jueves, 12 de febrero de 2009

Una misión comun: Por la Paz, la Dignidad y la Vida

No es fácil la comunicación entre el Gobierno español y la representación más visible de los obispos españoles. Alguna posibilidad más de diálogo reciente parece que ha habido entre el Vaticano y el Gobierno. Pero incluso, parece que esto, algunos obispos españoles, lo han podido tomar como un “puenteo”. Dificilísima también es la relación entre los obispos, en su conjunto, e inmensos sectores de la sociedad española. Las distancias crecen y las brechas son cada vez mayores. Y parece irreversible. Esto debería dar mucho que pensar a la Iglesia Católica Romana y a la sociedad en su conjunto, porque afecta a creyentes y no creyentes; y no conformarnos con explicaciones que parecen demasiado obvias o generales.

Aquí no se trata de tirar balones, para ver si es que la sociedad española se está descristianizando y entrando en una cultura de hedonismo; si el Gobierno socialista ataca y margina a la Iglesia porque son todos unos ateos y laicistas; o si la representación de los Obispos Españoles (lo que todavía mucha gente entiende por Iglesia) aparece como un conjunto de varones célibes atrincherados en posiciones retrógradas, a los que cuesta conectar con las preocupaciones reales del mundo, y soltar sus privilegios.

Todo eso puede aparecer como explicación fácil, variando la opción elegida en función de quien hable. Pero ni es todo así- sin matices, ni sucesiones relacionales- ni ese tipo de lecturas planas de la realidad ayuda a avanzar en el necesario diálogo de una sociedad cada vez más plural, que tiene que entenderse y cooperar en el camino de la Paz, la Justicia y los Derechos Humanos. La única manera de salir de ese círculo vicioso es iniciar una circularidad virtuosa, en las iniciativas de diálogo y en las lecturas que hacemos de lo que acontece. Contactos y lecturas nuevas en las que se comiencen a establecer matices y diferencias, de tiempos, de espacios, de personas, de análisis histórico y social…

Un requisito para avanzar,en el camino del diálogo y la reconciliación, es que aquellos que se sientan dañados, puedan expresarse, ser escuchados y escuchar. Y sería deseable que no fuera sólo de manera reactiva: es decir por temor a la aprobación de alguna ley; o porque algún miembro del episcopado (que en otras épocas dio muestras de inteligencia preclara y excelencia intelectual), se descuelgue ahora diciendo que no se puede ser “cristiano y socialista”. Además de estas aclaraciones ocasionales, que sin duda son necesarias, los puentes tendidos entre instituciones civiles y religiosas para buscar mayor coherencia y convergencia por la Paz, la Dignidad y la Vida, deberían reforzarse y mejorar el clima de confianza y colaboración.

Está, también, el nivel del reconocimiento social y la financiación. Es muy legítimo que, para la Iglesia Católica Romana en España – como institución social- este sea un motivo de preocupación. Máxime ahora que ya no es la única confesión reconocida y que va creciendo la influencia de otras confesiones, al tiempo que hay una progresiva secularización en la sociedad. Lo que no conviene a nadie es que los niveles se solapen ni se den saltos de uno a otro, por no diferenciarlos adecuadamente. La vergüenza de llamar a las cosas por su nombre, genera confusión y desconfianza. Cuando no sabemos si estamos hablando de dinero, de influencia social o de moral, resulta imposible la comunicación. Lo mismo puede ocurrir dentro de la propia Iglesia Católica, cuando problemas que son pastorales, de disciplina, o de gestión organizativa, se quieren resolver en el nivel dogmático o exegético. Algunas cosas pueden estar relacionadas, pero hay que diferenciar cuáles y cómo. No hacerlo es dar pasos hacia el integrismo y el fundamentalismo.

Avances en algunos niveles de diálogo y signos de colaboración

Una ocasión: el encuentro directo entre representantes del Gobierno Español y el secretario de Estado del Vaticano, Tarsicio Bertone, que ha sido, sin duda, de gran importancia, aunque pueda tener aspectos controvertidos. Ya había habido anteriores escenarios, propiciados por ambas partes. Es, al menos, un acercamiento.
En el encuentro con Bertone la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, admitió que la Iglesia "tiene todo el derecho a intervenir en la deliberación democrática", pero "es a los Gobiernos a los que corresponde aprobar las leyes". En este sentido, recalcó que su Gobierno "piensa mantener una posición de respeto en la diferencia y de lealtad en la discrepancia", consciente de que comparte con el Vaticano "temas comunes" como el respeto a los derechos humanos.
Se habló directamente del reconocimiento social de la Iglesia, por su arraigo histórico en la sociedad española y de la financiación. Parece que en esto se llegó a acuerdos que pueden ser satisfactorios para la Iglesia. Pero -recordamos- la Iglesia no debería olvidar nunca, cómo se logró ese “arraigo” en la España de la posguerra; y sus costes. Para poder entender mejor lo que está ocurriendo hoy en la sociedad española y para no entrar más en aventuras de ese tipo o similares, por mucho que, a corto plazo, le procuren un mejor lugar social.

Otro momento señalado ha sido el encuentro entre varios dirigentes y militantes del PSOE (una quincena) y cuatro obispos españoles, que reunieron a primeros de Febrero en una casa de retiro de las Madres Javerianas en Galapagar (Madrid), según informaba Anabel Ruiz en el Pais el 7 de Febrero.
“El ambiente fue “cordial y sincero”, “eclesial”, no político, y hablaron mucho más los socialistas que los obispos, al ser los primeros los que sentían motivos de queja. Los obispos hicieron el encuentro muy agradable, según algunos asistentes. Estos añadieron que hubo un cierto reconocimiento por parte de los prelados de que puede haber “cierto desequilibrio” en la atención de la Iglesia en favor de los creyentes afines a la derecha política.”
“La identidad de los elegidos para la reunión favoreció el clima de diálogo. Junto a monseñor Sebastián, acudió el obispo de la Seo d’Urgell, Joan Enric Vives, de fluida relación con el presidente de la Generalitat, José Montilla (PSC); Atilano Rodríguez, obispo de Ciudad Rodrigo (Salamanca), responsable de los movimientos de Acción Católica, y el obispo de La Rioja, Juan José Omella, considerado del sector más abierto del episcopado.”

Con todo -y valorando adecuadamente lo anterior- no hay que pensar que la búsqueda de diálogo y convergencia en los compromisos por la Paz, al Dignidad y la Vida, haya que hacerla sólo en esos espacios, por más imprescindibles que sean. La Iglesia Católica española no son sólo los obispos; y la sociedad española no son sólo los militantes socialistas ni el Gobierno. Existen, además otras confesiones y organizaciones no confesionales. Hay que buscar cauces y escenarios nuevos, con diferentes actores, contenidos y tiempos; y, al mismo tiempo, saber reconocer los que ya existen, que son numerosos y diversos, dándolos a conocer y mejorando su funcionalidad. Es condición para lograr una sociedad más humana, más justa y solidaria. Sin ella no será posible la Paz ni un Desarrollo sostenible.
E.R.B.

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