parientas”, “sobrinos” “relaciones pastorales”… , que vienen a aliviar la soledad de hombres a los que se les ha negado su posibilidad de relacionarse de una forma pública y comprometida con mujeres. Salidas poco convencionales para amores tan corrientes como los de todo hijo e hija de vecino. Las relaciones, en si, no tienen por que ser negativas ni perversas. Su vivencia en clandestinidad si lo es. Deja a las mujeres y a los hijos -cuando existen- en el anonimato y en la indefensión. No permite la crítica social constructiva, ni la regulación -que una sociedad necesita- a la satisfacción de los instintos y necesidades de sus ciudadanos. Y menoscaba la dignidad de los clérigos que las viven, soportando y expresando una doble moral.

Estos hombres y estas mujeres no son mejores ni peores que el resto. Son víctimas y mantenedores de una situación estructural, soportada por una Ley eclesiástica que se impuso - con gran trabajo- en la Iglesia Católica Romana de rito Latino Occidental en la Edad Media. Algunos, desde dentro de la Iglesia, intentamos que se revise esta norma, revisando al tiempo los ministerios; y que el celibato de los presbíteros sea opcional. Como un estado de vida concreto que se puede elegir, una forma específica de vivir los consejos evangélicos. Y que en pura coherencia sería una forma extrema de pobreza y de obediencia en libertad a los caminos del Espíritu. Opción para pocos que se impone a muchos. Porque puede ser mucho más común que uno tenga vocación para ejercer un ministerio en la Iglesia y un servicio a la comunidad, que el que tenga vocación de por vida para ser célibe. Y porque los caminos del Espíritu no los podemos marcar nosotros, tratando de sujetar a las personas en opciones que ya no son las suyas.

Por lo tanto, lo más importante, a mi entender, del caso Lugo, es la denuncia pública que hace (no ya de una persona, con muchos elementos que están aún por colocar y demostrar), sino de la incoherencia de los funcionamientos de varios sistemas, de orden social y religioso. Esta puede ser una oportunidad para revisarlos. Ojala que la mayoría de los ciudadanos paraguayos, no tire a la criatura con el agua sucia de la bañera. Y la criatura a la que aludo no es exactamente a Lugo, personalizando el problema, sino el proceso de transformación del país en el que se han embarcado por opción democrática. Un proceso, que tiene sus tiempos; en el que Lugo ha sido un referente; y en el- quizá- que no tendría por que dejar de serlo, en su justa medida, si los asuntos se contextualizan y toman su lugar.

Emilia Robles

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