sábado, 27 de diciembre de 2008

Una cena mágica

Frei Betto*
La misa del Gallo se terminó en los primeros minutos del 25 de Diciembre. El padre Alfonso se había dejado contagiar de la congoja de sus feligreses, ansiosos por volver a sus casas y disfrutar de la cena, antes de que las criaturas estuvieran muertas de sueño.
Abrevió la homilía, apresuró las oraciones, deseó a todos una feliz Navidad y les dio la bendición final. Una decena de parroquianos se metieron en la sacristía para manifestarle deseos de buenas fiestas. Los regalos se amontonaron en un rincón. Camisas, calcetines, libros, esas cosas adecuadas para un hombre de Dios.
Desprovisto de los ornamentos, el padre Alfonso se quedó solito.
Míseramente solo, en plena noche de Navidad. El celibato era un don y él sabía merecerlo. A lo largo de 20 años de sacerdocio le acometieron muchas tentaciones.
No era la fascinación por las mujeres algo que le llevara a dudar de su consagración. Las admiraba, se sentía gratificado por saberlas bellas y atrayentes. Señal de que en su fondo había un macho, lo que le envanecía íntimamente.
Le perturbaba la conciencia del padre que nunca fue. Muchas veces, sentía añoranza de los hijos que no tenía. Se atormentaba al verse sólo en la mesa del comedor. Comer en comunión, compartir, intercalar en el menú el diálogo ameno y alegre. El alimento le caía insípido; y, con frecuencia se sorprendía soñando con los ojos abiertos con la mesa rodeada por su familia imaginaria.
En aquella noche la soledad le golpeó fuerte. Una soledad con una punta de amargura, procedente de una expectativa frustrada. La sentía en la boca del alma. Ninguno de los parroquianos había tenido la generosidad de invitarlo a cenar.
El padre Alfonso revisó los envoltorios de colores brillantes y encontró lo que bastaba: un panettone y una botella de vino. Los metió en la bolsa usada para llevar los sacramentos a los enfermos y se dirigió a la zona bohemia.
Shirley traía los ojos hinchados, el pecho agitado y el corazón encogido. Desde el final de la tarde había llorado copiosamente al recordar las Navidades de su infancia en el norte de Minas. Se acordó de su familia que la repudiaba, de su marido que la abandonaba, del hijo que se avergonzaba de ella. Sintió odio hacia la vida, hacia el infortunio al que había sido condenada. Confusa, tuvo ganas y miedo de sentir odio también hacia Dios.
Si pudiera, no trabajaría esa noche. De momento, no le quedaba otra alternativa. La acumulación de deudas la obligaba a salir a la calle y aguardar el dinero ambulante que llegaba escondido tras la fantasiosa excitación de su fortuita feligresía.
Miro al hombre de la bolsa en la mano, camisa sin cuello, zapatos oscuros. Tal vez viniera del trabajo. Lo encasilló en la tipología adquirida en tantos años de calle: tenía el gesto ingenuo de los que apenas buscan aliviarse y a la hora del pago, prefieren ser generosos, antes de enfrentarse con una prostituta airada, dispuesta al escándalo.
Cruzaron la mirada y ella se esforzó por mostrar una sonrisa seductora. El paró y preguntó. Ella señaló el hotel de la esquina. Caminaron juntos en silencio.
Ella sobreponiendo su profesionalidad a los sentimientos desgarrados, él aprensivo, frente al recelo de ser descubierto allí por algún conocido. Subieron las escaleras poco iluminadas, en cuyos peldaños las cucarachas se desviaban ariscas.
Al desabrocharse el primer botón de la ropa ella hizo ademán de decir cualquier cosa, pero el se le adelantó. Explicó que no estaba allí en busca de sexo, sino de compañía. Con todo, le pagaría lo debido.
Le contó de su sacerdocio y de su soledad e indagó si ella estaba dispuesta a rezar con él y a compartir la cena.
Shirley se sentó en la cama,ocultó la cara entre las manos y se deshizo en llanto. Ahora era un lloro de alivio, de gratitud por algo que no sabía definir, casi de alegría.
Luego habló de sus navidades en la rueca, el belén de tamaño natural que el padre armaba en su quintita de la casa pobre, el pavo engordado durante meses para esta ocasión, el bendito tirado por una vecina, la falta de iglesia y sacerdote en aquellas lejanías.
El padre Alfonso le propuso hacer una oración. Ella se arrodilló y él la tomo de la mano e hizo que se sentara de nuevo. Él ocupó la única silla del cuarto.
Abrió el evangelio de Lucas y, leyó pausadamente el relato del Nacimiento de Jesús. En seguida le preguntó si le gustaría recibir la eucaristía.
Shirley pareció sufrir un choque. ¿Cómo ella, una prostituta, podría recibir la eucaristía sin haberse siquiera confesado? El sacerdote leyó el texto de Mateo (21,28): "Las prostitutas os precederán en el Reino de Dios”. Y añadió que era ella, esa sociedad cínica,injusta y desigual la que debería confesarse y pedirle perdón a ella, por haberla obligado a llevar una vida tan degradante.
Después de la comunión, el padre Alfonso sacó dos copas de la bolsa, las llenó de vino y partió el panettone. Al amanecer, los dos, todavía seguían conversando sobre sus vidas.

*Fraile Dominico, escritor.

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