miércoles, 31 de diciembre de 2008

Reflexiones sobre la crisis, pero ¿qué crisis?

Nos despedimos de un año, 2008, en el que la crisis es ya realidad y tópico. Se está escribiendo mucho sobre ella, no siempre con la misma profundidad y apertura de enfoque; a nuestro juicio, predomina el enfoque "economicista" y teñido de cierto catastrofismo. Juan Barreto Betancour nos ofrece un interesante documento, que lleva por título "Algunas reflexiones sobre la llamada crisis económica".

Pueden acceder al texto completo en nuestra web: http://www.proconcil.org/

Sobre el autor: Juan Barreto Betancour, reside en Tenerife (España); es Doctor en Filología Bíblica y Profesor titular de Filología Griega en la Universidad de la Laguna (Tenerife). Reconocido biblista, ha trabajado en varias publicaciones,entre ellas el Diccionario Griego Español del Nuevo Testamento. La elaboración del DGENT fue iniciada por el ya fallecido Juan Mateos, profesor emérito del Instituto Oriental de Roma, con la colaboración de Jesús Peláez, quienes fundaron el Grupo GASCO, dentro del cual participa Barreto.
Aparte de por lo que sabemos, directamente, quienes tenemos la suerte de conocerle, en este texto se nos revela como un hombre de profunda fe cristiana, perspectiva que añade explícitamente, en sus reflexiones, al análisis más sociológico, histórico y filosófico.Que les aproveche
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sábado, 27 de diciembre de 2008

Una cena mágica

Frei Betto*
La misa del Gallo se terminó en los primeros minutos del 25 de Diciembre. El padre Alfonso se había dejado contagiar de la congoja de sus feligreses, ansiosos por volver a sus casas y disfrutar de la cena, antes de que las criaturas estuvieran muertas de sueño.
Abrevió la homilía, apresuró las oraciones, deseó a todos una feliz Navidad y les dio la bendición final. Una decena de parroquianos se metieron en la sacristía para manifestarle deseos de buenas fiestas. Los regalos se amontonaron en un rincón. Camisas, calcetines, libros, esas cosas adecuadas para un hombre de Dios.
Desprovisto de los ornamentos, el padre Alfonso se quedó solito.
Míseramente solo, en plena noche de Navidad. El celibato era un don y él sabía merecerlo. A lo largo de 20 años de sacerdocio le acometieron muchas tentaciones.
No era la fascinación por las mujeres algo que le llevara a dudar de su consagración. Las admiraba, se sentía gratificado por saberlas bellas y atrayentes. Señal de que en su fondo había un macho, lo que le envanecía íntimamente.
Le perturbaba la conciencia del padre que nunca fue. Muchas veces, sentía añoranza de los hijos que no tenía. Se atormentaba al verse sólo en la mesa del comedor. Comer en comunión, compartir, intercalar en el menú el diálogo ameno y alegre. El alimento le caía insípido; y, con frecuencia se sorprendía soñando con los ojos abiertos con la mesa rodeada por su familia imaginaria.
En aquella noche la soledad le golpeó fuerte. Una soledad con una punta de amargura, procedente de una expectativa frustrada. La sentía en la boca del alma. Ninguno de los parroquianos había tenido la generosidad de invitarlo a cenar.
El padre Alfonso revisó los envoltorios de colores brillantes y encontró lo que bastaba: un panettone y una botella de vino. Los metió en la bolsa usada para llevar los sacramentos a los enfermos y se dirigió a la zona bohemia.
Shirley traía los ojos hinchados, el pecho agitado y el corazón encogido. Desde el final de la tarde había llorado copiosamente al recordar las Navidades de su infancia en el norte de Minas. Se acordó de su familia que la repudiaba, de su marido que la abandonaba, del hijo que se avergonzaba de ella. Sintió odio hacia la vida, hacia el infortunio al que había sido condenada. Confusa, tuvo ganas y miedo de sentir odio también hacia Dios.
Si pudiera, no trabajaría esa noche. De momento, no le quedaba otra alternativa. La acumulación de deudas la obligaba a salir a la calle y aguardar el dinero ambulante que llegaba escondido tras la fantasiosa excitación de su fortuita feligresía.
Miro al hombre de la bolsa en la mano, camisa sin cuello, zapatos oscuros. Tal vez viniera del trabajo. Lo encasilló en la tipología adquirida en tantos años de calle: tenía el gesto ingenuo de los que apenas buscan aliviarse y a la hora del pago, prefieren ser generosos, antes de enfrentarse con una prostituta airada, dispuesta al escándalo.
Cruzaron la mirada y ella se esforzó por mostrar una sonrisa seductora. El paró y preguntó. Ella señaló el hotel de la esquina. Caminaron juntos en silencio.
Ella sobreponiendo su profesionalidad a los sentimientos desgarrados, él aprensivo, frente al recelo de ser descubierto allí por algún conocido. Subieron las escaleras poco iluminadas, en cuyos peldaños las cucarachas se desviaban ariscas.
Al desabrocharse el primer botón de la ropa ella hizo ademán de decir cualquier cosa, pero el se le adelantó. Explicó que no estaba allí en busca de sexo, sino de compañía. Con todo, le pagaría lo debido.
Le contó de su sacerdocio y de su soledad e indagó si ella estaba dispuesta a rezar con él y a compartir la cena.
Shirley se sentó en la cama,ocultó la cara entre las manos y se deshizo en llanto. Ahora era un lloro de alivio, de gratitud por algo que no sabía definir, casi de alegría.
Luego habló de sus navidades en la rueca, el belén de tamaño natural que el padre armaba en su quintita de la casa pobre, el pavo engordado durante meses para esta ocasión, el bendito tirado por una vecina, la falta de iglesia y sacerdote en aquellas lejanías.
El padre Alfonso le propuso hacer una oración. Ella se arrodilló y él la tomo de la mano e hizo que se sentara de nuevo. Él ocupó la única silla del cuarto.
Abrió el evangelio de Lucas y, leyó pausadamente el relato del Nacimiento de Jesús. En seguida le preguntó si le gustaría recibir la eucaristía.
Shirley pareció sufrir un choque. ¿Cómo ella, una prostituta, podría recibir la eucaristía sin haberse siquiera confesado? El sacerdote leyó el texto de Mateo (21,28): "Las prostitutas os precederán en el Reino de Dios”. Y añadió que era ella, esa sociedad cínica,injusta y desigual la que debería confesarse y pedirle perdón a ella, por haberla obligado a llevar una vida tan degradante.
Después de la comunión, el padre Alfonso sacó dos copas de la bolsa, las llenó de vino y partió el panettone. Al amanecer, los dos, todavía seguían conversando sobre sus vidas.

*Fraile Dominico, escritor.
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domingo, 21 de diciembre de 2008

Cuento de Navidad

Enviado por Ana María Schlütter (Zendo Betania) *
Una vez hubo un hombre que, en medio de la noche, salió a buscar fuego. Fue de casa en casa, pero todo el mundo estaba dormido. Por fin vio a lo lejos el resplandor de un fuego y se fue para allá. Estaba en campo abierto y había muchas ovejas alrededor del fuego y un viejo pastor guardando el rebaño.
Al acercarse, el hombre vio que a los pies del pastor dormían tres perros enormes, que se despertaron y se abalanzaron sobre él, pero aunque intentaban ladrar no podían, y cuando le quisieron morder, les fallaron sus mandíbulas y dientes, y el hombre no sufrió ningún daño.
Entonces el hombre quiso seguir para llegar hasta el fuego, pero las ovejas estaban muy juntas, y era imposible pasar por en medio. Así que pasó por encima de sus espaldas en dirección al fuego, y ellas no se movieron. Cuando casi hubo llegado, se despertó el pastor. Era un viejo gruñón, que se portaba mal con todo el mundo. Al ver llegar a un extraño, cogió su palo, largo y puntiagudo, y lo lanzó hacia él. El palo fue derecho, pero antes de dar en el hombre, se desvió y cayó a lo lejos.
Entonces el hombre se acercó al pastor y le pidió un poco de fuego; éste de buena gana le hubiera dicho que no, pero al acordarse de que los perros no lo habían mordido ni las ovejas habían huido de él y que el palo se había desviado, le entró algo de miedo y se lo permitió.
Sin embargo, el fuego ya estaba casi apagado; ya no quedaban ramas, sólo un montón de ascuas, y el extraño no tenía ni pala ni cubo para llevarlas. Al verlo, el pastor se alegró maliciosamente, pero el hombre se agachó y con sus manos fue cogiendo restos de carbón ardientes de entre la ceniza y los fue guardando en su capa. Y ni se quemaron sus manos ni la capa.
Entonces el pastor decidió no perder de vista a ese hombre y lo fue siguiendo hasta una cueva; y en ella vio a una mujer con un niño recién nacido. El pastor pensó que este niño pobre e inocente se iba a morir de frío y, aunque era un hombre duro, se conmovió y decidió ayudarle. Cogió una piel de oveja blanca y suave, que llevaba en su morral, y la entregó al hombre para el niño.
En ese mismo momento, en que demostró poder ser compasivo, se le abrieron los ojos y vio lo que no había visto antes, que la cueva estaba rodeada de ángeles cantando llenos de alegría que había nacido el Salvador. Entonces el pastor se dio cuenta de por qué en esta noche todas las cosas estaban tan felices que no querían hacer daño a nadie. Sintió tanta alegría de que se le habían abierto los ojos, que cayó de rodillas para dar gracias a Dios.
Verdaderamente, no importan luces ni lámparas, no depende del sol ni de la luna, lo que hace falta es que tengamos ojos capaces de ver las maravillas de Dios.

* cuento basado en un cuento de Navidad de Selma Lagerlöf
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jueves, 18 de diciembre de 2008

Para entender el "proceso conciliar"

Les invitamos a leer la entrevista a D. Demetrio Valentini, obispo de Jales (Brasil), publicada el 12/12/2008 en el nº 2.640 de Vida Nueva.

“El gran avance de Aparecida fue impedir retrocesos”
Ha pasado ya más de año y medio, pero “se siguen extendiendo por toda América Latina y el Caribe y también en otros lugares del mundo las iniciativas destinadas a desarrollar las líneas principales de la Conferencia de Aparecida” (mayo 2007).

Y es que “con ella sucedió algo sorprendente”, confiesa Dom Demétrio Valentini, obispo de Jales. (Acceso abierto a entrevista completa en:)


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domingo, 7 de diciembre de 2008

Iniciamos una nueva etapa


Inauguramos este blog como medio de comunicación para difundir información y generar debate sobre las relaciones entre cambios sociales y cambios en las organizaciones religiosas.

La fundación Proconcil tiene como misión alentar la reflexión, el diálogo y la colaboración para contribuir a la mejora de las relaciones sociales, desde una doble perspectiva interrelacionada:

Por una parte, trabajando en favor de la justicia social, la democracia y un mundo ecológicamente sostenible; y, por otra, contribuyendo al cambio de las instituciones religiosas, de forma que se logre una mayor convergencia entre el discurso y las prácticas religiosas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los valores democráticos.

Proconcil nace en el año 2002 como una iniciativa internacional en favor de un nuevo proceso conciliar y de un nuevo concilio en la Iglesia católica, como vías para generar encuentros, crear espacios para la reflexión y el debate y encauzar reformas por la vía del diálogo y el acuerdo entre amplios sectores eclesiales.

La fundación Proconcil nace en el año 2006 con la finalidad de mantener viva esta línea de trabajo, abriéndose, además, al diálogo interreligioso y a al diálogo entre laicidad y fe, como condiciones necesarias para que el proceso conciliar de la Iglesia católica se realice en diálogo con otros agentes sociales y con otras realidades.
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Vídeos sobre pobreza y subdesarrollo

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Vídeos sobre ecología y cambio climático

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Vídeos sobre guerra y conflictos armados

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